-carne (botifarra, para 20 albóndigas), sal, pimienta, ajo y perejil
-mollas de pan, 2 huevos
-una bolsa grande de guisantes congelados
-harina, aceite de oliva
-medio kilo/un kilo de tomate entero o confitado, una cebolla pequeña
Primero, aliñar o sazonar la carne con sal, pimienta, perejil y ajo y revolver todo en un cuenco con dos huevos y mollas de pan.
Segundo, al mismo tiempo, cocer los guisantes en agua durante 10-15 minutos. Poner harina en un plato y preparar las albóndigas que pondrás a hacer en una sartén con abundante aceite de oliva.
Tercero, trocear y triturar el tomate entero o confitado junto con una cebolla pequeña con parte del aceite de las albóndigas en otra sartén.
Cuarto y para acabar, retirar los guisantes, escurrir y mezclar todo en la sartén un buen rato hasta que haga chup-chup para que coja sabor (7-8 minutos).
Servir a discreción.
Perfecto para cualquier época del año, más apetecible en otoño o primavera.
La familia tradicional se desmorona. Mientras no decaen los veraneantes que se pasean con sus camisetas grotescamente grandes, souvenirs de sus vacaciones en algún lugar exótico -hoy vi a uno con una de Veracruz, MX, con motivos aztecas por doquier-, este caloret parece que es más llevadero con algo de sexo ajeno, con gotas de infidelidades que cuestan matrimonios y parejas de hecho demasiado jóvenes. De los libros del verano no queda ni rastro. La vida es corta, tenga una aventura y, si es en verano, mejor (que las hormonas andan peligrosamente sueltas). Vi el anuncio como si nada, nadie se hizo eco de lo absurdo que es crear agencias que vayan a joder la estabilidad de la existencia. En el mundo del todo vale, el ego es el principal escollo a superar si quieres trascender, si quieres triunfar; yo no me opongo, eso es muy cierto y todos lo saben, pero el tema eslóganes hay que intentar cuidarlo un poco más.
Hoy acabé de ver Birdman y apenas me inspiró. No hay control contra el exceso de comunicación. Sin embargo, el choque que tuvo mi compañera R. aquí en el trabajo, en un principio dentro de lo banal, acabó por despertar en mi ciertas fuerzas ocultas, rabiosas por combatir estas putas obscenidades con las que nos bombardean a diario.
Tiene gracia que yo no sea un tío para nada tradicional. Tampoco soy el paladín de la justicia o del orden social, joder. Vivo indignado porque no sé digerir que siga habiendo tanta desigualdad entre unos y otros, porque no soporto que me tomen gato por liebre. Malauradament, creo que a medida que te haces mayor y las responsabilidades aumentan, es imposible librarse del listo de turno. Del hijoputa que no paga a sus acreedores -un caso de unos pobres marmolistas, conocidos míos, a los que deben 40.000€ por un trabajo de 2012- hasta el que no cumple las normas básicas del baño en nuestras costas y hace ir de culo al pobre socorrista que no cobra ni mil euros y que sudó tinta para conseguir el curro tras el concurso de la administración local.
Lo mejor es ser rico. Mirar por encima del hombro, desconocer las más básicas reglas de educación y respeto, no tener que rendir cuentas ante nadie. O ser puto médico y estar en la cúspide de la pirámide hospitalaria, y llevar una horrenda corbata con la bata abierta y la tarjeta identificativa en el bolsillo. Dios, qué derroche. ¿Te acuerdas de ese momento en Brindisi, perdidos por la bacanal de la amargura, en que nos paramos a hacer esta foto? Tuvimos dos minutos iguales en Ibiza, la misma puesta de sol metálica, gris industrial. Y me pregunto quién cojones se detiene un momento, aunque solo sea a posteriori, y reflexiona desde la casilla de salida. Por eso me hizo ilusión que, en la entrevista de trabajo definitiva, mi amigo G. utilizara el texto que le envié para acabar su redacción final tras horas de testos psicotécnicos farragosos. Lo tenía guardado en una foto del Whatsapp y, como tenía el teléfono encima de la mesa y no era un examen del cole, pudo hacer uso de mis artes escénicas y salir airoso.
il tramonto
¿Lo ves? Al final la peli sí que me ha influenciado. Vivimos en un mundo exclusivo, con sus playas privadas, sus doctores incultos que no diferencian una v de una b, sus putos nuevos ricos, sin jodidas reglas. Sin amistad más allá de un pasado que no conviene remover desde la comodidad del sofá, sin estabilidad emocional. Es más, se premia el dongiovannismo. Al ser hijos, en muchos casos, de familias enteritas pero desestructuradas en su privacidad sesentera, no estamos capacitados para aguantar a alguien más allá de nosotros mismos; cómo coño voy a aguantar las mierdas de una pareja, aunque tenga dos hijos con ella, si mi yo vive enterrado, adormilado, como si estuviera esperando el momento de salir y estallar y aprovechar las bondades del sistema pantagruélico que nos domina. Puedo perfectamente compaginarlo todo, incluso la educación y el bienestar de mi estirpe. El futuro de mis hijos, dos mujeres y todo el dinero que necesite. ¿Asusta la falta de perspectiva, verdad?
A la mierda. Yo no necesito volver atrás. La noche me importa una mierda: las copas, las drogas, las chicas, el paliqueo, unos dancings 'pasaísimo', cruzar la ciudad al salir el sol como en las pelis de Ben Affleck y El Indomable Will H. mientras ésta se despereza y tú vuelves de fiesta.
Podría hacerlo, pero no tengo ganas. Puede que lo haga una o dos veces al año porque, al fin y al cabo, no estoy muerto ni soy de cera.
Sobre lo demás y la oscuridad latente, sin tocar el constitucionalismo y la cuestión catalana nada más que para decir que yo solo quiero vivir tranquilo y hacer uso del seny, necesito tiempo para digerir todo eso circo. Temo quedarme atrás, temo no entender bien lo exclusivo y este agobio por no envejecer.
Ya no hay libros que leer en verano, así que, amigo mío,no se corte, ¡tenga una aventura!
Aquí abajo tutto è molto più affollatto, crowded de verdad. Las playas son demasiado bonitas como para estar tan solos y tranquilos como en el querido Gargano que nos recordaba tanto a Ischia.
Quiero hablar sobre los ombrelloni y los sdrai y los lettini, insistir en su exclusividad. En Torre dell'Orso vimos un gran espacio desocupado, unos metros entre las tumbonas y la orilla. Desembarcamos allí y a los 30 segundos un chico muy amable nos emplazó a irnos con un scusi ma non si può... Ni siquiera delante del tinglado privado, por mucho espacio que haya, puedes plantar tu bandera. Esto los italianos sí lo respetan; la suciedad por doquier, con los márgenes de las carreteras llenos de mierda y los bosques llenos de botellas de alcohol que podrían provocar un incendio en cualquier momento, ni de coña. Lo raro es que oigo poco sobre incendios forestales por aquí, no lo entiendo muy bien. En España ves un par de botellines tirados cerca de matojos de hierbas secas y te pones las manos a la cabeza.
Benvenuti al sud. No sé si es cosa de las adjudicaciones de las basuras en clave mafiosa. Nos miran como si fuéramos del norte, y es en parte culpa por el acento milanese de Laura. En la ciudad de los árboles bellos, una tendera me preguntó si era argentino, yo le dije: peggio. Spagnolo, lo cual pretendía sonar a broma pero al decirlo me di cuenta de que estaba fuera de lugar.
Disfruto de los olivos y de este maravilloso paisaje mediterráneo, con sus higos chumbos y sus pinos que acarician las costas adriática y jónica, mientras recorremos las maltrechas carreteras secundarias que a las playas nos han de llevar. Oímos un zumbido, mira papa, un avión, y miro, dos súper cazas haciendo piruetas como locos bien cerquita de nuestras cabezas. Aquí el ejército convive con la población civil y nadie se pone las manos en la cabeza.
Italia tiene sus cosas, desde luego, puede que sea ese aroma añejo, el recuerdo de una dolce vita que en España no existiría por culpa de la transición, lo que me hechiza de esta tierra. Su gastronomía, como la nuestra, es tan excelente que la boca nos hace agua solo al repasar el listino. Anoche en Brindisi, una vez más sin oír ni gota de castellano, disfrutamos de una buena mesa en el paseo marítimo mientras L. jugaba con el gatito del local, de nombre Gaetano.
No lo sé, Puglia es la gran desconocida. No hay turismo de fuera, apenas hay estructuras para explorarlo... resulta curioso. Por eso lo recomendaría a todo el mundo. Vivir una experiencia 100% italiana.
Después de tantos días, tantas Peroni y tantos zanzare, toca recoger los bártulos y volver a casa, no sin cierta pena. Aquí nos sentimos como allí, y duele no saber cuándo volveremos. Tenemos un proyecto demasiado grande como para pensarlo y, en la casa de los miaus y de los guaus-guaus, ya no van a limpiar la piscina (con el tute 13-8, gran derrotado en el verano de, en eso sí de acuerdo, el joven Marco Mengoni).
Siempre vuelvo a las playas del sur, siempre disfrutando con la cadencia del Mezzogiorno italiano y ese Mediterráneo que nos baña.
Me gustan algunas pequeñas diferencias, cosas que aquí nunca cambian y que en España puede que cambiaran, como por ejemplo las playas privadas. Aquí cada chiringo tiene su espacio con sus ombrelloni y su porción de mar.
Las playas de acceso público están debidamente señalizadas, separadas de la ostentación del que posee y no muestra ningún reparo en dividir. O puede que sea lo normal. Para los rusos sí que será normal, protagonistas del auge del este de Europa en nuestras costas, poco enemigos de los excesos. Muy poco español y tengo que escribir que a Dios gracias, estamos en un lugar muy poco publicitado (porque parece que el dinero, si bien puede entrar por estos lares, poco tarda en salir hacia otros destinos). Y me viene Saviano a la cabeza porque soy igual de apátrida que él (quizá yo por elección).
El rollo católico. Bueno, la religión, quiero decir. Está por doquier, si bien no debería sorprenderme en un país en el que convive encajonado nuestro amigo Francesco; en la entrada de nuestro camping, la madre de todas las madres gobierna desde un lugar de privilegio, con su altar ornamentado y su brillo nocturno incluido. Hay que decir que este villaggio lleva el nombre de un santo también, y que la hipocresía de la separación de lo público y lo privado aquí es más que notoria. El Papa y Roma sigue teniendo mucho poder, y está tratando de validar ese impulso que el sucesor de Pietro insufló con su llegada al Vaticano. Personalmente, más que un baño de moralidad es educación lo que necesitamos, y no tanto móvil ni tanta mierda tecnológica.
El italiano es un hombre que vive de las apariencias. Hablo de generalidades, como las poses y los aires de las mujeres desepocadas que no tienen ningún pudor en mostrar sus chichas al aire, con esa actitud casi arrogante propia de las familias patricias del Imperio. Como diría Tony S. a la pregunta de dónde está el antiguo esplendor romano, de dónde están los romanos, 'los tienes delante, gilipollas'. Qué puede decirse de las gentes que provienen de semejante imperio... Comunque me gusta esa grandeza decadente, me recuerda a la nuestra española y los constantes recuerdos a lo preCuba1898 y el señorío y toda esa mierda que nos impide avanzar.
Hoy estábamos en la playa tranquilamente, y entre todos los vendedores ambulantes, aquí no tan presentes debido a la escasez de estructuras y el olor a otra época, un señor in his fifties pretendía vendernos un artilugio para hacer mejor el agujero de la sombrilla, con su certificado de invención y todo. Mi italiano, perdido entre los albores de una isla a la deriva, daba como para congratularle por ello y decirle que en Barcelona no lo necesitaríamos, 'nunca he estado en Barcelona pero supongo que es lo mismo, es como con los griegos, somos lo mismo, mediterráneos lo stesso'. Joder, yo pensaba, los putos griegos no, pero bueno, amén a eso. Se ha ido con una sonrisa el tío, con su aspecto de Tony Bennett desvencijado a otra parte, a venderle su dentifrico a otro.
Me encanta la amabilidad de los italianos. O puede que sea el lenguaje, su manera de expresarse. Es sumamente pulcro, sofisticado, bello. El 'podría decirme cortésmente' suena fatal al lado del empalagoso 'scusi signore, mi farebbe la cortesia di...', por ejemplo. Laura me corrige con un 'se è cosí gentile mi potrebbe dire...', y así hasta el infinito. En el sur puede que haya demasiado terrone, sonrío, y los clichés aparecen de nuevo con toda su fuerza. Yo me siento más cerca de lo de abajo que de lo de arriba pero qué puedo decir, si vivo en el interior catalán. Supongo que es cosa de cada uno.
Este espolón me recuerda a Ischia. En mucho, en su poca oferta, en su tranquilidad, en su color de otrora. Me siento en mi ambiente, y esto solo acaba de empezar.
Oigo un karaoke a lo lejos, alguien canturrea Cuore ingrato como puede. Mierda, pienso, es como cuando fumaba en esos lugares mágicos de antaño. Esos momentos que hacían único el mero hecho de vivir esa conciencia cósmica, joder. Algo de aquí debí de ser en otra vida, no sé. Es esta cadencia, es este sabor de siempre.
A medida que pasan los años, pienso, mi yo va mutando; la esencia, evidentemente, permanece inalterable, son algunos detalles los que hacen que mi ser se sienta atraído por otros factores.
He dejado de preguntarme muchas cosas pero a veces, de vez en cuando, sufro ataques del medio ambiente, por llamarlos de alguna manera. No soy inmune al dolor, evidentemente. Todo el mundo sabe que mi talón de Aquiles es mi excesiva conciencia sobre lo absurdo.
El otro día vi una especie de cervatillo moribundo en el arcén de la carretera camino de casa. No es que viva en la puta Minnesota, desde luego, pero sí que distinguí una cornamenta que me sobrecogió en el momento. Sentí un zumbido intenso, he tenido esa imagen en mi retina toda la jodida semana.
Luego vi un anuncio de una ONG que me llegó al alma, joder, y pensé: ¿qué hago yo por mi planeta? ¿Qué hago yo por mis congéneres? Pero ambas eran cosas contradictorias, ya que el sentido común me dictaba que el mismo ser humano es el culpable de cargarse la naturaleza, los bosques tropicales y los malditos bambis atropellados en la jodida autovía que recorro a diario. Somos un virus, una especie que ha crecido demasiado para habitar en este pequeño planeta. ¿Cómo puedo proteger a mi hijo, o dejar de pensar que tengo que protegerlo?
A cada uno lo suyo. La indiferencia sigue siendo la respuesta. Y la menos humana (la más difícil).
Consigné una asignación de X € trimestrales a cierta organización porque no puedo seguir omitiendo la parte sufridora que en los malos tiempos me atormenta sin parar y hace que quiera cerrar fuerte los ojos y no saber nada de lo que ocurre fuera. En realidad eres un cobarde, no tienes lo que hay que tener para cambiar las cosas, oigo que me dicen. Yo respondo: no es por eso, es por mi perra, mi carlina, es por mi hijo, mi primogénito, mi compañera de viaje, mi amor, mi madre y la decadencia... ¡qué puto desastre!
Tiene gracia el argumento de Utopia, la serie británica de televisión. Yo no tengo fuerza apenas. Plantea una molesta realidad y ofrece una solución radical: hay un exceso de población, pues hay que esterilizarnos. Luego se me cae la lágrima al ver a un niño sufrir mientras veinticinco han muerto en la patera de turno y no se sabe cuántos yacen en el fondo del mar por lo precario de la embarcación o las condiciones insalubres de la chabola, o la dificultad para acceder a agua potable todos los días de la jodida semana en un remoto poblado africano.
Cuando escuché el Drones de Muse entero pensé: el disco de verdad empieza en la cuatro y acaba en la cinco (Reapers y The Handler). Lo otro son reminiscencias de la extensa discografía de la banda británica, parecen retazos sin conexión con el tiempo presente. No puedo soportar el peso de tener que explicar una y mil veces el por qué de mis actitudes, el por qué de mi exilio autoinflingido. Ellos seguramente ya no dan más de sí, pero el poderío de esos dos temas dejan una puerta medio abierta, un resquicio del yo que no tiene miedo a mostrarse como es. Ya no hay música que valga la pena escuchar, me dice mi amigo Ace, demasiado asqueado para el divertido verano alemán pero no tanto como para volver nadando a casa. No sé quién coño querría irse a vivir a Alemania.
No veo a mis amigos. Cada uno hace la suya, solemos justificarnos hasta el punto de que la duda, tras lo transcurrido, convierte una época sin historias nuevas en lo único verídico sobre las relaciones humanas.
Llevo ya muchos días abrazando demasiado a mi hijo, besándolo como si cada minuto fuera a el último y siento una gran desazón al comprobar cómo retumba en mis oídos el aburguesamiento de esta cómoda posición. Me pregunto si inyectarme tinta de vez en cuando solventa algo.
Me pregunto, siempre que critico algo o a alguien o me agobio en el trabajo, en qué tipo de persona me he convertido. ¿Sigue siendo la ira el principal motor de mi yo social? Tengo suerte de contar con un equilibrio familiar incondicional. Es mi principal apoyo; donde antes reinaban los excesos, se posa ahora un halo de tranquilidad sin igual. Cuando intuyo a mi amigo T. lejos mientras se alía con K. por estar pasando una situación similar, ya no me preocupa no querer solventarlo, al igual que con P., al que puede que haga fácilmente dos años que no veo. Cada uno hace la suya, y ya se solucionará, o no. ¿Qué puedo decir? Se supone que llega un momento en que todo el mundo sigue su camino. ¿Qué dijo Tony Soprano, Ace? Recordar es la forma más baja de conversar.Los amigos son un bien sobre el que hay que saber pesar sin poder pasar.
Un día, solo uno. Y A ciascuno il suo (a cada uno lo suyo)como diría el maestro Sciascia -en el verano que voy a arrancarme con Camilleri-, que ya hace un calor de playa y este año volvemos al sur... ¡qué buen botín!
Cuando veo a mi amigo K., noruego de Oslo, hijo de exiliado republicano barcelonés, siento una ternura casi familiar.
En los últimos 18 años nos habremos encontrado no más de 10 o 12 veces. Al despedirnos en la flor de nuestra juventud más bizarra, nos dijimos: amigos para siempre, eh, no lo olvides.
Éramos inseparables. Nos unen lazos difíciles de explicar; aunque por sus venas corra sangre española, él es un puto vikingo, un hijo de Ragnar Lodbrok. Y allí arriba son fríos, hace un frío del carajo, y beben como putos cosacos.
Lo primero que aprendí en noruego fue drekka mer (bebe más).Luego deseé fervientemente ser noruego al entender las motivaciones del jodido Edvard Munch mientras paseaba ensimismado por el parque de Vigeland a menos 18 putos grados. 'Allí he tenido muchas citas', recuerdo que me dijo una vez. Voy a obviar lo de las 8 semanas de permiso de paternidad y otras bondades del sistema escandinavo para centrarme en la épica sentimental sin más.
Hemos bebido mucho juntos. Borracheras de calidad, espaciadas en el tiempo. Cada nuevo encuentro era como si lo retomáramos de la vez anterior, como si no hubiera pasado el tiempo. ¿Hay acaso mejor sensación? En una relación, eso es algo impagable.
K. me vio en mis épocas afligidas y, desde la distancia, supo entenderme. Recuerdo una comida en casa de mi madre, en la que ella le mostraba su preocupación ante mi futuro mientras él le decía que no se preocupara, que yo saldría adelante porque era inteligente y capaz. Ese día comimos arroz blanco con tomate y un huevo frito.
No era un problema de idioma. A la mística pertenece ya la pregunta que le hizo un profesor, sobre si había aprendido alguna cosa en su estancia en Manresa, sobre todo porque no solo dominó el castellano, si no que también chapurreó y utilizó con cierta soltura el catalán.
Aquello me ofendió. Yo siempre iba con él, me estaban tildando como una bad influence. Él siempre lo recuerda con rencor. Nuestra imagen de borrachuzos, por aquel entonces, era ya legendaria, y eso no gustaba demasiado en el instituto.
Han pasado 18 años desde entonces. K. ha perdido toda su cabellera pero mantiene la misma actitud física. Tiene dos hijos, una Sigrid de Thule de casi 3 años, C., y un pequeño troll balbuceante de 10 meses, A. Con niños era la segunda vez que quedábamos, allá en el apartamento familiar en Platja d'Aro (Girona). Yo, que siempre estoy atento a lo que acontece en su tierra, esperaba ansioso el momento. Quería sacarle a Knausgård, el tema de la inmigración y el petimetre de Ødegaard. Quería beber codo a codo con él y volver a oír aquel brindis una vez más:skål!
Al final del día, todo se traduce en vitamina para el alma, acaba desembocando en una inmensa plenitud. El esfuerzo de hablar inglés con C., la madre de sus hijos, y la espina por no hacerlo mejor, son el único pero en unas jornadas breves pero magníficas; siempre nos quedamos con ganas de más mientras observamos a nuestra progenie relacionarse libremente pese a la diferencia cultural. Cada uno con su idioma, L. le decía a C., 'vine, vine' (ven, ven), y le hacía gestos con la mano. C. acudía rauda y veloz y luego se ponían a correr riéndose uno detrás del otro. Yo pensé: mierda, esto es plenitud. Fue un momento de esos que recuerdas. No critico a mi tierra, no pienso en emigrar. No es mejor el norte que el sur, ni nuestro modo de vida mediterráneo, sin apenas ayudas y con el sueldo congelado. Es un tema de educación, como no; ¿no es mejor incluir y no excluir? Cuando veo a dos niños entenderse así vuelvo a aquello de l'home és un llop per l'home. El hombre está sometido y no hay herramientas para superar semejante obstáculo, al menos no a grande escala. En nuestro microcosmos, miro hacia afuera con orgullo por una vida no limitada a las pequeñas enclosures, aceptando concesiones a la tradición como La Patumde estos días y sonrío al pensar en la etiqueta#bolquersoffy me digo ¡mierda!, como para cohibirse con las putas miradas ajenas.
Cada vez que veo a mi amigo K. pienso: que se jodan. No tengo por que ser de aquí si esto sigue así**.
*jardín de infancia **si entras en el enlace, verás un canal de Youtube ('saber y potar') donde se retrata a la juventud actual.
Soy un puto borracho y un sociópata convencido. Ya no fumo ni me drogo y no te pienses que no lo echo de menos, no.
Odio a la gente y la gente me odia a mi. Ahora que nadie me lee, voy a explayarme.
Me importa una mierda no permanecer. Desde que me metí en el rollo de la astronomía, todo me importa una puta mierda.
La gente no tiene ni puta idea de nada. Suelo mentir diciendo que todo el mundo tiene algo que decir cuando en realidad no lo pienso así ni de coña. Lo paso mal en los conciertos, doy gracias a que no tengo ninguno a la vista. Ni bodas, gracias a Dios. Luego me emborracho y la lío y le hago pasar una vergüenza de la leche a L.
Ahora que me lee menos gente que nunca -total, para qué, y además me importan todos ellos un carajo-, solo quiero decir que no tengo nada que decir y que no leo una mierda. Nunca he sido un hombre cultivado y ya ni siquiera tengo memoria para intentar volver al sendero de los libros.
Ahora que nadie me lee, quiero que sepáis que he perdido la fe en la amistad. La exclusión social que la nueva familia provoca es una mierda, una puta jodienda. La pérdida de fe en mi mismo cabalga al mismo ritmo que el deterioro físico no tan propio de la edad. No puede ser que mis amigos, mi círculo, sufran por ello.
No puedo hacer deporte por culpa de la puta hernia. Estoy hasta las cojones de vivir con dolor, un dolor que vive al amparo de enfermedades mortíferas y casualidades e imprevistos varios. Tiene guasa la cosa, con la de mierdas que hay por ahí. Podría tocarme a mi, joder.
Ahora que nadie me lee, sabes qué, que a la puta mierda todo. Yo solo quiero escribir, pero escribir con calidad. Y encontrar la paz. Y ver desaparecer a mi padre, joder, ¡sueño con esa mierda! Sueño con su puto entierro oscense ahí, rodeado por paletos, con mis gafas de sol y mi postura más hierática.
Ahora que nadie nos ve, quiero decir que no necesito a nadie fuera de mi núcleo. Iros todos a tomar por saco, ya me dirás qué cojones hago yo escuchando a los putos Mumford and Sons.
Sufro de ataques de nostalgia. Son unos ataques que no puedo controlar, unos ataques que a veces atentan contra lo que es real y lo que no.
Algunas veces siento nostalgia por lugares de mi pasado que, a ojos actuales, no significan gran cosa. Cuando pienso en tatuajes nuevos enseguida me turba el sosiego de aquellos criaderos de antaño, aquellos parques con sus plazas y sus mayores jugando a petanca con el ambiente estancado en un fresco de tramonto irrespirable.
Volver a la noche es volver a criar a mi prole. Es traspasar toda esa melancolía a algo palpable, a algo provechoso. La noche y sus criaturas son mi mundo, siempre lo fueron. Mi barrio, no obstante, desapareció. Como Cagliari, mi ciudad, presa de una postal que no sé cómo sobrevive en los recovecos del deseo voraz.
El pasado, al criar, es como una puta losa. Acarrean con el desengaño de toda una generación, pobrecitos ellos. La negación es peso. Knausgård es toneladas de peso. Tanta realidad abruma mientras intento que el 'no, no!' acabe por no influenciar su vida adulta demasiado (¡qué gran temor tan constante y pesado, joder!)
En mi pueblo actual, Gironella, voy a montar auténticos criaderos. ¿Y qué pasa si el presente, en cuanto a ciudades o lugares dónde vivir, no me satisface? No significa nada para mi este lugar. Intento alcanzar la parte práctica de la existencia sin salpicar al prójimo, eso es todo. Si tengo que bajar al parque me hago con una cobertura de protección previa. Gironella también se irá y sólo quedará una imagen que no creo que idealice con el tiempo. Esa foto, junto con otra en la que estoy sentado con mi chupa de imitación de cuero, esa visión. Solo espero no salir trastabillado.
Luego está mi pequeña Amélie. Ella no sufre de saudade. Ella solo 'sufre'.
Adiós a la etapa de nuestra isla, después de ocho años. No voy a explicar aquí el por qué, ni lo que le espera por delante. Pero todo aquello se acabó. Espero que lo veas, vieja amiga, joven mujer.
No siento tristeza por ella, sí por mis espacios de tiempo detenido en los que ganarse el pan no importaba.
Mi lista, la de Exit Music for a Birth, está puesta al día. Estoy listo para seguir criando.
Tengo ganas de seguir leyendo a mi amigo noruego, si bien voy a hacer un paréntesis con Delizia!, de John Dickie, y luego me sumerjo ya en Camilleri, promesso. Hay ganas de verano y de playas del sur.
Sé que puedo controlar esos ataques, aunque me turbe la imagen de un pasado que olvida la noción ciclíca de la existencia.
Adoro este día. Un año más, ya lo sabes. Lejos de la ciudad.
La gente camina por la calle con una sonrisa y, si trabajo, me pido fiesta siempre.
Los libreros dependen en parte de este día, cosa que en parte me apena, si bien la tendencia es lastimosamente negativa. No sé en otros países, pero aquí no lee ni el tato. Leer está pasado de moda, no está bien visto. Nadie sabe para qué sirve leer hoy, con lo que aburre.
Hay que leer. En los libros está la clave de todo. El verdadero y único viaje posible, como dijo Pérez-Reverte, es a la biblioteca. Lean, por favor.
Verán como nos hace más libres, verán como tendrán más herramientas para contrarrestar la injusticia. Leed... lo digo en serio! Aunque nunca te cruces conmigo, aunque me importe un carajo que nos hundamos todos juntos. Olvidaos de la televisión y el puto móvil, qué cansinos con el puto móvil. Aunque sean el Marca o el Sport, el Pronto o cualquier mierda del New Age... lee, en serio. Nos va la vida en ello.
Adoro este día. No acostumbro a pedir nada, será porque me desespera tanta idiotez y falta de educación y siento miedo y un vértigo de la hostia. Las jodidas calles huelen a pétalos frescos y el sol inunda las paraditas y los rostros de los transeúntes con inusitada calidez primaveral.
Vuelve a haber un muro entre mi mundo laboral y mi yo saludable, esta vez en forma de cortina blanca.
Son apenas las ocho y diez, acabo de salir de guardia. 'Ya sabes, cuando venga el médico', la espera dice. Habla la voz de la experiencia, una mujer que, casualidades de la vida, me acunó entre sus brazos durante mis primeras horas de vida.
Empiezas y acabas en un hospital, aunque en mi caso parece que voy a tirarme toda la puta vida entre batas blancas.
Veo gente de prácticas, rostros imberbes que deberían ansiar el pinchar y sin embargo solo bostezan; por eso me sorprendo al verla entrar en mi box, el número 12, con aire decidido. Está algo regordeta, es morena y tiene el pelo mal recogido cayéndole por los rechonchos hombros. Sé por donde va a ir:
'De dónde eres, Javier?', y en esa voz resolutiva, sin mirarme a la cara, incluye una suerte que me hace extranjero sin saber muy bien por qué, como si estuviera en algún lugar de paso tipo Ibiza o hubiera vuelto a alguno de mis exilios.
'Has visto mi apellido y no te has podido estar de preguntar, verdad?' Se gira abruptamente, como si descubriese un gran secreto:
'Soy de aquí, mi padre es oscense, de un pueblucho de Monzón. Y tú, de qué parte eres?'
La verdad es que estoy acojonado. Por suerte, mi sueño y el cansancio acumulado mitigan esa horrible sensación de estar a merced de alguien, esa vulnerabilidad. Incluso en esas me permito el lujo de ir de listo.
Como últimamente en mis rutinas, solo hay ancianos aquí. Todos hablan de lo mismo. En las casillas que mi estudiante rellenaba había espacio para el Sintrom, la diabetes y otras bondades propias de la edad. Yo respondo que NO a todo, cosa que por cierto no atenúa la insularidad que me provoca este lugar. Bizqueo amablemente y me deja en paz, qué respiro. Su acento la delata.
Hacerse viejo no es muy recomendable; en temas de salud, todo me retrae a ese estadio futuro e irreversible. En cierto sentido, los abueletes que ya no son autónomos no se diferencian mucho de los primeros problemas de fin de juventud que puedas tener: entrar en el círculo vicioso de pruebas, visitas, médicos insolentes, enfermeros novatos, dolor. Conversaciones de supermercado, esperas interminables, los recortes en sanidad. Y todo el mundo con los nervios a flor de piel. Y, en esos espacios, todos somos iguales, conejillos que se disponen a donar su integridad en espera de una vida más placentera, en espera de una vida sin dolor.
Luego está el parque. Ay, el jodido parque. No tengo bastante con soportar miradas que señalan mi lejanía provinciana, no. Nadie quiere sufrir. Es el mantra de la humanidad: sí, pero sin sufrir. Sí, pero desde el sofá.Cuando bajo solo con el niño lo paso mal. No sé cómo moverme, mi cuerpo debe ser rígido como una puta mole de cemento, no encuentro el modo de no parecer fingido. L., mi bebé, está en constante movimiento, así que yo le ando detrás mientras intento que el ridículo de un pelotazo no me sobrevenga, quedando así expuesto a mis vergüenzas. Puede que levante el mentón saludando con algún sonido gutural de añadido como mucho, no intervengo demasiado. L., que es el jodido único niño de dos años que quiere jugar con los de diez y roba las pelotas de todos, se lo pasa en grande, ajeno a mi incomodidad permanente.
La veo venir de lejos, con el rictus más que serio, es una madre que viene directa hacia mi, hacia nosotros. No me da tiempo a pensar mierda, préparate:
(...) Que li dona la pilota al meu nen? Me dice, enfadada. Como yo solo observo, noto que no me suena de nada y que puede que le molesten cosas que no vienen a cuento. Parece realmente irritada. Sí, clar, tot i que bueno, és difícil, y suelto una carcajada. Ah si bueno difícil... recriminando.
Me quedo atónito. Coge la pelota, al niño, se da la vuelta y se marchan del parque. Yo como un tonto, pensando que los niños cogen los juguetes del resto de niños, sobre todo los de los demás. ¿Qué tienen que decir los padres a eso? ¿No es algo natural, algo como para no intervenir, como genitores? Que haya visto de todo no significa que no siga sorprendiéndome. Y cuando escribo esto pienso en los gemelos que van al parque con sendas gorras y gafas de sol. Me los imagino ahora en verano con la cara embadurnada de crema, protección cincuenta. Pero no les juzgo, eh, solo que yo no quiero ser así.
Le cojo la matrícula y rabio por dentro. Cada padre es un jodido mundo, me digo, no vale la pena intervenir. Luego soy capaz de rebuscar entre mi mierda el mantra que tengo que interiorizar para intentar invertir la tendencia: deixo enrere el passat i estic en pau ara i aquí. Deixo enrere la ràbia, el dolor i el neguit del passat i estic en pau ara i aquí.
Dejar atrás el pasado. Olvidar toda la ira y rabia acumulada, encajonar estos sentimientos negativos en algún rincón de mi ser y tirar la puta llave a tomar por culo.
Decisiones como no volver al puto parque yo solo, hablar menos. Escuchar sin desconectarme, eliminar esos malditos muros blancos y esperar al segundo grado sin que mi yo saludable se resienta.
Ya son casi las diez. Me voy a desayunar a la granja que está justo al lado del bar donde empezó todo. Como rápido, ya no soporto estar solo, ni siquiera me acabo el batido. Esta noche tengo que volver.
Ya es primavera y llevo una semana tosiendo (mi quinto constipado).
Cuando me miro tras la ventana de otro en esas nuevas cámaras que nada ocultan me disgusto profundamente y se acentúa en mi esa sensación de disminución física que tanto me atormenta.
Cuando me miro hay vergüenza, pienso, hostia, pero qué mal.
A veces me pregunto que vio en mi. Estaba destinado a acabar solo y apareció de repente entre la mediocridad de una vida burguesa. Odiaba el desorden, usaba en exceso un perfume de los caros. Irradiaba feminidad. Llevaba unos tacones demasiado altos para su envergadura, los lucía con orgullo. A veces solo un par de respuestas que no encajan, un día feo en el trabajo, y todo se vuelve cuesta arriba. No sabes por qué, si será la puta primavera, el fin del frío con lo bien que llevo mi chaquetón, una mala semana sin más. Todo se ve envuelto por una aura oscura y tendenciosa, con lo que la salida rápida y natural se convierte también en la más eficaz. La ira. Estar enojado constantemente como modo de vida, no solo tras un mal trago. He tratado de ser consecuente con los años, bajar el nivel de irritación. El problema es que fui una estrella precoz, un chico popular; el verano pasado tuvimos una boda de la prima de L. en E. B., cerca de mi territorio. Allí, tras un primer análisis no muy exhaustivo, distinguí una presencia familiar que asociaba a ese pasado 'triunfal' que comentaba. Era una chica, conocida de vista, puede que amiga de alguna a la que rozamos o vilipendiamos, qué sé yo. El caso es que tras un par de copas y problemas para mantener la compostura, se oyó un comentario sobre mi salido de su boca. Dijo mi apellido, exclamó, es bastante gilipollas, todo un 'sobrao'.
Desde luego, para L. es como si le hubiera ocultado parte de mi, y no pude si no dejar escapar una carcajada y mirarle con expresión 'fue hace veinte años, reina, era un crío', por no decir que el testigo no era para nada fiable y que, qué cojones, no venía a cuento dar explicaciones sobre semejente chorrada.
No tuve que esforzarme demasiado pero me molestó la escena, como si nunca entendiera por qué la gente es incapaz de comportarse con normalidad o, simplemente, como se espera de alguien educado.
La gente nos conoce. Mi hice un nombre justo antes de tener que seguir demostrando mi valía constantemente aunque todavía quedaran reválidas. La presión que me autoinfrinjo es tan dañina que algunos han llegado a creer que se trataba de otra persona, como si en vez de ser yo fuera alguien nuevo, como si existieran dos de mi. Entonces lucharía con la identidad y sonreiría al recordar los heterónimos del gran Fernando Pessoa, adalid de los problemas interiorizados y las esponjas de almacén. Siempre he pensado que el mejor psicólogo es aquel que puede beberse. Cuando paro un momento, me miro y observo las gotas caer al lavarme la cara con agua helada, se acentúa en mi esa sensación de estar por encima del bien y del mal; dudo de la medicina occidental y hasta me permito entrar a discutir las bondades del karma y el camino del samurái. Reconociendo estar al borde del abismo, psicológicamente estoy tan perdido que ojalá pudiera abrirme y dejar de pensar en chorradas como no me gusta su aspecto o si no eres castellano parlante mejor lo dejamos; al poner trabas a mi salud mental, lo único que estoy transmitiendo es pocas ganas de salir de este trago que ni siquiera me afecta a mi directamente. Odio ver esta mierda, odio mirarme en los retretes de medio mundo y no ver nada más que puta ira estallando a cada paso, esquina tras esquina.
La descubrí buscando música para mi exilio italiano en 2006, año en que publicó Eva contro Eva. Su voz y sus melodías eran claramente diferentes al pastel italiano típico según la Pausini o lo folclórico de la Carrà y, en un año de decepciones tras las esperas de Tool y Deftones, Carmen encajó en mi mundo a la perfección.
Antes de nada debo reconocer algo: las buenas voces femeninas, a ser posible con pocos instrumentos (léase, guitarra o piano), me ponen. Me llegan a los adentros como pocas cosas. Por eso tengo en un altar a la Pérez Cruz también.
Mi relación con la Consoli empezó con buen pie, pues. Escuché ese disco hasta la saciedad y luego conseguí los otros; Confusa e Felice, Mediamente Isterica, Stato di Necessità y L'Eccezione. El primero no lo tengo y al que vino después en 2009 (Elettra), apenas le presté atención.
La sensación de cercanía para con ella era debido a una mezcla de su folkpoprockero con su aire de señorita frágil y muñeca de porcelana. Evidentemente, el eco mediático que me llega aquí no es ni un cuarto del que hay en el Belpaese pese a la globalización y la cercanía de las redes sociales; pienso en el festival de San Remo, en el sentido de que hay años que me llegan muchas cosas y otros en los que apenas me entero aunque intente seguirlo de alguna manera. Me refiero a que aquí pongo la radio o la tele y te amorran las novedades del panorama musical español. No tengo una vida social virtual tan activa como para saber lo que se cuece en Italia a cada instante porque me gusta tocar de pies en el suelo y es algo que suelo reservar para cuando visitamos el país transalpino y nos empapamos del momento en el lugar (y Radio Italia no es fiable porque aburre con sus clásicos). Vamos, que no es lo mismo que estar allí.
Carmen es siciliana, de Trapani. Recuerdo cuando estuve en Palermo haber mantenido una conversación en un café con un nativo sobre ella, sobre como cultivaba una imagen de diva sexualmente ambigua. Según él, era una estrategia puramente comercial. Yo le replicaba que era lo que se llevaba (en España se había aprobado recientemente el matrimonio homosexual) y que no me parecía mal si su objetivo era ampliar su público, respondiendo a criterios artísticos. Al final de todo, una cantautora o grupo puede dedicarse a sacar un disco cada 2 años siguiendo una línea recta sin salirse del patrón; la catanesa en ese sentido es más una artista, ya que cada nuevo trabajo refleja unas ideas o estados de ánimo, englobándolos en un bien mayor: un bloque temático único, muy al estilo del rock progresivo de los 70.
Yo lo veo así y así entiendo también el proceso de creación artística. La vida son ciclos, etapas que se van quemando irremediablemente.
Diría que la cantantessa mezcla estilos, música popular con rock, pero que sobretodo es esa cotidianidad lo que la hace diferente, lo que le define. Como decía antes, la imagen que yo me he creado de ella puede estar alterada o sujeta a arbitrariedades, lo asumo. Y, justo ahora que presenta su octavo disco, L'Abitudine di Tornare, vuelvo a ella entregándome a su dulce voz, escrutando cada uno de sus movimientos cuando, por ejemplo, acude a la redacción de La Repubblica en Florencia y las veintipico personas que la reciben (periodistas, supongo) la observan igual de atentos que yo.
Carmen ha sido recientemente madre y eso se nota. La maternidad te cambia y parece que la canción Questa Piccola Magia es la que homenajea ese vaivén vital aunque todo el disco tenga ese aroma. Los años pasan y sus cuarenta son como mis 35 y mi pequeño príncipe: la llegada de la jodida madurez. Cuando la veo llegar con sus pantalones entallados de pinzas, sus taconazos y su camiseta de marinera con el pelo recogido no puedo más que sentir un puto escalofrío que me revuelve las entrañas mientras pienso, 'mierda, sé de alguien que está pasando por un momento similar, fijísimo'. Y es esa identificación, esa asimilación, lo que te da cuerda y anima y hace el camino más llevadero (el comprobar que no andas solo). Puede que definiera el arte o la creación artística externa así. La interna tiene que ver más con el vómito o con el boxeo.
No es que los discos sean muy diferentes entre ellos pero, si tuviera que elegir uno, sería el directo de L'Amfiteatro e la Bambina Impertinente, un greatest hits grabado en Taormina en 2001. Puedo sentir la magia de esa noche, me traspasa cada vez que lo escucho.
Carmen Consoli, mi cantantessa... nueve años después (versión 2015).
Tras diez meses en el servicio más especial del hospital, todavía sigo buscando la paz.
Mi paz, pero, tiene más que ver con la 'búsqueda', algo más bien abstracto y, hasta que se demuestre lo contrario en relación a lo que voy a contar, muy banal. Hay dos pacientes de la zona que han dejado de buscar. Se les acabó el elegir. Aquello de seguir luchando, seguir hacia adelante, se acabó para ellos. Ha quedado demostrado que su visión de la pax estaba contaminada.
R. L. H. decidió casi desde el principio no luchar. No había guerra para él. Llegó en agosto y seguí su caso desde el primer momento. Nunca nadie le echó la culpa por arrojar la toalla ante la certeza de un destino cruel e ingrato como el suyo. Siempre me sentí atraído por él, por su desgracia. No podía no preocuparme por él, era imposible ir a trabajar un día tras otro sin pensar en ir a saludarle cuando estaba o en ofrecerle unos segundos, sin incordiar; luego, tus superiores te acechan y te preocupas por no atraparte la faena y miras con falsa empatía el agobio en el rictus de tu compañera mientras piensas en tu violenta visión del mundo y tienes que hacer verdaderos esfuerzos por ocultar al choni que llevas dentro.
Se moría, joder, y estaba ocurriendo justo delante de nuestras putas narices. Cómo coño se puede vivir con eso?
Bueno, claro, no hay más remedio. Todavía muchos me dicen que serían incapaces de trabajar en un servicio semejante, mi L. incluida. Recuerdo que la jefa solía preguntarme, al principio sobre todo, si me afectaba. Es como cuando ves a alguien en carnaval que no va disfrazado, y le preguntas. Y el muy capullo te responde que no, que el ya va disfrazado todo el año... Obviamente, su mujer soporta todo el peso del cielo. Ella es la auténtica luchadora, la que pese a todo se queda aquí, a seguir. Él se ha ido, su hija D., nacida en octubre, también se va a quedar y va a necesitar una motivación de altura. Un puto drama sin parangón, vamos.
Imagínate esa casa hoy, mañana o pasado. Imagínate de aquí veinte putos años. Cómo te recuperas de un golpe así? Cómo le cuentas a tu hija que tu padre murió poco después de que tú nacieras??
El cáncer le devoró las entrañas y la vida le ha sesgado la posibilidad de ver crecer a su hija. Por qué yo? Y qué hay de sus padres? Cómo puede un padre sobrevivir a su hijo? Es la puta clase de lógica que rige el universo desde tiempos inmemoriales y que no tiene nada que ver con ningún puto Dios bondadoso y protector.
La naturaleza es cruel. El mundo es cruel. No hay paz. Tenía treinta y un años y toda una vida por delante.
Pocos días antes de irse, hablé brevemente con su esposa. Le expresé mi cercanía y no pudo reprimir el llanto tras decirle que mi futura hija se llamaría como la suya. No es un homenaje impostado, solo quería que supiera que no estaba sola y, de paso, advertirle de que nadie está a salvo y que la culpa no tenía nombre.
A. S. C. rondaba la setentena. Todo un gentleman, no había día en que no pasara a saludarnos a compartir unas palabras. En Navidad trajo cava, dulces y un montón de simpatía y buenos deseos. Venía siempre con su ejemplar de Mundo Deportivo, dispuesto a comentar los desajustes tácticos del Barça y el límite de supervivencia del Básquet Manresa (TDK para mi aun). Sufría un insoportable dolor en cierta parte trasera, producto de su enfermedad. Tenía muy mal pronóstico pero jamás perdía la compostura; puede que el tembleque de sus cuidadas manos sólo se debiera a la medicación, ya que su exquisita educación no le permitía salirse de los postulados burgueses menos excluyentes.
Ironizaba con su final. Yo le animaba a seguir, a sobreponerse al sufrimiento, incapaz como soy de llegar a un límite así. Teníamos cosas en común. Hizo todo lo que estuvo en su mano para sobrevivir e incluso me habló de Boston, pero no fue suficiente.
No hace falta dejar de ser buen profesional por parecer demasiado cercano. A veces estamos tan preocupados en salvarnos el culo y en estar a la defensiva 'por si acaso' que acabamos olvidando el por qué de trabajar en sanidad y su finalidad.
Tras diez meses en oncología, he vuelto a la primera línea de combate. 'De nuevo en las trincheras', como diría el dramaturgo inglés. Pierdo lo humano, los lugares comunes sobre las desgracias ajenas y el aquello de tirar p'alante y me pongo una venda y voy a olvidar esa palabreja fea que es metástasis, ya puestos; me llevo para mi búsqueda la verdadera esencia de la vida (entendida según los postulados de nuestra raza en el cosmos), una vuelta al origen del todo. Como cuando te mira un niño con ilusión, como cuando lo has perdido todo, incluso la esperanza de seguir respirando.
El espíritu. Lo auténtico.
La jodida paz.* *ESCRITO DEDICADO A LA MEMORIA DE R. L. H. y A. S. C. REQUIESCAT IN PACE.
Hoy que cumplo años siento envidia, y proclamo abiertamente mi desazón.
Envidio el poder que tienes, que con un chasquido de tus dedos todo repele.
Todo el mundo respeta la displicencia que tu faz no se apresura a eliminar tras el primer contacto visual; qué lástima que a mi no me salga así, y me utilicen como a un alfil.
Tus privilegios son el motor que da alas al trabajador que se consume y acaba penalizado. Tu palabra cunde en misa lo que JC recibió por nuestros pecados,que no fue poco.
Dios, cómo te envidio. Envidio la facilidad con que sentencias atributos temporales desde tu sillón (siendo cuarenta y una jornadas poco menos que un oasis de esplendor), compañero de John Doe. La incapacidad de contradecirte y tu capacidad de reacción. Tu gestión de la presión (sin parangón).
Ojalá fuera como tú. Y abrir la puerta hasta que me apetezca, y hacer tres de trescientas sin levantar la mirada. Todos saben que luego devuelves hasta el último centavo de lo que coges prestado.
Ay, quién fuera tú. Que haces del complot un arte y emponzoñas a quién se ponga delante sin más dilación pero sin resquemor. Que disfrazas tus carencias por beneficio de un bien común, de un bien mayor. Que descuidas el rencor por construir algo mejor, algo sin el sopor del corazón arrinconador.
Joder, y tu alegría... tu resplandor ilumina al mismo sol. Tu algarabía legendaria es, al igual que tu tesón. Irradias la misma bondad que un dinosaurio de esos de los buenos con el cuello largo, no un velociraptor asesino-cabrón. Como un elefante que se reúne con los suyos para morir en esas largas y eternas travesías por el bosque, así de entrañable te veo yo.
Tus amigos se cuentan por decenas y tus enemigos desconocen ese término para asociarlo contigo. Tu lucha será recordada y, tu secretaria -para tu deleite-, nunca fue el colmo de la paciencia ni de la educación. Es imposible que nadie te desee mal, cosa que tiene un mérito atronador.
Ay de mi, que hoy cumplo treinta y cinco años queriendo ser otra persona, queriendo ser tú.
Te envidio tanto, tantísimo, que no sé cómo voy a poder disfrutarlo.
Últimamente, cuando miro a mi hijo mientras la acaricio la cabellera dorada en la cama contemplando así la perfección de la obra de Dios para mi deleite -con la falta de horas y otros remiendos pendientes-, tomo conciencia del momento y la vigilia me traslada al futuro más lejano para palidecer por el vértigo de una herencia maldita no deseada. Y me pregunto... ¿qué culpa tendrá él, de mis pecados e inseguridades? Esto dura un instante apenas, como para no defraudar a mi yo de siempre, ya que a los dos minutos solo observo y disfruto alejando las turbulencias.
Respira muy rápido, joder. ¡Va a un ritmo de 150 pulsaciones mínimo! La emoción del día a día lo hace inagotable ahora que todo es nuevo y no entiende que se le obligue a dormir a una hora que conmigo casi siempre supera los límites de lo deseable para un bimbo.
Por aquí le llamarían rubio, eso seguro. La semana pasada, en Olot, la dependienta/propietaria que nos atendió exclamó: d'on els ha tret, aquests rínxols daurats? (¿De dónde los ha sacado, estos rizos dorados?). No es verdad, que yo de pequeño fuera rubio. Era cosa del conductor de autobuses aquél, que hasta hace poco me lo encontraba por la calle y que siempre me chillaba ¡rubioooo! por cualquier rincón de la ciudad.
Mi orgullo de padre es ilimitado, sobre todo estos días, que parece que le quiera más y más y solo pueda y deba superarme en todo. Le doy unos quinientos besos diarios y ya no siento aquella molestia punzante cuando su ritmo era demasiado terco para mí. Ya no busco modelar una figura de polvo y cenizas a mi imagen y semejanza.
Luego pensaba en el lejano oeste, allá por el desierto de Mojave. A. me envió unas fotos de una vida que podría haber compartido e hizo que deseara ardientemente estar allí en lugar de convertirme en el payaso triste que citaba Tony Soprano, tomando peyote y descubriendo que aquél tipo desgarbado era yo mismo en realidad y que, aquella, era una vida que yo reivindicaría. Repetirlo no me iba a ayudar demasiado, pero tampoco me afeaba tras una conversación reciente con mi amigo gallego D., il capitano.
Cumplir dos años. Cómo olvidar la noche de domingo de entonces. Y la verborrea insaciable y constante. Últimamente gozo con el cielo y sus astros, además. No sé por qué lo relaciono con la perfección. Me he pedido un telescopio para mi cumple o para reyes o para el caga tió o para cuando sea. Siento una necesidad imperiosa de aprender el espacio, me siento irremediablemente atraído hacia la puta bóveda celestial. Y nos abrazamos. Son dos cosas que van ligadas. Y le acaricio su cabellera dorada con su remolino/coronilla lastimosamente heredada. Cómo me hubiese gustado poner una cámara oculta este lunes en la guardería para ver cómo se convertía en el centro de atención.
Y le cuento el cuento del cocodril, ya que me lo pide aunque sea demasiado pronto para escuchar batallitas improvisadas, y l'avi Dani y el Capitán Trueno siempre aparecen de la mano desde que se encontraron en lo alto de la cumbre de una montaña tan alta como el cielo y los planetas del extrarradio solar. Y pienso: voy a desenterrar mi libro de mitología. Y sigo pensando: Dios es hermoso, joder.
Y luego vuelvo a mirarle embelesado, borracho perdido.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
Por cierto, es mi primer fin de año en casa en muuuucho tiempo...
He hecho este ejercicio nueve veces en este apestoso blog y siempre con una pátina de nostalgia muy presente y algo pringosa también.
Mirando atrás, se recordará que el rey de España abdicó este año y que murieron figuras notables como García Márquez y Paco de Lucía. Se habló de corrupción, como no, de aviones desaparecidos en Asia y del fracaso estrepitoso de la selección de fútbol en Brasil. Del 9-N i el camino soberanista-independentista iniciado por nuestros políticos catalanes. De la crisis, eterna y arrastrada desde 2008, de recortes permanentes en educación y salud, que es lo que más padezco yo en mi currículo.
Lo recordaré por ser el año de florecimiento de mi hijo, L., y porque nos cambiamos de casa en febrero (a una casa gigante, en la campiña). Su desarrollo como ente físico y psíquico y su entrada en contacto con el mundo académico (en lo que espero sea una larga carrera estudiantil) y todo lo que conlleva eso (enfermedades, aprendizaje, malos y buenos hábitos, etc.).
Hubo un gran cambio laboral en mi vida, ahora que caigo: dejé las noches, con promesa de volver a frecuentarlas pero. Me trataron bien en mi nuevo destino, me aceptaron sin problemas y sentí cierta comodidad. El riesgo de poltrona con esta nueva vida ha hecho que necesite recordar, también, que he tenido menos tiempo para mis cosas. No obstante, Baleares, Andalucía y Lombardía nos han visto por sus lares este mismo año, y nosotros lo hemos disfrutado.
Me hago mayor. En un mes cumplo 35 años. Me gustaría ganarle tiempo al tiempo. Echo de menos a mis amigos. Y a mis hermanos, con lo que conllevó la liberación de R.
La falla paterna continúa resquebrajándose y eso sí que va a ser un auténtico reto para el año que viene... (pienso tomar cartas en el asunto).
Musicalmente sigo out excepto por la magia de Sílvia Pérez Cruz y su sentimiento y, en cuanto a TV, las grandes series murieron y Sons of Anarchy descarriló. Interstellar ha copado casi todos mis elogios y por una vez ha dejado al cine en buen lugar.
Esta vez no hago una antología visual, como es costumbre, solo dejo estas pocas líneas como reflexión a un año en que, personalmente, destacan mi cambio laboral y el crecimiento irremediable de mi primogénito. La foto de más abajo es una noche de luna llena en mi barrio. La estampa era demasiado evocadora.
Luego el imparable tren de la supervivencia, en su vaivén constante, nos ha arrastrado en su día a día a un mundo poco habituado pero no por ello menos atractivo.
Sé que esto es solo el principio, y sé cuál es el camino. Desviarse no es una opción.
La encontré fría y señorial, como si sus propios habitantes negasen el hecho de ser italianos y les diera vergüenza.
Las costumbres hacen al hombre, y el hombre, como tal, les es fiel: me compré la Gazzetta, bebí su cerveza (¡tenían Ichnusa!), comí sus dulces (cannoli... mmmh...), busqué callejeando tiendas Diadora sin parar, charlé con extraños para comprobar que mi nivel de italiano seguía por los suelos en comparación con el de L., miré su televisión y, me pregunto a los niveles de show en los que estamos: ¿puede que La Grande Magia llegue pronto aquí y sea la siguiente atracción?
En términos de respeto, era un viaje sentimental que deseaba hacer. Y no hablo de San Siro, ni de la marca de ropa anterior. Mi compañera de viaje no prejuzga el presente anteponiéndolo al pasado por miedo al futuro, como leí en la pizarra de más arriba y no pude dejar de hacer la foto. Eso la convierte en inmortal, en mi única y auténtica musa.
Sobre su gastronomía, del Belpaese: arancini, pizze, pasta, limoncello como digestivo y mirto según donde esté. Sus monumentos, aunque miren al norte: pensad en su Duomo y en la tortura de San Bartolomé. Su ingeniería militar, Leonardo y, por qué no, en su jodida sofisticación.
No es que me gustara el frío y la niebla lombarda, no. Hablamos de un año y medio sin pisar territorio alpino, demasiado para mi idealización del país del arte, el Imperio y sus bravuconadas con rastro de lupara.
Como una toma de contacto para una chincheta más en el mapa. Y reconozco que pensaba bastante en Ludovico Sforza (el moro), más que en cualquier otro. Sobre el cómo rebaja la tensión y su afán práctico mezclado con mi naturaleza y el final de Sons of Anarchy, citas a cuervos visitantes en la oscura noche y al no duden que amé de Shakespeare incluidos, otro rato volveremos, que vienen las campanadas.
Como si las viejas costumbres no importasen un carajo.