jueves, 21 de diciembre de 2023

TODAS LAS COSAS BUENAS DEL MUNDO

CLAUSURA: ANNO DOMINI XVIII
En poco más de 6 meses empezaré mi decimonoveno año con esta bitácora abierta.

19 años escribiendo en línea para mí y para todo aquel que le apetezca detenerse unos instantes en mis idas y venidas.

La historia de prácticamente la mitad de mi vida puede explicarse a través de este blog; algunos amores, mis pensamientos más profundos; la incerteza ante un futuro que siempre se ha mostrado esquivo, las historias de familia (ya sabes aquello de la sangre no se elige). Los viajes, mi obsesión italiana, la gente buena y mala con la que me he ido topando. CASI TODO.

Incluso la enfermedad, la muerte y un excesivo afán por permanecer y por mantener bajo la superficie mis vergüenzas más delicadas. Ah, eso y la estúpida lucha contra el tiempo, que nunca fue en un sentido estrictamente estético hasta que, pasados los cuarenta, empecé a darme cuenta de que lo de envejecer iba en serio.

Volviendo al inicio, en 2005 tenía 25 años y solo había espacio para una cosa; recuerdo que borré muchas entradas a posteriori por el miedo a quedar demasiado expuesto, cómo lo lamento ahora. De ahí ese horrible hueco, con solo 4 publicaciones. Escribí muchas más sobre ella.

En realidad he escrito toda la vida, al menos desde que tengo uso de razón. Tengo innumerables libretas, agendas y cuadernillos de todo tipo esparcidos por mi casa, y ni te cuento las que se debieron perder entre tanto traslado (a bote pronto, diría que he vivido en 9 o 10 lugares diferentes en mi vida). De esa bonita época de conocimiento y expansión guardo unos retales imprescindibles, pero, como ya he dicho antes, la cosa venía de lejos.

Nunca he sido de quedarme mucho tiempo en algo, nunca he sido muy constante: me interesan tantas cosas que soy incapaz de profundizar en nada. Incluso creí que tenía ciertas dotes en eso que llaman hoy en día procrastinar.

Comunque, de todas formas, fue esta una etapa de plenitud, entendiendo plenitud como tranquilidad de espíritu. Y ahí sí que conocer a mi esposa es un punto de inflexión, un choque de realidad que me hizo enterrar a los pajaritos y pensar como un adulto (que, huelga decir, es distinto a ser un adulto).

Desde 2017, según se aprecia en los datos de la foto de arriba a la derecha, empecé a perder interés en seguir exponiendo cosas de mi vida en línea. Ya no me apetecía ni seleccionar, ni rizar el rizo, nada. Tuve mi enésima crisis vital, sobre todo en el plano laboral, que ha sido siempre mi talón de Aquiles; nunca quise hacer demasiado para ganar dinero. Solo quería vivir tranquilo, pero eso iba evidentemente en contra de los postulados del mundo de hoy.

Lamentablemente, me he dado cuenta con los años que para conseguir #esoquehellamadovidatranquilaperoqueesenrealidadalgomuchomásprofundoeinsondablehay que pagar. Y eso hay que ganárselo, pero como nunca tuve un guía que me explicara cómo, he dado más tumbos de lo normal. Son tantos los peajes que algunos ni siquiera tienen nombre (o no he sabido ponerles nombre).

La gente lo llamaría crisis de los 40. 
Es un poco lo que intento hacer con la chavalería; por supuesto, no es la misma época ni las mismas circunstancias; quindi, entonces y como tendencia y quizás relacionado con esto último, he desarrollado una necesidad imperante de acercarme a la gente estrictamente positiva. Y los chicos pueden ser muy duros, pero no hay regrets ni resentimientos al día siguiente.

Ya no me apetece lo de antaño. Mi vejez, como ya he dicho alguna vez, va indisolublemente ligada a una sanísima capacidad de elección. Y todas las cosas buenas del mundo que sé que me están esperando, aunque desde la esquina de la esquina, dependen y se leen siguiendo esta clave, cosa que va unida a una manera de hacer que he ido moldeando con el tiempo. Es mi vejez, carajo. Yo elijo.

Porque si soy incapaz de estar bien, desde sentirme alegre y vivaracho, alguien saldrá trasquilado. Y no quiero ser yo, que solo pretendo y persigo las cosas buenas que existen y que me están esperando ahí afuera, como los cofres y las armas de Fornite. 
Como el simple hecho de poder escribir lo que me dé la gana y desde hace ya casi diecinueve putos años en los que sigo aquí, joder.

En la jodida Montpellier agotadísimo por un trimestre demoledor.


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