No sé qué pensáis. ¿Preferís las playas de arena, tan tórridas, menos frescas? ¿Todavía queda verano? Me refiero al estado de ánimo, al término, a la situación. Sé que hay esperanza porque casi cada semana me topo con gente excepcional que hace cosas impropias para los tiempos en los que estamos (época o momento actual, lo que queráis); el último caso, ardiendo todo el país y con nosotros rezongándonos en la piscina municipal día sí, día también, me hizo llevarlo a mi terreno. Mi esposa me dice que siempre lo hago (a ver qué dice mi futura psiquiatra de eso); era el caso de un chico de veintiún años que cuidaba de su novia, igual de joven, tras un accidente horrible y muy jodido. La cuidaba, la cuida de hecho, como si fuera un jarrón de porcelana china, y tiene a todo el personal sanitario del lugar en cuestión en shock: el chaval es un jodido sol y se deshace en atenciones hacia ella sin importar una mierda consecuencias, contexto o necesidades propias. Y no es que sea de alabar, es que debería ser lo normal. ¿No? ¿Acaso yo no lo haría?
jueves, 28 de julio de 2022
EL VERANO
No sé qué pensáis. ¿Preferís las playas de arena, tan tórridas, menos frescas? ¿Todavía queda verano? Me refiero al estado de ánimo, al término, a la situación. Sé que hay esperanza porque casi cada semana me topo con gente excepcional que hace cosas impropias para los tiempos en los que estamos (época o momento actual, lo que queráis); el último caso, ardiendo todo el país y con nosotros rezongándonos en la piscina municipal día sí, día también, me hizo llevarlo a mi terreno. Mi esposa me dice que siempre lo hago (a ver qué dice mi futura psiquiatra de eso); era el caso de un chico de veintiún años que cuidaba de su novia, igual de joven, tras un accidente horrible y muy jodido. La cuidaba, la cuida de hecho, como si fuera un jarrón de porcelana china, y tiene a todo el personal sanitario del lugar en cuestión en shock: el chaval es un jodido sol y se deshace en atenciones hacia ella sin importar una mierda consecuencias, contexto o necesidades propias. Y no es que sea de alabar, es que debería ser lo normal. ¿No? ¿Acaso yo no lo haría?
martes, 7 de junio de 2022
LA ESPERA
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| Tarraco |
Siempre me hizo una especial ilusión el término dolce attesa, la dulce espera. Asociado al estado de buena esperanza, delimitaba el tiempo que tenía que pasar para gozar del fruto esperado, en este caso un hijo.
Esa ilusión, no obstante, no era una alegría completa por los términos a los que solemos referirnos cuando hablamos o nos enzarzamos sobre el tiempo (la letra pequeña del mismo); es decir, a la lucha por el deseo mantenido y porque no se evapore rápido después de conseguirlo. Vivir es una ilusión, como dice la canción de Hamlet y que solíamos gritar como un mantra. Es esa dualidad, que nos remite a la sempiterna e inútil guerra entre la luz y la oscuridad, la que hace que el ansia se imponga en épocas en las que uno no encuentra el aliciente suficiente para levantarse entre dolores varios y tener que fichar cada día en el curro.
Retorcer palabras no se me daba mal. Pero con este puto calor hoy me devaneo entre recetas de Thermomix y charlas con los abuelos del barrio; una frase recurrente en conversaciones de las colas del súper, a parte del tema de la salud, es qué rápido pasa el tiempo. Luego sigue: ¿Cuánto tienen los tuyos, ya? Nueve y seis, respondo. Y, en vez de enseñar las fotos de carné de la cartera, saco el móvil y busco una en la que salgan ambos sin hacer el mongolo. Ostras, Mateo es un mini tú, qué fuerte, suelen decir. Si supieran lo cabrón que es, si por un momento la vida que no se ve en Instagram, la que nos afanamos en ocultar, saliera a la superficie con todo su candor y esplendor... seguro que sería más fácil aceptar que el hecho de criar, o el hecho de no hacerlo, no es algo baladí.
La espera no es lo mío. Sigo teniendo una excesiva conciencia de mí mismo y de mis mierdas, incluso cuando me adelanto y viajo al futuro como Billy Pilgrim, a voluntad propia. Utilizo un método, bueno dos, que me suelen funcionar: la lectura y el deporte. Con la lectura estos días disfruto de Antonio Tocornal y su brillante prosa, que en Bajamares te deja tiritando con su percepción temporal (del no-tiempo, más bien) y con la posibilidad de abrir la botella que la marea baja le acerca una mañana al farero; el ejercicio que supone tener un mensaje en una botella arrastrada por la mar y no abrirlo es de un autocontrol envidiable, casi onírico.
Así pues, el hecho de ver tan cerca las vacaciones hace que no pueda disfrutarlas en todo su espectro, al menos no de momento. Intento darlo todo por los campos de la campiña (otra estrategia que me suele funcionar) pero me agota pensar en ellas por si algo sale mal, por si los niños no responden, por si seré capaz de relajarme y coger el momento, como diría mi amigo Gnöit (el de la barca de Noé). Desde el cambio laboral, hace ya un año y ocho meses, no había tenido problemas para dormir hasta ahora, que todo se precipita, que todo sigue precipitándose; si el peque se despierta con las sábanas mojadas, acudo raudo a hacer una boñiga con la ropa y a envolverlo con la primera mierda que encuentre mientras la arrojo escaleras abajo y dejo ir un par de ladridos que dejen claro que no voy a entablar una conversación a esas horas de la noche.
No sé desde cuándo soy así de impaciente. Veía a mi amigo Tognâo casi corriendo por las calles de Toledo buscando yo que sé qué y, mientras le perseguíamos, intentábamos expulsarnos esa sensación igual que cuando nos zancallideaban en un campo de fútbol de tierra, a manotazo limpio. Que yo, con toda esa mierda por canalizar, no haya hecho nada al respecto, es casi sangrante. Y ya son cuarenta y dos años en los que parece que me siga persiguiendo el colombre de Dino Buzzati.
Pese a todo, siempre me hace una especial ilusión la espera porque supone un reto para seguir intentándolo, un estímulo para continuar esforzándome —pero no en plan Timba, de Los Compas*—, si no como una nueva posibilidad que en este caso me devuelve a la casilla de salida, al influjo cautivo de mi insularidad olvidada.
*Saga de libros infantiles de aventuras protagonizadas por Mikecrack, El Trollino y Timba Vk y editadas por Martínez Roca (sello de Planeta), de las cuales mi hijo Luca es un ávido lector. Cuando Timba hace referencia a esforzarse se refiere en realidad a dormir, algo que le supera (imposible no sentir cierta simpatía hacia él) y no puede evitar.
jueves, 12 de mayo de 2022
EL DRAMA
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| Pedret |
¿Cómo te preparas para afrontarlo? ¿Es posible desmitificar el drama ante sus múltiples ramificaciones, ante la inabarcable magnitud de sus tentáculos?
miércoles, 13 de abril de 2022
LA SERVIDUMBRE
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| Escapatoria |
Al cumplir los cuarenta me di cuenta de que no podía seguir haciendo lo que hacía, y eso que tenía libertad 〰dentro de ciertas posibilidades. Me di cuenta de que no podía seguir siendo dirigido por algunos tipos de personas que me hacían sentir ridículo, sucio y marginal, como si viviera en la periferia de unas convenciones, sobre todo sociales, que no era capaz de comprender.
Escribo esto con muchísima cautela, y tampoco es que los cuarenta fueran una frontera con una luz roja activada de repente, ahora que me releo. Pero supongo que el cumplir años en plenitud, sin grandes contratiempos, hace que te replantees tantas cosas como espinas pude clavarme. Es seguro que tuve que hacerlo de otra manera, pero entonces no supe cómo. Y estoy pagando las consecuencias de mis excesos en forma de servidumbre. Esa es mi penitencia por tonto-listo: servir a mi señor.
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| La Muntanya de Sorra clama libertad |
Temen por dónde cogerme, y les entiendo porque ni yo mismo sé exactamente hacia dónde voy, como si el movimiento fuera una necesidad a perpetuar, con la inseguridad y precariedad que eso conlleva 〰sobre todo a mi edad, si es que hay edad para dejar de moverse. Tengo responsabilidades, pensamientos y debilidades que transpiran a cuentagotas para no alertar más de lo necesario a la población local.
He sido un gran sedentario estúpido, y todo por pasarme la vida al albur de mis pensamientos, que planean y disfrutan como un ave rapaz en racha de vientos peligrosos para el tupé.
viernes, 8 de abril de 2022
LA CONSPIRACIÓN
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| Pabellón deportivo de Piera (Barcelona) |
Estamos en un mundo en el que conspirar es básico y necesario.
Estamos en un mundo, feo este, en el que los rumores y le petegolezze están tan a la orden del día que si arriesgas tu ética en pos del bien común puedes salir trasquilado.
Porque... ¿quién eres tú para decidir el bien común? ¿Cómo sabes que es lo mejor para la gente? Y lo más intrigante... ¿cómo es posible vivir en semejante contexto?
He intentado no meterme en berenjenales durante algún tiempo, pero debo de ser gilipollas o creerme la rencarnación de algún antiguo paladín de la justicia. No deja de ser tedioso acostumbrarse a los volantazos que da esta nuestra sociedad, porque, y digamos que la tendencia se ha estabilizado, sí, lo que parecía se ha acabado asentando, el desastre que venía anunciándose se ha confirmado al fin: tenemos una sociedad de mierda.
¿Y qué hay en una sociedad de mierda? Ciudadanos de mierda. Gente sin las mínimas ganas de unos mínimos de convivencia. Con la actual crisis de valores y la educación en entredicho y superada por esta inmediatez latente de la que tantas veces hablo (siempre Bauman y su sociedad líquida!), estamos abocados al desastre, y lo que es peor, a convivir con el desastre. Si no formas parte de él estás contra él y, por lo tanto, eres un outsider. Alguien a señalar con el dedo, un marginado (del desastre).
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| Mi almendro llamando a la primavera (primera semana de marzo) |
Las viejas libertades se han quedado tiritando, estremecidas ante la magnitud de esta liberalización*; porque, y por poner un ejemplo que me toca de cerca, tenemos padres jóvenes que no osan levantar la voz (y ya no digo la mano, claro) a sus retoños, unos imbéciles insoportables y consentidos ya que, Dios nos libre, no van a renunciar a su vida por el mero hecho de tenerles y tener que lanzarlos al mundo, no.
*Quindi, entonces, la auténtica conspiración es darnos libertad porque no sabemos qué hacer con ella: pantallas, plataformas de streaming, información y desinformación ilimitada online... medios todos ellos a nuestro alcance para asegurar nuestra absoluta obediencia al sistema. No estamos preparados para razonar, para darle pausa y elegir y decidir con cautela. Y a fe que la actual coyuntura no ayuda: es más, penaliza porque llegas irremediablemente tarde.
La cultura del sacrificio también se ha perdido. ¿Para qué vas a estudiar o trabajar duro si un soplapollas hace unos vídeos de mierda y se convierte en youtuber y cobra un pastizal? Que los niños de hoy en día quieran ser youtubers es inaceptable. Yo sólo quiero cobrar a fin de mes y que no me toquen los cojones, y si puedo trampear, trampeo. Todo lo que puedo. No me vas a venir tú con tu idealismo, tu moral y tu rectitud decimonónica a sermonear... porque te salto a la yugular.
Estamos en ese mundo. Ya estamos en 1984.
Yo me piro al campo con mis jabatillos...
martes, 8 de marzo de 2022
LA AMISTAD
viernes, 28 de enero de 2022
LA JUVENTUD
Hace un par de días tuve que desandar lo andado al primer golpe de aire helado, nada más salir a la calle. Me había dejado mi braga para el cuello en casa.
Cuando eres joven no tienes ni pizca de frío, no piensas en abrigarte ni en llevarte una rebequita por si acaso; tu percepción del frío, tu nula percepción vaya, va ligada a la filosofía del aquí y ahora. Cuando ojeo las fotos de mi viaje a la Toscana en 2007 y hago lo mismo con nuestra reciente escapada, no puedo no ponerme las manos en la cabeza... ¡cuán insensato era! Llevaba una sudadera con capucha y una cazadora negra del H&M de esas de papel de fumar, y tan fresco (nunca mejor dicho). Y, por supuesto, no recuerdo para nada tener el problema que me acosa desde hace algún tiempo: la vasoconstricción (la contracción de los vasos sanguíneos de mis extremidades, o lo que es lo mismo, el frío en dedos de pies y manos), un problema que han liquidado los magos de Oriente con unas botas carísimas de una afamada marca de zapatos australiana. Para que luego digan los fanáticos de los pantalones tobilleros de hoy en día, que son la envidia de mi maltratada vista y el origen de algunas de mis preguntas todavía.
El aquí, el ahora. No hay espacio para nada más, ni para el peligro ni para su lejana e incomprensible percepción. Ni para el futuro, borroso como la neblina que nos impedía encontrar nuestros rostros deformados por el opio a dos metros de distancia. La necesidad de financiar ese estilo de vida joven nunca es apremiante hasta que lo es, hasta que la importancia de tus responsabilidades pasa de un crescendo constante a un ahogo que te hace contar los días del mes. Para entonces ya no eres joven, si no viejo, o viejoven, si te resistes, y sólo te queda mirar atrás para darte cuenta de lo que dejaste y lo mucho que lo disfrutaste y sufriste, pero que ya no está, eppur si muove, se ha esfumado como una mota de polvo en el aire.
Es este un mundo para jóvenes. Incluso los que todavía se sienten jóvenes aunque no lo sean cuentan con su estrecho margen para circunnavegarlo y hacer vida sin resultar ridículos del todo. Y es que nos hacen sentir mal, a los que sufrimos los signos propios de la edad. Es una debilidad, algo malo a señalar con el dedo; arrugas, calvície, carnes colgantes, Frances McDormand. Pero hay un reto, un modo de vida quizás, una capacidad de elección subyacente bajo las capas de la miseria, también en los márgenes de lo socialmente aceptado y alabado en esta época posterior al posmodernismo: vivir sintiéndose joven. Pese a la edad, los contratiempos y las enfermedades. Como manera de ver las cosas pero pasando de largo del New Age y esas filosofías baratas superficiales; huelga decir que no basta con rascar la superficie, no basta con convertirlo por repetición, pero si no te acompañan tus compañeros de viaje tienes un problema muy grande porque resultaría un choque de civilizaciones tan extremo que el ir a contracorriente no solo estaría penado, si no que comportaría la mayor de las cargas: el aíslamiento (el de verdad, no la mierda esta propia del virus este) y la soledad.
Oye, que si eres un estudioso y tal, un lobo solitario, y puedes vivir como un eremita y el dinero y el sexo no es un problema porque has logrado trascender a las mierdas terrenales... pues olé. Pero no creo que haya muchos como tu.
Qué sabrá la juventud de hoy en día. Por qué estamos tan lejos de ellos. Qué les pasa por la cabeza, y por qué no pueden levantarla de las pantallas. Le pregunté ayer a mi primogénito, que hoy cumple nueve años, si se le estaba pasando la vida rápida o lenta. Y me respondió: rapídisima, como si hubiera nacido ayer y hoy ya estuviera aquí.
Carcajadas.
Y luego me explotó la puta cabeza.
martes, 4 de enero de 2022
LA NATURALEZA
APERTURA XVIII
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| Luce (alla fiorentina) |
martes, 28 de diciembre de 2021
TODO SE ACABA...
... como ese instante en el que tumbado en la cama al lado de tu hijo lo acaricias mientras te deleitas observando como lucha por mantenerse despierto, ya sin gritos ni peleas ni persecuciones ni desafíos porque el sueño les está derrotando por fin.
Todo es efímero, como el tacto de su suave melena recién bañada y el olor a babas incrustado en sus mejillas amadas por unos abuelos que luchan por aferrarse a un presente que ellos no saben ni que existe.
Todo pasa, incluso las ganas de aferrarse a algo. Incluso los sueños que no alcanzamos y el deseo de alcanzarlos. Incluso la jornada laboral que se alarga esas frías tardes de invierno en que deberías desconectar el teléfono mientras tratas de solucionar en tu cabeza una incidencia tras otra y te dices "para qué, gilipollas".
Todo pasa, hasta el dolor por los seres queridos, esa punzada ingrata que te sacude el alma cuando menos te lo esperas y te juzga declarándote culpable por dejadez, por todo aquello que no hiciste y sin embargo no quisiste hacer (al menos en tu cabeza).
Todo pasa, como cuando el cuerpo contiene la respiración al vislumbrar suelo sagrado a lo lejos la primera e incluso la segunda vez si tienes suerte; mientras caminas exhaltado, ensimismado, ajeno al mundo y sus penurias, a tus estrecheces, el mismo cuerpo te avisa de que tienes que respirar, de que se ha acabado esa revelación, ese momento epifánico que tanto cuesta lograr.
Porque todo acaba y la vida también, desde luego. Aunque no lo entendamos y tratemos de alargarlo y de no parecer viejos; porque envejecer está mal visto en este mundo de jóvenes y de inmediatez, es como estar enfermo, ser un leproso, no me dejan ser calvo, vivir una vida que no te pertenece, dónde vas en esa foto con esa barriga.
Todo pasa, sobre todo los años (dos desde que escribí aquí por última vez) e incluso el hecho de subir a un avión y lo que eso conlleva, las dos terroríficas posibilidades (tanto tiempo después);
todas las penas, las resacas infernales, los sufrimientos, las alegrías, los desamores, los matrimonios, las vergüenzas, los éxtasis sexuales, las maneras de vernos ante nosotros mismos y el mundo, las modas, la soledad, la amistad, el dolor de espalda, los pódcast, el postureo de las RRSS, la infancia… todo pasa y a nadie le importa una mierda, y lo mejor es que eso está bien, es así como debe ser.
Todo termina, absolutamente todo y puede que hasta la estupidez humana y este virus y su exigencia.
Hasta mi blog, oiga.
sábado, 21 de septiembre de 2019
jueves, 31 de enero de 2019
CRÍTICA DESMESURADA Y VORAZ DE LA VIDA, LA MUERTE Y OTROS ENTREMESES
Varón caucásico, sin antecedentes. Paro cardíaco en el día de su sexagésimo segundo cumpleaños, cuatro días después de jubilarse.
¿Cuántas veces se repite semejante axioma? O semejante putada, más bien.
Mejor llegar a un acuerdo y repartir responsabilidades quince días al mes. Visto así, ¿no os parece hasta lógico que haya separaciones por doquier? ¿Que lo que ayer era imposible hoy sea posible? Yo no estoy aquí para sufrir. Como vivimos en un perpetuo estadio de inmadurez*, donde las decisiones tomadas nunca son irreversibles, tenemos carta blanca para no ser consecuentes y volver a tomar nuevos rumbos que afecten a terceros y a cuartos sin remedio. Y lo mejor es que no pasará nada, porque está bien visto vivir el momento, el carpe diem que comentaba al principio. No tengo peros que manifestar al respecto porque, como humanos que somos, el libre albedrío va ligado a nuestra naturaleza salvaje. Lo que no me gusta, y no quiero ser agorero con esto, es la pérdida del interés en el legado que pretendemos. La clase de persona que queremos ser. Y aquí enlazo con la visión oriental sobre la muerte, ese “desmayo” previo al encuentro con la Gran Luz de la Conciencia. El Renacimiento final va ligado a la propia capacidad para escalar estadios y liberar nuestro ser auténtico. Si has sido un puto cabrón en tu forma de vida terrena lo tendrás mucho más difícil, que es casi lo mismo que decir si no te portas bien irás al infierno. Es en esta mescolanza de tradiciones donde se repiten las mismas ideas una y otra vez, desde el antiguo Egipto hasta la India pasando por nuestro judaísmo, del que somos deudores, cosa que nos lleva a pensar en que hay una raíz sospechosamente plausible y veraz en todo ello.
Ojalá viviéramos en un perpetuo estado de enamoramiento. Quizá es esto lo que buscamos cuando nos separamos o cuando buscamos una aventura. Como dice la publicidad de una conocida agencia de contactos: ponga a una/un amante en su vida, ¡verá como luego en casa está más relajado/a! Todo es tan confuso y relativo que, al final, solo nos queda abalanzarnos sobre la barra libre porque todo tiene cabida en el cajón desastre que somos. Y a tirar p'alante, caiga quien caiga.
Dicho esto, cada uno es libre de hacer lo que quiera, incluso de publicarlo en la red (faltaría más). Pero a mi no me encontraréis ahí, al menos no así (porque meto la cabeza debajo la madriguera y, en caso de hecatombe, no salgo hasta que me sangren los dedos de tanto escribir). No pretendo defender el modelo de familia tradicional porque soy muy consciente de la sociedad líquida en la que vivimos no solo no puede decirte quién eres si no que además no tiene nada que hacer a la hora de crearse cada uno una identidad. Y esto, hoy en día, es un gran avance.
Lo que pasa después de la muerte, nadie lo sabe. Hay indicios, como decía, sospechas según bagajes. Lo que sí sabemos es lo que hay que hacer con la vida, y es intentar dar ejemplo con nuestros actos. Y luego puede que quede algo en el más allá.Quiero que sean felices, libres, y, sobre todo, que no se pongan barreras ni fronteras.
Y quiero querer a mi sobrina.
domingo, 22 de abril de 2018
PASAR INADVERTIDO (Y QUE TODO SIGA GIRANDO)
Todo sigue girando, por lo que también bajé a Barcelona a ver a Isalen. ¡Dos años lleva ya trabajando en la Casa del Libro, dos malditos años! Y haciendo la cuenta no me llegaban los dedos para contar cuánto hacía que no nos veíamos. Creamos un nexo sin fecha de caducidad allá en nuestra isla (de eso no hay duda), y ver cómo se sonreía porque era incapaz de aguantar mi mirada estrábica me dio tranquilidad porque me trasladó a ese lugar en el que no hace falta fingir. Cómo añoro nuestros largos paseos por las callejuelas de la vieja ciudadela marítima... sin ellos mi erasmus no hubiera tenido sentido. Pero yo, que soy estúpido, no hacía más que contemplar con asombro la ciudad y sus influjos, una ciudad que no solo aborrezco sino que además me molesta. Y lo hice como tic nervioso, como para tener algo de que hablar (¡ni que eso fuera necesario para con ella, necio de mi!). Y nos hicimos unas pocas fotos con su móvil chulo y me hizo una en modo retrato con una calidad altísima justo enfrente del Verkerke, la tienda de pósters, y pensé que la colgaría en algún sitio y retomar, y por qué no, mi abandonado blog (prometo tardar en volver a airear mierda política como la que vomité en mi último post).
Y antes de Sant Jordi salía el disco de A Perfect Circle, Eat the Elephant, y ese día miré a todo el mundo extrañado porque nadie corría a la tienda de discos a hacer cola, pero claro, no lo sé, ya no estoy en la ciudad, aquí no hay tiendas de discos; en mi casa nadie me lo recordó, mis amigos iban tarde y los profesores de mis hijos estaban demasiado ocupados como para pensar en tal nimiedad; los padres, que deberían mostrar nervio y ansia, hacían como si nada mientras colgaban las chaquetas de primavera de sus retoños entre bostezos matutinos y una desidia atroz. Nadie hablaba del disco, nadie hacía ningún comentario al respecto; nadie paseaba por la avenida del pueblo con los cascos puestos y, la panadera, por supuesto, no lo escuchaba mientras despachaba a los clientes comentando lo bien que ya se estaba en la calle a las nueve de la mañana...
Entré en un bar del pueblo, en el que por cierto hacen un café buenísimo, a hacer un cortado rápido y el autómata trajeado de la tele sufría ante la impasible audiencia lo absurdo de las noticias, como el profesor que no consigue captar la atención de sus jóvenes alumnos. Seguí mi camino hasta el supermercado, a ver si allí sabían algo del tema, ¡a ver si estaban desesperados por oír al nuevo Maynard!, pero nada: las abuelas no recibían llamadas de sus nietos ("¿Maina? ¿Y ese quién es?"), los empleados no se escaqueaban al office a escuchar el disco y los repartidores sí que iban y venían a toda hostia, pero no por conseguir el cedé, no, sino más bien por alargar la hora del bocata y el descanso...Ni siquiera me comentan lo roído de las zapatillas de mi hijo, así que qué coño importa. Le hemos comprado otras Diadora para que las destroce pero hasta que no se le salga el puto dedo y salude no le pienso cambiar las viejas. Y Albert viviendo en Salt Lake City, tiene guasa.
domingo, 25 de marzo de 2018
DE MAL EN PEOR (HARTAZGO TOTAL)
(Creo que la masificación de la utilización de las RRSS, internet y otros medios como los tradicionales hacen que la información no se corrobore y sea más fácil manipular a la gente ya que se puede escribir y decir lo que a cada uno le salga buenamente de los güevos y claro, si no tienes un poquito de cabecita te conviertes en un blanco fácil, alguien susceptible de ser engañado y dirigido hacia... hacia donde le convenga al grupo de poder de turno, por supuesto. Estoy harto del 'todo vale', qué asco joder...)
Dejemos lo del Gürtel y la corrupción para otro día, que me da un síncope. Tratado con la mismita rapidez y diligencia que los dos casos que comento en estas líneas, desde luego.
martes, 30 de enero de 2018
RESQUICIOS (DE LA NUEVA ERA)
¿Cuándo cojones piensas irte? Porque yo no quiero que te vayas.
Yo no soy el culpable. No es mi jodida culpa, pero sé a quién acudir. Le haré una visita de esas TRASCENDENTE. Una que no olvidará. Como en El Padrino. (Nadie se va a ir de rositas aquí).
Nos vamos de viaje. Ella vendrá con nosotros. Lo hacemos por ella. Y surgirá una nueva edad, a falta de un par de sobrinos para completar el círculo. Mis hijos crecen y, con ellos, nuestra esperanza.
Yo solo quería que me diera la mano y me mirara una última vez, ya que, cuando llegue el circo, a mi no me encontrarán. De la hipocresía como estilo de vida, decían. Todos saben que soy un puto rencoroso y que es mejor darme de comer aparte.
Vuelve pronto, oh, mi musa querida. Me insuflaste la vida y yo, con mi camisa hecha jirones, jamás te rendí pleitesía, no vaig gosar. Hasta ahora.
Tu solo dame la mano, que yo me encargo del resto. Este es nuestro turno. Entramos en una Nueva Era.
jueves, 7 de diciembre de 2017
LA QUÍMICA
Solo cuando escuchas algo así, cuando te dejas envolver en ese sonido que estimula el nervio vago, es cuando te das cuenta de que has estado viviendo entre tinieblas demasiado tiempo.
💥AMÍGDALA ACTIVADA💀
Es algo químico y elemental que ya echaba de menos.
¡Malditos condenados!
jueves, 23 de noviembre de 2017
RECETAS DE LA YAYA LUMI: POTAJE DE MONCHETAS Y ARROZ (II)
300 gr de panceta seca
4 dientes de ajo
1 hoja de laurel
3 tomates
1 cebolleta pequeña
1 pimiento verde
1 cartelilla de azafrán en rama
5 tacitas de arroz normal
5 patatas
150 gr de monchetas blancas
Servir a discreción.
sábado, 4 de noviembre de 2017
EL TIBURÓN ROBOT MORDEDOR*
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano nunca se había subido a un barco, por lo que paseaba feliz y curioso por la cubierta, preguntando a los marineros esto y aquello y sonriendo por todo. Al llegar a la popa, la parte de atrás del barco, Stefano se detuvo curioso a observar una cosa que sobresalía del mar. Estaba a unos doscientos metros y siempre llevaba el mismo rumbo, como siguiendo la estela del barco. Stefano se preguntaba qué sería aquello, una especie de animal marino que no podía dejar de mirar. Su padre, que era el capitán, le preguntó:
-Stefano, ¿qué haces ahí plantado?
-Ven a ver, papá, allí, una cosa oscura que de tanto en cuanto saca la cabeza -dijo señalando al mar.
Su padre no veía nada, por lo que fue a por un catalejo. Al mirar a través de él, se puso pálido de golpe.
-¿Qué es? ¿Papá, por qué pones esa cara?
-Ojalá no me hubieras dicho nada, hijo mío. Eso que ves allí no es una cosa, es un Tiburón Robot Mordedor, el pez que los marineros temen más que a nada. Es un tiburón terrible, y no se sabe por qué, pero elige a sus víctimas y las persigue durante años, toda la vida, hasta que consigue comérselas. Y lo más curioso es que nadie más puede verlo, solo la víctima elegida y las personas de su misma sangre.
-¿Y no es una leyenda?
-Desgraciadamente, no, hijo. Yo nunca lo había visto pero lo he oído describir tantas veces, que al verlo ahora no hay duda: ese hocico oscuro, esa boca gigante que se abre y cierra sin parar, esos dientes metálicos espantosos... Stefano, no hay duda, es el Tiburón Robot Mordedor.
Escucha, esto es lo que haremos: ahora mismo desembarcaremos en tierra y nunca más volverás a subirte a un barco. El mar no es para ti, hijo mío.
Dicho esto, el barco volvió a puerto dejando a Stefano en tierra. Luego volvió a partir. El chico se quedó en la orilla mirando hasta que desapareció de su vista, aunque a lo lejos, revoloteando de aquí para allá, se podía distinguir un punto negro que aparecía sobre las aguas: era "su" Tiburón Robot Mordedor, empeñado en esperarlo.
*****
Desde entonces, se hizo todo lo posible para alejar a Stefano del mar. Su padre lo mandó cientos de kilómetros a una ciudad del interior a estudiar y el chico se olvidó del monstruo durante una temporada. Sin embargo, durante las vacaciones de verano, lo primero que hizo al regresar a casa fue ir al muelle a hacer una comprobación -aunque en el fondo pensase que era una tontería: seguro que el monstruo marino había desaparecido después de tanto tiempo, y ya no pensaría en comerse a Stefano.
Pero Stefano se quedó allí de pie, petrificado, puesto que a unos doscientos metros del muelle, el oscuro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de vez en cuando el hocico del agua, como diciéndole "eh, aquí estoy".
De esta manera, la idea de que aquella criatura enemiga lo esperaba día y noche se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. De noche, en la lejana ciudad, se despertaba preso de una inquietud que lo atormentaba, sabiendo que semejante tiburón lo esperaba. Stefano, con el paso de los años, se hizo un hombre. Su padre había muerto y él hizo fortuna trabajando lejos del mar, hasta que un día regresó a su casa y le dijo a su madre que tenía intención de seguir los pasos de su padre: quería ser capitán de barco. Su madre le apoyó aunque también se preocupó.
Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aun mayor es la atracción del abismo. **
El pensamiento del Tiburón Robot Mordedor lo perseguía y, con el paso de los días, parecía hacerse más insistente. Y Stefano se hizo marinero experto, navegando entre tormentas y días soleados, y con él, su tiburón, que no le dejaba ni a sol ni a sombra. Y en el barco nadie más lo veía:
-¿Han visto aquello? -preguntaba a sus compañeros de barco.
-No, no vemos nada, ¿por qué? ¿No habrás visto un Tiburón Robot Mordedor, verdad? -se reían y burlaban al tiempo que tocaban madera (símbolo de la buena suerte).
La amenaza constante del monstruo hizo que el mar le gustase aun más y fuera mucho más valiente en momentos de peligro y cansancio. Y se hizo millonario, ganó mucho dinero y consiguió comprar un barco nuevo en el que sería el capitán, como su padre. Stefano solo quería navegar y navegar. A la que llegaban a puerto y tocaba tierra, solo quería volver a embarcarse preso de una impaciencia casi febril. Tenía la necesidad de ir de un océano a otro sin descanso.
*****
Hasta que de pronto un día Stefano se dio cuenta de que se había hecho viejo, y nadie entendía por qué no dejaba la vida en el mar, siendo tan rico como era. Viejo y amargamente infeliz, porque se había pasado toda la vida en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo.
Y una tarde, mientras su barco se hallaba en el puerto de su ciudad, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a un marinero de su confianza y le explicó la historia del Tiburón Robot Mordedor, el monstruo que durante cincuenta años lo había perseguido sin cesar.
-Me ha seguido por todo el mundo -le dijo-, y ahora él también estará terriblemente viejo y cansado como yo.
Dicho esto, cogió un bote y un arpón y se despidió.
-Ahora voy a encontrarme con él. Lucharé con las pocas fuerzas que me queden.
Remó con dificultad hasta el horizonte. En el cielo, como el anzuelo de Maui, brillaba la luna. De repente, el horrible animal salió a la superficie justo al lado de su barca:
-Aquí me tienes -dijo por fin Stefano-, ahora estamos solos tú y yo. Y con sus últimas fuerzas levantó el brazo para tirarle el arpón.
-Ah -se quejó el tiburón-, ¡qué largo camino hasta encontrarte! Yo también estoy cansado y viejo. Me has hecho nadar mucho, pero tú solo huías y huías. Y nunca has comprendido nada.
-¿Por qué dices eso? -dijo Stefano sorprendido.
-Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú creías. El único encargo que me dio el Dios de los mares, Poseidón, era entregarte esto:
El tiburón se sacó de la lengua una bola brillante. Stefano la cogió. Era una preciosa y valiosa perla; era la mítica Perla del Mar, que otorga fortuna, poder, amor y paz de espíritu a quien la posee. Pero ahora ya era demasiado tarde.
-Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza el viejo capitán-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia, y he arruinado la tuya.
-Adiós, hombre infeliz -respondió el Tiburón Robot Mordedor. Y se sumergió en las oscuras aguas para siempre.
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** No es una frase para niños, evidentemente, pero me dolía eliminar semejante mantra del texto. A ver cómo se la explicamos a nuestros peques...
P. S. : La idea de "adaptar" este precioso cuento de Dino Buzzati surge del afán de encontrar nuevas historias que contarles a mis hijos, que empiezan a demandar -sobre todo el mayor- algo más que lo que ofrece lo estrictamente tradicional y adecuado...
La foto es de un tramonto en la costa de Croacia (2009).







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