martes, 15 de marzo de 2011

EDAD PARA EMBAUCAR


Cuando uno llega a ciertas edades, es lícito empezar a pensar en ganarse el pan embaucando a pequeños y a mayores.
Mientras oigo la lluvia caer un día más, me acuerdo de todos aquellos que viven bajo unas condiciones difíciles de entender -por los que las propugnan con un Armagedón en ciernes- y de aquello de 'no ho vaig sapiguer fer millor'. 
Sentados detrás de todos, en un bar de siempre, me olvido del partido y me las ingenio para atribuir extraños dones a los presentes. Por una vez y sin que sirva de precedente, nosotros somos los más jóvenes del lugar, pero no me atrevo a pedirle la mostaza al anciano del sombrero. Hace mala cara, puede que por la prohibición de fumar. Seguro que mataría por encenderse un purito.
El deporte como ente integrador social, el fútbol como droga del pueblo, pero ellos ni siquiera se miran. Sólo están pendientes de las nuevas gracias del filósofo, como lo bautizó Zlatan, y de las genialidades de Lio. Son plenamente conscientes de que el juego de toque puede llegar a ser de lo más desesperante (sobre todo si no se chuta desde fuera del área), pero ya están más que acostumbrados.
Esta jodida lluvia exaspera por igual, escribo desde mi refugio. Me espera otro día aquí sentado, con la manta de lino blanco por encima, fumando un cigarrillo tras otro. Ajeno a las prohibiciones del mundo exterior; Japón, pero, no ha dejado impasible a nadie. Con tanta agua es imposible no pensar en ello: las imágenes de la Gran Ola, en este mundo global del siglo XXI, son de lo más aterrador que he contemplado en vida. Justo vimos 2012 en plan divertimento esta semana pasada, y la de Clint la anterior: no lo podía creer.
Oía frases en el trabajo, frases como 'Dios, mira qué fuerza que arrastra, se lo lleva todo por delante', o 'cuánta mierda que lleva, ¿no?', mientras repasaba los mismos efectos devastadores del desastre de 2004. Es el primer vídeo que te sale si pones 'tsunami' en el buscador de YouTube, puede que haya bajado unos puestos en relevancia. Junto con otro posible Chernóbil y la suma de varias catástrofes vividas, dan ganas de pensar en una especie de motín por parte de la madre Gaia. Íker y colaboradores simplificaban así, para los más pequeños, el mundo actual {que las redes sociales se encargarán de ir contando}.
Pero los niños pequeños y los nonatos no saben nada de sueños con agua y sensación de ahogo de por medio. Ni de mi especial relación con Hokusai, tan cultivada en los últimos años. Al menos no conscientemente. Lo sufría yo al despertarme hoy Laura, al llegar del trabajo, pero todavía no sé qué diablos hacía en San Francisco.
Nosotros, benditos chiquillos inocentes, no esperamos alcanzar la mayoría de edad hasta que dejen de confundir nuestros miedos más íntimos. No queremos asumir la responsabilidad de tener que dar la cara por el resto de traidores que nos acechan, cual artistas de relumbrón,  hermanos y padres de la gran tragedia que es poder llegar a entender las condiciones que, en realidad y lejos de los focos, nos proponen {los muy cabrones}.


P. S. : No sé si habría sitio para los 10,000 en mi arca, pero gracias por haberos subido al barco en algún momento de estos tres últimos años.

miércoles, 2 de marzo de 2011

IR Y HABER VUELTO

Son muchas las ocasiones en las que acabo regresando a casa, puesto que no hace tanto sufría el desvarío de andar siempre esperando a que sucediese algo que me hiciera volver a ponerme en marcha y, volver, lo que significa volver en sí, es lo único que realmente valía la pena. O mantener esa esperanza intacta al menos.
En una extraña dicotomía, sentía que debía seguir moviéndome, sobre todo para luego menospreciar la vida que había llevado hasta ese punto {sin tener en cuenta todos los momentos que pasaría en soledad}, incluyendo la vida de los otros (mis otros más cercanos).
Irse... ¿para qué? ¿Para aprender un idioma nuevo? ¿Para relacionarte con gente de otros países? Para estar lejos de todo rincón conocido y estar constantemente en guardia.
La verdad es que lo pasé muy mal durante la beca. No conectaba con nadie y vivía coaccionado por la estrechez de miras y una falta de escrúpulos que sonrojaba. Es de justicia reconocer que mi mayor crisis de angustia la pasé en esa época, en mi habitación de la Via Logudoro número ocho. Tuve que hacer llamar a mi amigo Arthur para que me llevara al médico, ya que me estaba muriendo. En perspectiva, tiene gracia que me acompañara precisamente Arthur, estudiante de Medicina; la cuestión, pero, es que no tenía ni la más remota idea del desamparo que padecía hasta ese momento. Lo curioso del tema es que no puedo recordar con exactitud la fecha, me cuesta situarlo en el tiempo. Con certeza, toda esa mierda me la comí antes de Navidades, antes de regresar a casa por Fiestas. Fue un invierno muy suave aquel de 2006.
Lei ha paura di morire? A lo que yo respondí con inusitada ingenuidad: Solamente quando vado a letto. Era una verdad como un templo: me ahogaba hasta sentir los pulmones aplastados. Me daba un miedo terrible acostarme por la noche y no poder escapar a la pesadilla de quedarme sin aire que me mantenía en velo. Era como en las películas de Fred Krueger, en las que si te duermes o pegas una simple cabezadita... patata. Estás listo. Fue el año que dejé de consumir sustancias psicoactivas. De forma continuada, quiero decir.
Con esto no desenmascaro ningún antiguo refugio u otros anhelos de vida. Tampoco pretendo vivir dando vueltas a esta puta habitación, desde luego. Sólo digo que desear una vida desconocida es para los poetas, puesto que vivirla puede ser un auténtico infierno. ¿Qué coño hacía yo pensando en coger mis bártulos para largarme? ¿Hacia dónde? ¿Con qué dinero? Hay que mirar con perspectiva, ya sea hacia atrás como hacia delante. Hoy en día, es ese deseo un acto meramente simbólico que desempolvaré cada cierto tiempo, no pienso negarlo. Sé que es patético tener saudade, en realidad, sólo de mi mismo. Justo cuando me liberé de mi mierda hallé el hogar en el lugar donde se encontraba Laura, lejos de la literatura tradicional.
Era una cuestión de compañía, propiamente; tengo amigos, he hecho amigos, pero nunca he dejado de sentirme solo. Como un incomprendido aderezado con ciertos actos de locura transitoria. La soledad, individuo ampliamente tratado en este blog, es un elemento en constante mutación. Hasta que no encuentras a la persona que va a combatir esa mierda, a tu lado, no te das cuenta de lo que es en realidad. De lo jodida que puede llegar a ser. También es algo cultural, espiritual. Nace del fuego interior y se proyecta hacia el infinito.
Me sentaba hoy, a mediodía y con un sol que huele a primavera, en mi coche nuevo de segunda mano. Con el motor encendido y un extraño nervio que me impulsaba a poner la marcha atrás y a emprender camino hacia los pueblos de alrededor. Pensaba en comprar el pan en Puig-Reig, vino en Artés y mierdas por el estilo. Al final he apagado el motor y me he ido a correr por la campiña, entre las vacas y los primeros insectos de temporada. Así llegaba al pasado, fueron buenos tiempos, para qué dudarlo. Aprendí mucho, me di unos cabezazos de la hostia y hasta llegué a conocer un nuevo idioma desde que salí a los veintitrés. Mallorca, Barcelona, Cagliari y sus respectivos y amplios corredores, pero eso se acabó. Yo ya no me voy a largar a ningún otro puto sitio y estoy contento de regresar a mi pasado siempre con una sonrisa, extrayendo lo positivo y anecdotizando lo negativo.
Aplacar y saber orientar ese fuego, ora calmo, es mi principal tarea (y dar con la tecla y dejar de repetirme hasta saciar). Volver, sí. Pero volver hacia los momentos en los que me ardía aquella necesidad imperante de saber y de querer estar un paso por delante para sacarle provecho desde aquí, desde este palomar. Porque éste es punto de partida (para dos) y casillero final, lugar al que volver y no querer partir solo. Si es que alguna vez fue verdad que anduve fuera, habré vivido lo suficiente para poder celebrar esta {no por fragmentada menos ansiada} paz de espíritu, esta extraña dicotomía que desemboca en el volver y en el deseo controladamente satisfecho, mi verdadero hogar junto a mi amada.

viernes, 18 de febrero de 2011

LAS VECES

Yo cuando me meto en la cama pienso: un día más, un día menos. Bueno, ya me entiendes, oigo que grazna, aunque haciéndolo, puede que inconscientemente, capture de lleno gran parte de la esencia de esta inexplicable existencia.

A veces me enfado por cosas estúpidas que luego hacen que me avergüence de mi mismo, no puedo evitarlo.
Otras veces pienso que pierdo el tiempo demasiado fácilmente, y lo pienso sobre todo a posteriori; para no torturarme, acabo decidiendo que ese tiempo es una victoria para el descanso, la cabeza o algún que otro autoengaño. Para cuando no sea así, en estas noches de hastío y aceleración de procesos irrevocables, el astronauta recurrente se encargará de regresar a la Luna bandera en mano.
El pensamiento hace las veces de ángel exterminador y el sueño no amortigua la caída; ayer soñaba con ser el único superviviente de un accidente aéreo, y hoy me he despertado con una noticia descorazonadora: otro conocido caído en desgracia, otra vida sesgada por el infortunio. Incluso he estado a punto de llamar a un antiguo compañero de clase para cerciorarme.
Cada noche tengo que levantarme al menos una vez para orinar, por lo que la ensoñación paladinesca varía más que mi humor diario, pero menos que mi filiación futbolística. Sobre mi vida en pareja, pero, sólo puedo decir cosas buenas, nada que me haga pensar en querer volarme la tapa de los sesos mañana antes de ir a jugar a tenis.
A veces fantaseo con irme. Me digo que estoy fingiendo y me conmino a dejar de hacerlo antes de que alguien salga malparado. Reviso las fotos y mi última aportación a esta bitácora, que data del 27 de enero, pero en realidad no hace ninguna puta falta: una noche de insomnio más leyendo a Vila - Matas y tendré que acabar enfrentándome a esta nostalgia inventada.
He deseado muchas veces que Rubicon no se acabara nunca, descifrar la férrea disciplina de mi amada, mantenerme para siempre en esta nube. Y forzar la resistencia de mi Opel Corsa rojo, renunciar a vivir eternamente concentrado, dejar de jugar a ser normal.

Yo, la mayoría de las veces, cuando me meto en la cama pienso: no le des más vueltas, trata de dormirte.
Bueno, ya me entiendes…

jueves, 27 de enero de 2011

CORONA AVIZOR

A cuatro días de cumplir 31 años y tras cortarme el pelo la semana pasada, ha empezado a asomar por mi desamparada cocorota la coronilla de Zizou.
Recuerdo haber tenido las mismas entradas casi desde que pasé a la edad adulta, pero esta situación, tan definida como repelente, le supera de cuajo.
Lo curioso del tema es que nunca me había parado a pensar en estas cosas. No es que no fuera presumido ni cuidara mi aspecto, no. Es que, con el tipo de pelo que tengo, jamás le di importancia a nada en concreto porque tarde o temprano sabía que tendría que aflorar cierta calvicie.
En estos días de frío intenso y posibles alertas por nieve, dos personas diferentes del trabajo han sacado el tema a colación. Hablaban de eso, delante mía, respecto a mi. Meses antes, uno de los míos se alarmó de repente y delante de todos casi del mismo modo (al estilo Nelson de los Simpson).
Al principio te puedes ruborizar, pero hasta cierto punto: lo único que hay que tratar de asumir es algo que tú ya sabes. Sólo te lo recuerdan, lo confirman. De alguna manera, se hace público. Lo hacen público.
Esa sensación no debería ser tan tremenda como para hacerte sentir mal. A mi no me sienta mal, pero reconozco que, por mucho que moje el agua, no deja de sorprenderme el hecho de que moje en sí. Quiero decir que siempre jode que la gente saque a relucir tus vergüenzas, tus cosas internas, tu autoestima. Y no es que yo la tenga baja, no. Puedo escribir sin tembleque alguno que me encuentro en el mejor momento de mi vida y seguir hablando de esta mierda sin ningún pudor.
Lo que me revienta, digo, es que la gente interprete algunos procesos vitales como señales de una decadencia que todavía está por llegar (o por demostrar). O como algo horrible; como si hubiese dejado a mi pobre perro cojo encadenado y a merced de los elementos y no le diera de comer durante varios días o semanas incluso.
Oirías un ya te vale. Como si descubrieran algo tuyo muy profundo. Y tú pensarías: ¿acaso soy menos hombre? ¿Qué diablos significa ser hombre? ¿Cuáles son los valores por los que me rijo? Y volvería a enviar a todos y cada uno de ellos a tomar por el culo, aunque reconozco que me dolería. Sobre todo respecto a mi entorno, respecto a la gente a la que me he equiparado siempre.
Estos días pensaba en eso, puede que demasiado. Y hoy tenía ganas de pasearme por la ciudad, parando a todo ser conocido para explicarle la buena nueva, quitándome así esta desagradable desazón más ajena que propia.
En cuatro días cumplo 31 años. Nunca fui ni muy sociable ni demasiado fan de Zizou, pero éste al menos llevaba el 10 y nunca tuvo mucho problema al respecto.