sábado, 4 de noviembre de 2017

EL TIBURÓN ROBOT MORDEDOR*

*UNA ADAPTACIÓN LIBRE Y PARA NIÑOS DE MÁS DE 4 AÑOS DEL CUENTO DE DINO BUZZATI, "EL COLOMBRE" (1966)



Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano nunca se había subido a un barco, por lo que paseaba feliz y curioso por la cubierta, preguntando a los marineros esto y aquello y sonriendo por todo. Al llegar a la popa, la parte de atrás del barco, Stefano se detuvo curioso a observar una cosa que sobresalía del mar. Estaba a unos doscientos metros y siempre llevaba el mismo rumbo, como siguiendo la estela del barco. Stefano se preguntaba qué sería aquello, una especie de animal marino que no podía dejar de mirar. Su padre, que era el capitán, le preguntó:

-Stefano, ¿qué haces ahí plantado?
-Ven a ver, papá, allí, una cosa oscura que de tanto en cuanto saca la cabeza -dijo señalando al mar.

Su padre no veía nada, por lo que fue a por un catalejo. Al mirar a través de él, se puso pálido de golpe.

-¿Qué es? ¿Papá, por qué pones esa cara?
-Ojalá no me hubieras dicho nada, hijo mío. Eso que ves allí no es una cosa, es un Tiburón Robot Mordedor, el pez que los marineros temen más que a nada. Es un tiburón terrible, y no se sabe por qué, pero elige a sus víctimas y las persigue durante años, toda la vida, hasta que consigue comérselas. Y lo más curioso es que nadie más puede verlo, solo la víctima elegida y las personas de su misma sangre.

-¿Y no es una leyenda?
-Desgraciadamente, no, hijo. Yo nunca lo había visto pero lo he oído describir tantas veces, que al verlo ahora no hay duda: ese hocico oscuro, esa boca gigante que se abre y cierra sin parar, esos dientes metálicos espantosos... Stefano, no hay duda, es el Tiburón Robot Mordedor.
Escucha, esto es lo que haremos: ahora mismo desembarcaremos en tierra y nunca más volverás a subirte a un barco. El mar no es para ti, hijo mío.

Dicho esto, el barco volvió a puerto dejando a Stefano en tierra. Luego volvió a partir. El chico se quedó en la orilla mirando hasta que desapareció de su vista, aunque a lo lejos, revoloteando de aquí para allá, se podía distinguir un punto negro que aparecía sobre las aguas: era "su" Tiburón Robot Mordedor, empeñado en esperarlo.

*****

Desde entonces, se hizo todo lo posible para alejar a Stefano del mar. Su padre lo mandó cientos de kilómetros a una ciudad del interior a estudiar y el chico se olvidó del monstruo durante una temporada. Sin embargo, durante las vacaciones de verano, lo primero que hizo al regresar a casa fue ir al muelle a hacer una comprobación -aunque en el fondo pensase que era una tontería: seguro que el monstruo marino había desaparecido después de tanto tiempo, y ya no pensaría en comerse a Stefano.

Pero Stefano se quedó allí de pie, petrificado, puesto que a unos doscientos metros del muelle, el oscuro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de vez en cuando el hocico del agua, como diciéndole "eh, aquí estoy".

De esta manera, la idea de que aquella criatura enemiga lo esperaba día y noche se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. De noche, en la lejana ciudad, se despertaba preso de una inquietud que lo atormentaba, sabiendo que semejante tiburón lo esperaba. Stefano, con el paso de los años, se hizo un hombre. Su padre había muerto y él hizo fortuna trabajando lejos del mar, hasta que un día regresó a su casa y le dijo a su madre que tenía intención de seguir los pasos de su padre: quería ser capitán de barco. Su madre le apoyó aunque también se preocupó.

Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aun mayor es la atracción del abismo. **

El pensamiento del Tiburón Robot Mordedor lo perseguía y, con el paso de los días, parecía hacerse más insistente. Y Stefano se hizo marinero experto, navegando entre tormentas y días soleados, y con él, su tiburón, que no le dejaba ni a sol ni a sombra. Y en el barco nadie más lo veía:

-¿Han visto aquello? -preguntaba a sus compañeros de barco.
-No, no vemos nada, ¿por qué? ¿No habrás visto un Tiburón Robot Mordedor, verdad? -se reían y burlaban al tiempo que tocaban madera (símbolo de la buena suerte).

La amenaza constante del monstruo hizo que el mar le gustase aun más y fuera mucho más valiente en momentos de peligro y cansancio. Y se hizo millonario, ganó mucho dinero y consiguió comprar un barco nuevo en el que sería el capitán, como su padre. Stefano solo quería navegar y navegar. A la que llegaban a puerto y tocaba tierra, solo quería volver a embarcarse preso de una impaciencia casi febril. Tenía la necesidad de ir de un océano a otro sin descanso.

*****

Hasta que de pronto un día Stefano se dio cuenta de que se había hecho viejo, y nadie entendía por qué no dejaba la vida en el mar, siendo tan rico como era. Viejo y amargamente infeliz, porque se había pasado toda la vida en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo.

Y una tarde, mientras su barco se hallaba en el puerto de su ciudad, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a un marinero de su confianza y le explicó la historia del Tiburón Robot Mordedor, el monstruo que durante cincuenta años lo había perseguido sin cesar.

-Me ha seguido por todo el mundo -le dijo-, y ahora él también estará terriblemente viejo y cansado como yo.

Dicho esto, cogió un bote y un arpón y se despidió.

-Ahora voy a encontrarme con él. Lucharé con las pocas fuerzas que me queden.

Remó con dificultad hasta el horizonte. En el cielo, como el anzuelo de Maui, brillaba la luna. De repente, el horrible animal salió a la superficie justo al lado de su barca:

-Aquí me tienes -dijo por fin Stefano-, ahora estamos solos tú y yo. Y con sus últimas fuerzas levantó el brazo para tirarle el arpón.

-Ah -se quejó el tiburón-, ¡qué largo camino hasta encontrarte! Yo también estoy cansado y viejo. Me has hecho nadar mucho, pero tú solo huías y huías. Y nunca has comprendido nada.
-¿Por qué dices eso? -dijo Stefano sorprendido.

-Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú creías. El único encargo que me dio el Dios de los mares, Poseidón, era entregarte esto:
El tiburón se sacó de la lengua una bola brillante. Stefano la cogió. Era una preciosa y valiosa perla; era la mítica Perla del Mar, que otorga fortuna, poder, amor y paz de espíritu a quien la posee. Pero ahora ya era demasiado tarde.

-Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza el viejo capitán-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia, y he arruinado la tuya.

-Adiós, hombre infeliz -respondió el Tiburón Robot Mordedor. Y se sumergió en las oscuras aguas para siempre.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

** No es una frase para niños, evidentemente, pero me dolía eliminar semejante mantra del texto. A ver cómo se la explicamos a nuestros peques...

P. S. : La idea de "adaptar" este precioso cuento de Dino Buzzati surge del afán de encontrar nuevas historias que contarles a mis hijos, que empiezan a demandar -sobre todo el mayor- algo más que lo que ofrece lo estrictamente tradicional y adecuado... 

La foto es de un tramonto en la costa de Croacia (2009).



domingo, 1 de octubre de 2017

1-O

Hoy se ha roto algo definitivamente entre Catalunya y España.
Solo espero que esa temida fractura social no acabe de llegar al ciudadano de a pie y sepamos hacia dónde volcar todo nuestra mierda tras esta jornada represiva aciaga; políticos, ambos gobiernos, YO OS MALDIGO. Sobre todo al responsable directo de la violencia miserable e injustificada, el gobierno nacional del PP de Rajoy.
Ya nada volverá a ser igual.

viernes, 29 de septiembre de 2017

CATALUNYA, ESPAÑA: SER O NO SER

Llevo varios meses dándole vueltas al asunto, queriendo escribir unas líneas sobre el proceso de autodeterminación catalán, pero me es muy difícil abordar el tema desde una perspectiva que no pueda ser utilizada de una manera partidista. Llegados a este punto de manipulación y confrontación entre ambos contendientes, la situación es tan insostenible que necesito expresar parte de la mierda que llevo dentro.
Lo primero de todo: soy catalán, y español. Ya lo he dicho, podéis bombardearme. Ciudadanos, no hace falta que os abalancéis sobre mi y me mostréis todo vuestro amor. PP, no tan deprisa, aquí no tenéis un aliado más. Podemos, Catalunya en Comú, ERC, Junts pel Sí o Partit Demòcrata y el resto de fuerzas políticas de este país que tanto cambian de nombre como de alianzas y que ya no sé ni qué postulados defienden... absteneos. No me identificáis. No me siento identificado por ninguno de vosotros.
¿Acaso una bandera puede decirte quién eres? ¿De dónde surge toda esta necesidad imperante de sentirse parte de algo que nos trascienda, algo que trascienda al individuo? Puedo entenderlo en el caso de Estados Unidos. Recurriendo al tópico, son un país sin historia. Pero nosotros, España, la España de los Conquistadores, del Siglo de Oro y del Quijote, la desdichada España que resultó de la Guerra Civil... ¿es que no hemos aprendido nada?
Pero hablemos de fractura social. Bueno, de las ganas de que exista tal cosa. Y voy a hacerlo exponiendo dos casos personales, a ver si consigo quitarle hierro al asunto. El primero data de mis días en la escuela, aquí en Manresa. Yo iba a La Salle con los hijos de la alta sociedad manresana y había un profesor que me tachaba el nombre así: avier y me lo corregía con un Xavier en rojo debajo como si fuera un error más del ejercicio en cuestión. ¿Consiguió hacer mella en mi autoestima, este hecho, marginándome del resto de compañeros? Lo único que hizo el hermano Cesc, y aquí dejo su nombre escrito, es afinar mi capacidad de adaptación. Yo no era inferior a nadie, y ningún cura/profesor no iba a decirme en qué clase de persona me iba a convertir. "Em dic Javier", y no tienes más remedio que ponerme un 10 porque he bordado el ejercicio.
En el otro caso era yo más talludito, tendría unos dieciséis o diecisiete. Estaba en Aragón, concretamente en la provincia de Huesca, en un pueblo bañado por el Cinca. Eran unas fiestas locales, había alcohol, todos perseguíamos a las mismas chicas y todo era jauja. En un momento dado, un chico local me embistió, preguntándome con grandes aspavientos y evidentes signos de embriaguez que por qué nosotros, siendo yo catalán, nos habíamos adueñado de la senyera, de la bandera de Catalunya -que evidentemente también era la suya-, a lo que yo respondí: "eh, colega, pues toda vuestra, eh, ¡que va a ser solo nuestra!" Y tan amigos.
Pero volvamos al principio. Si he decidido tomar parte por fin es por un hecho concreto: el empapelamiento del parque infantil de mi pueblo con octavillas y pósters relativos al referéndum; estaba yo jugando en el parque con mis dos hijos y, en un momento dado, agarré al pequeño para subirlo al tobogán, y justo cuando puso los pies en la repisa o pasarela que da a la rampa, descubrí un papel Din A4 enganchado con celo en todo el medio: VOTEM PER SER LLIURES. Hasta entonces no había reparado en que los padres de los niños que van a clase con los míos estaban repartiéndose carteles mientras sus hijos jugaban ajenos al traqueteo de sus progenitores. La educación y el futuro de nuestra progenie deberían estar blindados. ¿O que clase de sociedad aspiramos a construir?
Fue el 20 de septiembre, día en que el gobierno de Rajoy traspasó la línea con los actos represivos de las detenciones y registros masivos llevados a cargos por la Guardia Civil por orden del juzgado de instrucción número 13 de Barcelona con absurdos cargos como desobediencia, prevaricación y malversación (en la llamada operación Anubis) y terminología bélica como "sedición" o "aplicación del artículo 155" (suspensión de la autonomía) para amedrentar a propios y extraños.
Respeto que haya gente que actúe ante tales injusticias, que tenga fuertes sentimientos de nación o patria y que dirija sus pasos en ese sentido, pero... ¿hacerlo en el parque en el que juegan los niños? ¿En serio?
Mi hijo mayor está empezando a leer, a identificar letra por letra, ¿qué le tengo que decir ante la pregunta de papi, qué pone aquí? ¿Por qué me obligan a enfrentarme a esa encrucijada ahora, con cuatro años que tiene la criatura? ¿Por qué alguien querría educar a sus hijos en sentimientos de país o nación en vez de en el amor, la educación y el respeto al prójimo? O tal vez me refiero a que me molesta que sea algo visible y no permanezca en la esfera de lo privado, ya que, aun y a riesgo de dar a alas a los que mayoritariamente desde fuera hablan de esa factura social que comentaba antes, la nueva República Catalana podría ser claramente excluyente: es un hecho que los independentistas están hartos y ya no quieren saber nada más de España. Y a fe que se están llenando de razones, y no solo por estos últimos días; el reparto económico sobre lo que generamos y lo poco que recibimos fue, en su momento, el origen de las desavenencias entre Catalunya y España (el famoso "Pacto Fiscal"). ¿Dónde quedamos, pues, "los otros", los que nos sentimos desamparados y alarmados por la falta de sentido común? ¿Los que creemos que la existencia es demasiado preciosa como para perder el tiempo en tales disputas? Temo que sea demasiado tarde.
El govern que salió de las elecciones al Parlament en 2015 fue, por primera vez en la historia, netamente independentista, y el gobierno español no ha hecho NADA al respecto desde entonces. Su inacción es, como mínimo, escandalosa. La Generalitat lo único que ha hecho es seguir adelante con el legítimo encargo de los ciudadanos de Catalunya, aun y con malas artes como hicieron con la aprobación exprés de la ley del referéndum que nos ocupa estos días. Rajoy y su ejecutiva y el resto de partidos del establishment nacional no han sido capaces de abrir una línea de diálogo responsable para hacer frente a semejante desafío y nos han abocado hacia el inevitable choque de trenes.
Retrocedamos, pero, un poco más. Mi padre es aragonés, mi madre andaluza. He vivido toda la vida con la coña de que, aquí, soy un charnego y, cuando salgo fuera, soy catalán, y no estoy traumatizado por ello, como intentaba desdramatizar con los ejemplos anteriores. Me he criado en catalán, pienso en castellano. Tengo amigos castellanos y catalanes y, en Catalunya, usamos ambas lenguas indistintamente. ¿Por qué mierda iba a cambiar eso? ¿Por qué nos abocan irremediablemente al pozo de la confrontación, obligándonos a tomar parte, renegando de semejante riqueza cultural y haciendo de la excepción la norma? La razón es tan simple que asusta: para tapar sus propias miserias.
La clase dirigente, como ha hecho históricamente, manipula a las masas hasta puntos insospechados, utilizando desde los mass media hasta la retórica política tergiversada y retorcida hacia el límite de lo humanamente aguantable junto al torrente de las redes sociales, auténticos árbitros de la cuestión como reyes del "todo vale", para llevar a cabo sus maléficos planes. Parece una peli de villanos y sin embargo no lo es; en España gobierna el PP, herederos directos de la dictadura fascista que azotó al país durante 40 años hasta 1975... Muy joven es, por tanto, la democracia en este país, tanto que ni siquiera sabemos qué significa esa palabra en estos turbulentos tiempos.
Democracia... ese gran término vilipendiado tanto por unos como por otros, que se llenan la boca en su nombre para dirimir el destino de millones de ciudadanos de a pie que lo único que aspiran es a vivir una vida tranquila y a cobrar un sueldo digno.* Los escándalos de corrupción del gobierno, innombrables y que en cualquier país del mundo harían caer al ejecutivo de turno con el estruendo de un imparable alud, son la vergüenza de nuestros políticos y el hazmerreír de Europa (y por ende, del mundo). Aquí, en Catalunya, el actual govern no responde ante los mayores recortes presupuestarios en sanidad, educación y ayudas sociales de la historia, por no hablar del alcance de los oscuros tentáculos de Jordi Pujol y sus 23 años en el poder. ¿A quién quieren engañar? ¿Tan tontos somos?

Sé que un último llamamiento a la calma y al diálogo podría caer fácilmente en saco roto pero, por favor, ténganlo en cuenta. Aun no es tarde. Paren los motores. Ambos. Políticos y ciudadanos de a pie. Todos. Eviten esta aceleración histórica tan imparable como inquietante. Déjennos vivir en paz. Dejen de plantearnos si la verdadera cuestión es ser o no ser.

P. S. : Por si interesa o quedaban dudas, SÍ, estoy a favor de un referéndum de autodeterminación para el pueblo de Catalunya. Pero acordado entre los dos gobiernos, el catalán y el español, o en su defecto por la autoridad competente. Ah, y votado SOLO por nosotros, los catalanes (ciudadanos de Catalunya, censados). Y NO, votaría NO a la independencia. Los motivos, aunque bastante obvios tras esta parrafada, me los guardo para mi, no sea que alguien acabe haciendo un eslogan o consiga un titular a toda página. Ya les dejo, ya pueden vilipendiarme a su gusto.

*Ejemplos del escrache a un guardia civil en su casa, finalizado con olés por los presentes tras arrancarse con un fandango, o el vídeo de un policía nacional quejándose del camarote donde se tendría que alojar, destinado a Catalunya como refuerzo operativo para el 1-O (fecha del referéndum).

lunes, 11 de septiembre de 2017

PRISIONERO

Ella estaba en la esquina de su antigua casa, enfrente de la iglesia, hablando sottovoce con alguien que no conseguía distinguir. Él iba conduciendo en medio de un tráfico infernal y no pudo frenar; ella le vio pasar, sus miradas se cruzaron: todo pasó a cámara lenta, como en una película. Era ella, pero... ¿qué carajo hacía en su ciudad? 
Él quiso dar la vuelta a la manzana rápido, ver quién era el afortunado con el que compartía confidencias, así que pasó con el coche a toda hostia pero el semáforo del mercado estaba en rojo y resultaba imposible avanzar. Había gente por doquier, debía ser martes y no había manera, se le iba a escapar... 
Por fin dejó atrás la luz verde y giró a la izquierda quemando rueda casi atropellando a una jodida abuelita con su carro de la compra y, al llegar de vuelta a la esquina, ella ya no estaba, se había desvanecido, la calle estaba vacía, no había con quién batirse el cobre... 
Él se volvió loco buscándola, convertido en una especie de ente flotante entre una burbuja de ansiedad y un fuerte anhelo, y no la encontraba por ningún sitio, no puede haberse tele transportado, y pensó que había perdido su oportunidad de volver a hablar con ella, de volver a verla de nuevo cerca, de dejar de ser su prisionero. 

lunes, 14 de agosto de 2017

LA LOGÍSTICA DEL TIEMPO

¿Crees que quiero perder el tiempo pensando en la logística y en los tejemanejes que tenemos que soportar si queremos hacer algo? ¿Que quiero sufrirlo ni siquiera un segundo? Mientras lo estoy viviendo, en ese mismo instante, soy capaz de darme cuenta pero no puedo cambiar esa oleada de negatividad. Justo al explotar, siempre demasiado tarde, me llevo las manos a la cabeza y pienso: mierda, me ha vuelto a pasar.

La vida verdadera, esa sobre la que pocas veces nos paramos a pensar, la que apenas entendemos ni valoramos, es demasiado valiosa. Pero... ¿cómo aprovecharla? ¿Cómo llevar a la práctica aquello de vive cada instante como si fuera el último? Estamos tan encadenados a nuestra mierda diaria que las señales que nos harían despertar para poder vivir con plena conciencia la suerte que nos ha tocado en gracia se nos escatiman, están veladas. Mejor dejar de tratarla como si fuera un tesoro, pues, y asumir que, en realidad, la vida es solo un mero trámite. Nuestros niños no tendrán por qué ser los grandes damnificados.

Aquellos convencionalismos sociales de antaño que yo nunca asumí me persiguen hoy. ¡Y no paro de crearme nuevos enemigos! ¿Crees que quiero perder el tiempo relacionándome con gente que aborrezco? Prefiero no fingir y ser honesto conmigo mismo. Incluso si son legión los que no me tragan. El otro día estuve con mis amigos, nada, una hora y media mientras los peques jugaban, bebiéndonos un par de cervezas: no me reía tanto desde nuestro último encuentro en aquella cena ya mítica en que la policía nos detuvo. Lloraba, joder, se me desencajaba todo. La gran mentira de todo el embrollo, de ese contrato social que yo no firmé, está a una distancia insalvable.

He estado hablando largo y tendido con mi amigo Gnöit estos días. Bueno, hablando, no, ese es el tema también; parece que he estado a punto de quedarme aislado y con el móvil luego solo hay equívocos. Él no entiende mis arrinconamiento voluntario y me pide descargos con razón. Pese a todo lo que ha vivido, tiene una envidiable visión positiva del asunto. Él sabe lo que me bulle dentro y trata de quitarme presión de encima, justo como siempre ha hecho.

Viendo The Leftovers he recordado una conclusión a la que me hicieron llegar hace algún tiempo: no todo tiene que ser trascendente.
No puedo aspirar a entender todo lo que se cuece a mi alrededor, pero necesito que ellos hagan lo mismo y no me obliguen a estar todo el rato pendiente o no quedará títere sin cabeza.

lunes, 31 de julio de 2017

¿ENTONCES?

Y entonces -dijo la muy puta-, ¿qué coño te has creído?
La situación era ya muy tensa cuando apareció un gorila de dos por dos directo hacia mi. Sin apenas tiempo de reacción, braceé entre el gentío intentando no caer al suelo; por suerte, el tipo no tuvo tiempo de llegar hasta mi y acabó engullido por la masa. Salí corriendo de la mano de aquella zorra mientras detrás se iba formando un corrillo de hombres vestidos de negro que se reorganizaban para darme caza. Sentía la adrenalina fluir por mi cuerpo y el corazón golpearme la puta sien.
-¿Pero qué coño haces? ¡Suéltame!
Encontré refugio en un callejón oscuro y la chica, extenuada, se calmó. Yo no paraba de dar vueltas, nervioso, aquello no había acabado. Levanté la vista y me topé con un letrero luminoso y una enorme cruz roja. Vamos, le dije a la ingrata. Un orondo vigilante de seguridad salió a mi encuentro y, en el estado de agitación en el que me encontraba, le asesté un puñetazo con todas mis fuerzas: se desplomó en el acto como un saco de patatas. Entramos en el hospital y, entonces, con aquella enorme panza arrodillada, con lo abatido que estaba... con la zorra de los cojones... pero a ver, y... ¿¿...entonces...??

sábado, 1 de julio de 2017

LA INSEGURA MULTITUD


Esta última semana de junio en que prácticamente me he visto de vacaciones he hecho un par de escapadas a la city. Como ya sabes, afamado lector de esta bitácora, ya no me gusta Barcelona. Podría incluso decir que hasta la detesto. Me siento inseguro y frágil cuando recorro sus calles atestadas de gente mientras me pregunto si siempre ha sido igual.
El martes estuve en el CCCB en la charla con Karl Ove. Nos habíamos bebido dos cervezas para combatir el calor con mi amigo Ace y la vejiga me iba a reventar. La hora que duró el insípido encuentro lo pasé fatal, pero estábamos en medio de la sala y no era cuestión de levantarse nada más empezar.

La verdad es que no sé que esperaba yéndole a ver. No me iba a cambiar la vida verle de cerca ni oír sus palabras de propia boca. Ni siquiera me puse el pinganillo, demostrando así a todo el mundo que mi nivel de inglés era la leche; me reía cuando todos se reían, asentía cuando tocaba... y eso que apenas podía mostrar interés. Capté conceptos claves ya leídos en entrevistas y en el trabajo de investigación que hice tras descubrirlo hace años con La Muerte del Padre (tomo 1 de Mi Lucha), y eso fue suficiente. Incluso el mismo autor, psicópata donde los haya, reaccionaba de la misma manera autista a preguntas que no venían a cuento: un escritor no debería conceder entrevistas, pensaba. Sus palabras deberían hablar por sí mismo. Y los asistentes, la mayoría sin pinganillo también, parecían disfrutar de lo lindo escuchando las sandeces del fenómeno noruego.
Su lucha es mi lucha. A la que pude escaparme al baño, entre bambalinas, y lo vi de cerca respondiendo a las preguntas del público, me liberé hasta las siguientes cervezas que nos esperaban antes de volver a la campiña y dejar atrás toda esa multitud; sin duda, había aprendido a desenvolverse a la perfección en semejantes apuros, y yo de esas debía tomar buena nota.

El jueves llegaría una segunda oportunidad también en el barrio viejo y más concretamente en el Jamboree, una mítica sala de la Plaza Real. La compañía variaba, iba de féminas. Mi cantantessa venía a la ciudad y era una oportunidad única para verla en directo. Mi esposa, que la había escuchado sin dejarle huella, alucinó con la energía que mostró la catanesa. Yo le iba diciendo: imposible que aguante este ritmo. Pero la Consoli es mucho Consoli: se rodeó de un violín y un violonchelo de altura (Emilia Belfiore y Claudia della Gatta) y ofreció un show de hora y cuarenta y cinco minutos para el recuerdo.
La comunidad italiana, tan presente en la Ciudad Condal y efusiva como pocas, sufría para mantener la compostura en la tradicionalmente fría -musicalmente hablando- Barcelona. Eran mayoría, por lo que es de agradecer que la cantante se dirigiera a nosotros, los nativos, en un castellano con un acento de lo más gracioso, para hacernos partícipes de la serata. Luego a pie de pista tuvimos que hacer de tripas corazón para soportar a los fanáticos que cantaban por encima del tono de la entrada que habían pagado, resultando de lo más desagradables. En cuanto al tema móviles, nada que hacer. Seguimos en el siglo XXI, ¿no? Algún ragazzi, i cellulari! me sorprendió, eso sí.
Suerte del aire acondicionado, aunque teníamos espacio de sobra. Había dos parejas de esas en que el hombre, macho alfa por antonomasia, no deja ni respirar a su chica;  uno la agarraba por detrás, rodeándola con sus brazos, empitonándola, dirigiendo el baile a su antojo y los gritos de Carmen! El otro, con aspecto y pintas de surfero, se movía a destiempo y como pez fuera del agua: debió hacérsele largo de cojones. A la hora, de hecho, se empequeñeció tanto que hasta pude llegar a vislumbrar a su partenaire femenina.

No se me hizo pesado. Quizá una sobrecarga en la zona lumbar y cervical, pero poco más. Vendrían la Pizza Pazza y una Peroni para poner la guinda al pastel de la serata mezzogiorniana. Se me puso la piel de gallina y me abstraje completamente escuchando varios temas, pero sobre todo con uno: L'Ultimo Bacio. La miraba, observaba los gestos de esa comedida bestia, esa dulce y frágil rockera convertida en madre, sabedora de tener un público fiel ganado a pulso, y disfrutaba. Y de vez en cuando abrazaba y besaba a mi esposa, tan fuerte como el escenario que teníamos delante, tan mujer.
El paseo hasta el coche por la calle Ferran, la plaza Sant Jaume y la Catedral, fue como un soplo de aire fresco para nuestras almas. Paseábamos ligeros, contentos, libres. Lejos de la inseguridad y la multitud que hace que los espacios de siempre ya no nos pertenezcan y valoremos lo que tenemos en casa.