martes, 25 de diciembre de 2007

NO ESTAMOS SOLOS, NO

Las fiestas de navidad y año nuevo son fechas potencialmente más peligrosas que otras. Suele ser una época en que la mente se abre y puede llegar a jugarte malas pasadas, sobretodo si te planteas el estilo de vida que llevas.
Estos días recordamos el nacimiento de JC, pero según J. J. Benítez y otros, esto no es así debido a un error de calendario. En ese caso -peculiar o particular según se mire- sería agosto el mes del redentor, en pleno sofoco del calor veraniego.
En estos días, pues, asistimos al folclore que deriva de ese acontecimiento a ojos de la ortodoxia católica. Con cierto pavor, esos ojos no pretenden cerrarse lo más mínimo si caminas por la calle; vemos fachadas completamente cubiertas en un espéctaculo de luces decorativas que visten los balcones y terrazas de buena parte del planeta. Hay bloques realmente espectaculares, auténticas obras de arte temáticas y de buen grado laboriosas para sus creadores -llenos de amor o no sé con qué diablos en sus cabezas- que se sienten legitimados del todo para adornar los exteriores de sus viviendas sin escatimar. Imagínense como serán los interiores de más de una, con ambientes recargados a tope y un jodido aveto que alguien ha cortado para que decore el salón de la casa del mamón de turno que necesita sentir el calor de la navidad. Perdón, que hay niños en la sala.
Quizá también podríamos echarle la culpa de eso a los estadounidenses. De lo que sí podemos rajar es de las pelis que están haciendo; en estos días, pues, tampoco cesa el empeño de recordar a las masas su asquerosa soledad. En parte debido al pudor de los medios (al poco pudor); campañas publicitarias, negocios varios, Melendi en El Corte Inglés, etc. La otra parte toca directamente ese cine denostado anteriormente, y las series de TV también. Soy Leyenda, la de Will Smith -que si no fuera por estos delicados días pasaría a la historia sin pena ni gloria en la enésima decepción- nos deleita con algunos momentos y lecturas entre líneas de lo más interesantes. La paranoia del personaje de Will -en teoría todos los seres humanos de la Tierra han muerto por un megavirus- es entendible y valorable como fuente de otro posible camino a tomar por el film; la escena del videoclub acojona por su desesperación, al igual que la rutina diaria en su casa o los diálogos con su perra Sam. Pero como casi toda la basura, desemboca en mierda pura: acabará convirtiéndose en redentor de toda la raza humana -cual JC de nuevo-, cuando deberían haberse centrado en ese aspecto tras algunos silencios de lo más logrados. De todas maneras -y ahí radica el quid de la questión- no tienen ningún reparo en hacer bandera de esta frase: no estamos solos. El último hombre de la Tierra no está solo... tiene cojones la cosa. Otro film en los dominios de nadie, mensaje vilipendiado.
Uno ya no puede ir al cine a liberarse, así que acaba por refugiarse en las series de TV (grabadas, claro). De entre el amplio abanico de los últimos tiempos -con un alto porcentaje en calidad y prestaciones- destaca Perdidos. Totalmente adictiva y con reclamos bien llevados, también ésta aborda el tema de la soledad; no obstante, goza de lecturas más amplias y no tiene la estrechez de miras del cine hollywoodiense (aplicable a Roma y a Los Hermanos Donnelly, aunque en menor medida, y a la grandísima Los Soprano). Por encima del trauma general del accidente aéreo, se elevan dilemas individuales que reflejan personalidades caóticas y de lo más atrayentes, que hacen de comentarios habituales (un "no estás sólo" de Sayid a Charlie tras el rapto de Claire por "Ethan de la selva") un delicioso convite a saborear poco a poco. Estas personalidades cubren con finos velos fachadas típicas basadas en tópicos (el gordo zampabollos, la rubia cañón tonta del culo, la enigmática y atractiva "amazonas", el médico altruísta líder, etc.), y ahí radica su logro, su encanto. A J. J. Abrams y cia. no se les caen los anillos en decírtelo a la cara; no se esconden, sino que invitan a quien quiera meterse más allá para ver qué se descubre -enfrentándote a la soledad- o para que escojas tu fachada. Los personajes parecen tontos, pero no lo son. ¡Con descarada desfachatez incluso nombra personajes al son de la filosofía decimonónica! Con el regreso a lo natural aparece John Locke, empirista inglés del XVII, maestro equilibrista y el que se lleva la Palma de Oro al misterio.
¿Creéis que éste pájaro se siente solo?

Para las almas perdidas solitarias, naufragadas y desafiadas en navidad.

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