lunes, 11 de septiembre de 2017

PRISIONERO

Ella estaba en la esquina de su antigua casa, enfrente de la iglesia, hablando sottovoce con alguien que no conseguía distinguir. Él iba conduciendo en medio de un tráfico infernal y no pudo frenar; ella le vio pasar, sus miradas se cruzaron: todo pasó a cámara lenta, como en una película. Era ella, pero... ¿qué carajo hacía en su ciudad? 
Él quiso dar la vuelta a la manzana rápido, ver quién era el afortunado con el que compartía confidencias, así que pasó con el coche a toda hostia pero el semáforo del mercado estaba en rojo y resultaba imposible avanzar. Había gente por doquier, debía ser martes y no había manera, se le iba a escapar... 
Por fin dejó atrás la luz verde y giró a la izquierda quemando rueda casi atropellando a una jodida abuelita con su carro de la compra y, al llegar de vuelta a la esquina, ella ya no estaba, se había desvanecido, la calle estaba vacía, no había con quién batirse el cobre... 
Él se volvió loco buscándola, convertido en una especie de ente flotante entre una burbuja de ansiedad y un fuerte anhelo, y no la encontraba por ningún sitio, no puede haberse tele transportado, y pensó que había perdido su oportunidad de volver a hablar con ella, de volver a verla de nuevo cerca, de dejar de ser su prisionero. 

lunes, 14 de agosto de 2017

LA LOGÍSTICA DEL TIEMPO

¿Crees que quiero perder el tiempo pensando en la logística y en los tejemanejes que tenemos que soportar si queremos hacer algo? ¿Que quiero sufrirlo ni siquiera un segundo? Mientras lo estoy viviendo, en ese mismo instante, soy capaz de darme cuenta pero no puedo cambiar esa oleada de negatividad. Justo al explotar, siempre demasiado tarde, me llevo las manos a la cabeza y pienso: mierda, me ha vuelto a pasar.

La vida verdadera, esa sobre la que pocas veces nos paramos a pensar, la que apenas entendemos ni valoramos, es demasiado valiosa. Pero... ¿cómo aprovecharla? ¿Cómo llevar a la práctica aquello de vive cada instante como si fuera el último? Estamos tan encadenados a nuestra mierda diaria que las señales que nos harían despertar para poder vivir con plena conciencia la suerte que nos ha tocado en gracia se nos escatiman, están veladas. Mejor dejar de tratarla como si fuera un tesoro, pues, y asumir que, en realidad, la vida es solo un mero trámite. Nuestros niños no tendrán por qué ser los grandes damnificados.

Aquellos convencionalismos sociales de antaño que yo nunca asumí me persiguen hoy. ¡Y no paro de crearme nuevos enemigos! ¿Crees que quiero perder el tiempo relacionándome con gente que aborrezco? Prefiero no fingir y ser honesto conmigo mismo. Incluso si son legión los que no me tragan. El otro día estuve con mis amigos, nada, una hora y media mientras los peques jugaban, bebiéndonos un par de cervezas: no me reía tanto desde nuestro último encuentro en aquella cena ya mítica en que la policía nos detuvo. Lloraba, joder, se me desencajaba todo. La gran mentira de todo el embrollo, de ese contrato social que yo no firmé, está a una distancia insalvable.

He estado hablando largo y tendido con mi amigo Gnöit estos días. Bueno, hablando, no, ese es el tema también; parece que he estado a punto de quedarme aislado y con el móvil luego solo hay equívocos. Él no entiende mis arrinconamiento voluntario y me pide descargos con razón. Pese a todo lo que ha vivido, tiene una envidiable visión positiva del asunto. Él sabe lo que me bulle dentro y trata de quitarme presión de encima, justo como siempre ha hecho.

Viendo The Leftovers he recordado una conclusión a la que me hicieron llegar hace algún tiempo: no todo tiene que ser trascendente.
No puedo aspirar a entender todo lo que se cuece a mi alrededor, pero necesito que ellos hagan lo mismo y no me obliguen a estar todo el rato pendiente o no quedará títere sin cabeza.

lunes, 31 de julio de 2017

¿ENTONCES?

Y entonces -dijo la muy puta-, ¿qué coño te has creído?
La situación era ya muy tensa cuando apareció un gorila de dos por dos directo hacia mi. Sin apenas tiempo de reacción, braceé entre el gentío intentando no caer al suelo; por suerte, el tipo no tuvo tiempo de llegar hasta mi y acabó engullido por la masa. Salí corriendo de la mano de aquella zorra mientras detrás se iba formando un corrillo de hombres vestidos de negro que se reorganizaban para darme caza. Sentía la adrenalina fluir por mi cuerpo y el corazón golpearme la puta sien.
-¿Pero qué coño haces? ¡Suéltame!
Encontré refugio en un callejón oscuro y la chica, extenuada, se calmó. Yo no paraba de dar vueltas, nervioso, aquello no había acabado. Levanté la vista y me topé con un letrero luminoso y una enorme cruz roja. Vamos, le dije a la ingrata. Un orondo vigilante de seguridad salió a mi encuentro y, en el estado de agitación en el que me encontraba, le asesté un puñetazo con todas mis fuerzas: se desplomó en el acto como un saco de patatas. Entramos en el hospital y, entonces, con aquella enorme panza arrodillada, con lo abatido que estaba... con la zorra de los cojones... pero a ver, y... ¿¿...entonces...??

sábado, 1 de julio de 2017

LA INSEGURA MULTITUD


Esta última semana de junio en que prácticamente me he visto de vacaciones he hecho un par de escapadas a la city. Como ya sabes, afamado lector de esta bitácora, ya no me gusta Barcelona. Podría incluso decir que hasta la detesto. Me siento inseguro y frágil cuando recorro sus calles atestadas de gente mientras me pregunto si siempre ha sido igual.
El martes estuve en el CCCB en la charla con Karl Ove. Nos habíamos bebido dos cervezas para combatir el calor con mi amigo Ace y la vejiga me iba a reventar. La hora que duró el insípido encuentro lo pasé fatal, pero estábamos en medio de la sala y no era cuestión de levantarse nada más empezar.

La verdad es que no sé que esperaba yéndole a ver. No me iba a cambiar la vida verle de cerca ni oír sus palabras de propia boca. Ni siquiera me puse el pinganillo, demostrando así a todo el mundo que mi nivel de inglés era la leche; me reía cuando todos se reían, asentía cuando tocaba... y eso que apenas podía mostrar interés. Capté conceptos claves ya leídos en entrevistas y en el trabajo de investigación que hice tras descubrirlo hace años con La Muerte del Padre (tomo 1 de Mi Lucha), y eso fue suficiente. Incluso el mismo autor, psicópata donde los haya, reaccionaba de la misma manera autista a preguntas que no venían a cuento: un escritor no debería conceder entrevistas, pensaba. Sus palabras deberían hablar por sí mismo. Y los asistentes, la mayoría sin pinganillo también, parecían disfrutar de lo lindo escuchando las sandeces del fenómeno noruego.
Su lucha es mi lucha. A la que pude escaparme al baño, entre bambalinas, y lo vi de cerca respondiendo a las preguntas del público, me liberé hasta las siguientes cervezas que nos esperaban antes de volver a la campiña y dejar atrás toda esa multitud; sin duda, había aprendido a desenvolverse a la perfección en semejantes apuros, y yo de esas debía tomar buena nota.

El jueves llegaría una segunda oportunidad también en el barrio viejo y más concretamente en el Jamboree, una mítica sala de la Plaza Real. La compañía variaba, iba de féminas. Mi cantantessa venía a la ciudad y era una oportunidad única para verla en directo. Mi esposa, que la había escuchado sin dejarle huella, alucinó con la energía que mostró la catanesa. Yo le iba diciendo: imposible que aguante este ritmo. Pero la Consoli es mucho Consoli: se rodeó de un violín y un violonchelo de altura (Emilia Belfiore y Claudia della Gatta) y ofreció un show de hora y cuarenta y cinco minutos para el recuerdo.
La comunidad italiana, tan presente en la Ciudad Condal y efusiva como pocas, sufría para mantener la compostura en la tradicionalmente fría -musicalmente hablando- Barcelona. Eran mayoría, por lo que es de agradecer que la cantante se dirigiera a nosotros, los nativos, en un castellano con un acento de lo más gracioso, para hacernos partícipes de la serata. Luego a pie de pista tuvimos que hacer de tripas corazón para soportar a los fanáticos que cantaban por encima del tono de la entrada que habían pagado, resultando de lo más desagradables. En cuanto al tema móviles, nada que hacer. Seguimos en el siglo XXI, ¿no? Algún ragazzi, i cellulari! me sorprendió, eso sí.
Suerte del aire acondicionado, aunque teníamos espacio de sobra. Había dos parejas de esas en que el hombre, macho alfa por antonomasia, no deja ni respirar a su chica;  uno la agarraba por detrás, rodeándola con sus brazos, empitonándola, dirigiendo el baile a su antojo y los gritos de Carmen! El otro, con aspecto y pintas de surfero, se movía a destiempo y como pez fuera del agua: debió hacérsele largo de cojones. A la hora, de hecho, se empequeñeció tanto que hasta pude llegar a vislumbrar a su partenaire femenina.

No se me hizo pesado. Quizá una sobrecarga en la zona lumbar y cervical, pero poco más. Vendrían la Pizza Pazza y una Peroni para poner la guinda al pastel de la serata mezzogiorniana. Se me puso la piel de gallina y me abstraje completamente escuchando varios temas, pero sobre todo con uno: L'Ultimo Bacio. La miraba, observaba los gestos de esa comedida bestia, esa dulce y frágil rockera convertida en madre, sabedora de tener un público fiel ganado a pulso, y disfrutaba. Y de vez en cuando abrazaba y besaba a mi esposa, tan fuerte como el escenario que teníamos delante, tan mujer.
El paseo hasta el coche por la calle Ferran, la plaza Sant Jaume y la Catedral, fue como un soplo de aire fresco para nuestras almas. Paseábamos ligeros, contentos, libres. Lejos de la inseguridad y la multitud que hace que los espacios de siempre ya no nos pertenezcan y valoremos lo que tenemos en casa.







viernes, 16 de junio de 2017

GRACIAS, KARL OVE, TAKK

Cuando leo a Karl Ove es como si volviera de golpe a recuperar la fe perdida.
Me transporta a la época de las primeras y más grandes aperturas, ese lugar en el que creí hibernar para siempre y al que suelo recurrir últimamente como si ya hubiera cerrado la compuerta.
Entonces todo era nuevo y esponjoso y yo anhelaba esa sabiduría por encima de todas las cosas. Ellas, las chicas,  quedarían en un rincón, apartadas en espera de mi abrupta y deslumbrante aparición. Así de iluso era yo.
En el fondo sigo pensando como entonces, solo que ahora todo ha cambiado; esta máxima encierra una verdad tan atronadora que ha de tenerse en cuenta sí o sí. No puedo obviarlo, y eso es algo que mi testigo de boda no alcanza a entender. En contradicción con mi yo social -que no familiar-, son muchos los días en que no salgo para acallar las voces ni el runrún, y lo mejor es que no me importa una mierda. No necesito que me vean como soy en realidad.
Lo que me asusta es saber que yo soy así. Bueno, que puedo llegar a serlo. La cuestión es el cuándo, la única cuestión, infatti (de hecho). El mientras tanto, pues, se convierte en una pesadilla interminable, en un culebrón donde casi todo es baladí (lo que podríamos denominar existencia, vamos). Equilibrismo puro, cuando yo solo querría leer libros y criar a mis hijos un poco a lo Capitán Fantástico.
Luego está el hecho de mi amistad con Kristian, compatriota de K. O., y los lugares comunes. Me veo en las veces que he estado allá arriba con ese puto frío, emborrachándome, siguiendo las huellas de un mundo ya no tan extraño. Yo podría, joder. Y tanto. 
Qué hacía Kevin Durant celebrando el anillo, qué esperábamos, yo no iba a celebrarlo. Sentí el picorcito, lo reconozco, pero no fue suficiente para aliviar el tema galáctico del acaparar y no dejar ni las migajas.
Son estos putos últimos días, tan calurosos ya, en que todo me molesta. La compuerta se resiste a agrietarse. Suerte de Karl Ove y mi cantantessa, a la que pronto voy a conocer. Y mis islas... ah, las muy jodidas, ¡no se me fueran a mover!

P. S.: Un recuerdo especial para nuestro amigo Chris Cornell, que nos dejó en estas fechas y todavía seguimos traspuestos. Una voz para el estremecimiento. DEP.

miércoles, 10 de mayo de 2017

SER MADRE

No podéis ni imaginar lo que siento por vosotros. 
No tengo palabras para explicar el torbellino de emociones que recorren mi cuerpo cuando os miro desde aquí, apenas unos metros atrás.
Mis días son los vuestros, mi sudor es mi alegría.
Nadie os querrá tanto como yo, que estaré siempre cerca; os proporcionaré calor y cobijo durante las tempestades, y también cuando el mar esté calmo.
Sois mi don más preciado, mi aportación a la vida. Yo os lanzaré al espacio exterior, a recorrer los vastos caminos que surjan en vuestro sino (incluso si no hay más remedio).
El aire me resulta pesado, soy incapaz de fijar la mirada. 
Aquí sigo, sentada. Ojalá el tiempo no pasara.

miércoles, 15 de marzo de 2017

TRAPPIST-1


Si hay vida más allá de nuestras fronteras, si de verdad hay vida y quieren relacionarse con nosotros o seguir en su anhelada oscuridad, sin conocernos, pues olé, de veras, ole y olé y bravo bravissimo. Lo de aquí abajo ya no es primordial, estaros tranquilos.
Es primavera total, ¿qué más da? Qué importa si hace un año que A. cruzara al otro lado y justo me encuentro a la viuda, la pobre, al minuto de poner pie en suelo manresano. Y me dice que lo que no quiere es que nadie se olvide de él, y nosotros vamos con prisas y me tengo que despedir cuando ella no puede ni acabar la puta frase siquiera.
Sinceramente, no sé por qué coño buscamos vida ahí fuera. A veces es mejor no saber, incluso para algo tan aparentemente trascendental como la maldita peculiaridad cósmica. No nos engañemos, es mejor que no encontremos nada, por nuestro bien.
Los hijos de nuestros hijos, aunque no se relacionen entre ellos,  tendrán que lidiar con los pasos que estamos dando al respecto.
Me pregunto si no sería mejor cuidar nuestro planeta, pero luego está el crecimiento de la población a un ritmo completamente insostenible y me obligo a pensar en otra cosa. Pura ciencia ficción.
Así que de momento está Trappist-1, la flor de la primavera. Como Mat en su primer aniversario: todo esperanza.