jueves, 3 de noviembre de 2022

EL CONCIERTO


Luciano '22
El concierto de hace unas noches de Luciano Ligabue en Razzmatazz, la mítica sala de Barcelona, tras dos años y medio de espera, parecía venir algo gafado. Y no lo digo por el virus.

En su momento, fue un regalo de los Reyes Magos de Oriente largamente celebrado. Y es que casi puedo decir que yo aprendí italiano con él, joder. Solo que dejé de necesitarlo

Apenas lo escuchábamos en casa y ni siquiera sé si había sacado algo nuevo decente. Con Ho perso le parole Certe Notti en una playlist tenía mi cuota de Ligabue más que cubierta, así que, evidentemente y llegado el día del concierto, no nos sabíamos ni una puta letra de ninguna puta canción porque todo eran greatest hits antiquísimos. Fue muy divertido.

La sala estaba llena de italianos. Si tuviera que apostar, diría un 90-10. Y es que Barcelona es una de las ciudades donde la comunidad italiana es más prolífica: 41.759 censados según datos del año pasado (una cifra que, prácticamente, dobla a la siguiente nacionalidad presente en la Ciudad Condal). Es agotador.

También fue muy rápido, no sé, enseguida tuve la sensación de que sería muy rápido. Se comportaron, o quizá yo estaba cómodo, como cuando te pinchan y para distraerte lanzan la cuenta atrás y antes de llegar al número acordado te clavan la banderilla.

Decía que Razz era un lugar mítico para mi. Pero también para Elisa, la amiga lombarda de Laura con la que habíamos quedado en un bar cercano. Me cayó bien de inmediato, con su pose despreocupada y su camisa de cuadros abierta. Miraba enderredor con la tranquilidad de alguien que no tiene ideaciones autolíticas; además, uno diría (en otro tiempo) que sus tatuajes le añadían un toque canallesco muy de querer andar a su lado. También me fijé en un pendiente que le perforaba el lóbulo de lado a lado con un alfiler grueso, pero no en sus zapatillas (si tuviera que apostar, diría que llevaba unas Vans). Venía con otra Laura, una robusta y parlanchina friuliana fanática de la cerveza y la montaña que amenazaba con babearme la oreja a cada segundo. 

¡La de veces que tú y yo nos habremos cruzado por aquí!, me dijo sin acento alguno. Y es que por lo visto ambos pasamos gran parte de nuestros años mozos con los pies enganchándose a cada paso, aguantando columnas de hormigón (casi le hago una foto a la segunda de la entrada por la emoción) y recorriendo las calles depauperadas de alrededor con la borrachera, cantando al cielo, a Dios y a la virgen.

Hice un montón de viajes al baño. Siempre me pasa en los conciertos (creo que es algo mental), aunque recordaba que durante las 2:45 de The Mars Volta sólo sudaba. Nos reímos mucho con mi Laura tarareando las canciones entre sorbos; Elisa nos decía el estribillo y cuándo gritarlo (Marlon Brando è sempre lui), mientras que a la friuliana los ojos le hacían chirivitas y era incapaz de fijar la mirada. En cuanto a Luciano... era semplicemente lui. Con chaleco y todo (recuérdame que si llegamos a viejos no me ponga uno de esos).

Aunque el otrora conocido como nuevo Vasco Rossi (razonablemente viejoven) no cantara Ho perso le parole, la única canción que esperábamos de verdad y que nos sabíamos (porque nos habíamos hartado de cantarla en el coche con los niños).

Aunque fuera miércoles noche y el concierto se pospusiera dos veces.