miércoles, 11 de abril de 2007

EL CARRIL COBARDE

PARA CUANDO NO TIENES SALIDAS Y UNA O DOS FOTOS PUEDEN Y MERECEN HABLAR ANTES Y MEJOR QUE LA MISERIA CRUEL QUE PUEDO OFRECER EN ESTOS MOMENTOS. SON DOS POSIBILIDADES. CUAL ELIGES?
ES COMO... QUé PREOCUPACIONES TIENE ESTA GENTE? HA DIVENTATO PAZZA LA VECCHIA? E SI E' COSì, CHE COSA LE HA SUCCESO? A DONDE MIRA EL MISMISIMO HOMBRE TRANQUILLO? SU CARA DENOTA DIFICULTAD AL RESPIRAR.
UN REFLEJO, MIL PREGUNTAS, UN ESPEJO PARA EL FUTURO, POR FAVOR... PORQUE NO ME VEO VIVO NI QUERIENDO, NO MIENTRAS SIGA HABIENDO MUJERES Y CEREBROS ANSIOSOS EN EL MUNDO...

miércoles, 28 de marzo de 2007

SOLITUDINE E SOCIEVOLEZZA


Todo me afecta.
No hay manera, no encuentro el camino. Hago cosas cuando no debo, digo cosas cuando no debo. Quisiera que todo aquél que se haya sentido agraviado por mi mala sangre me dejara en paz, porque no puedo hacerlo mejor y tampoco sé despedirme. Largaos ya, que no puedo più. Necesito estar tranquilo, que vuelve todo y ya he tenido mi primera noche de ansiedad latente. Pulmones apretujados, sin aire, casi me muero, cabrones, y no me pasa nada...
Estoy fatal y enfermo.
Iros todos al carajo.

miércoles, 21 de marzo de 2007

IL CIELO SOPRA CAGLIARI

Se resiste el sol. He estado algo liado. Solitudine significa “finalmente sono tutto”.
O puede que no signifique nada, pero cada vez que la veo es como si yo fuera otra persona, una persona nueva, mientras que ella sigue igual. Con la misma ropa, impertérrita a los devenires del tiempo y a mis pensamientos, con el antídoto en mano el hechizo no surge ningún efecto, totalmente desalentador. Qué sensación tan extraña… si por mi fuera, no haría nada más ya por ella, no tengo ganas de nada. Como si buscase llamar su atención, cambiante según las lunas, le diría que soy único y “hola qué tal, cuanto tiempo”, sin parecer forzado. Renovarme cada vez para no cansarla, hasta que sea definitivo, coge mis llaves y haz lo que quieras, cualquier cosa, que sé yo…
Il cielo sopra Berlino. Bruno Ganz. Nacido en el 41 en Suiza, con 45 o 46 años (según el mes) en el momento del estreno del film. Allá por mis 7. Tardé una media hora en desembarazarme de su Hitler de El Hundimiento, no podía dejar de ver sus duras facciones de cabrón despotricante en el búnker. Cuando lo conseguí y en la escena del circo, por ejemplo, no podía dejar de emocionarme. El rubio me recordó a algún bailarín ruso de los que hablaba Angie, tan cercano y perecedero de un abrazo como pocos. El blanco y negro, el color después de ángel, una imagen abierta y soñada de la Berlín castigada por la guerra y el jodido muro… y un alegato humano de esos que dejan la piel de gallina, que es donde siempre voy yo. Pensé rápidamente en verla en castellano para quedarme bien con todo, que hay mucho. Señor Wenders, ¿dónde estuvo? Veo… veo… planos secuencia por doquier, City of Angels… maldigo la cultura pop-televisiva o lo que sea que te hace tener una idea preconcebida antes de gozar del original y auténticamente bello, cazzo. Colombo convertido, cine moderno en los confines de los 80, años harto vilipendiados, ¿debo revisar ya acuradamente ese decenio?
El amor. Qué no he pensado ya sobre “eso”… A las chicas: que hay un ángel para todas y cada una de ellas. A los chicos: que somos nosotros y que queremos ser nosotros. A la humanidad: que hay esperanza, que en cada esquina aflora esa dulce melodía que ahoga nuestras voces y nos hace suspirar, perder el aliento. Y que hay que amar, que se puede. Haz lo que digo y no lo que hago.
Voy a salir a la calle a ponerle la mano encima a todos los hombros que me encuentre…

LA ALFOMBRA ULTRAJADA


HERENCIAS, MANÍAS, MOCOS Y OTRAS DEIDADES MENORES
Hay pocas cosas tan grandes y poco reconocidas como las madres, pero ahora sólo quiero rememorar “cosas” (por seguir vagueando) que nunca me permitió; pequeños dogmas que, sin llegar a los extremos de dejadez paterna, sí que marcaron e influenciaron una conciencia en crecimiento, la mía.
Cosas que empecé a cambiar cuando me largué de casa, porque eran tan obvias que a ojos de los otros resultaban casi ridículas. Gracias a vuestras reacciones he aprendido mucho, aunque la suma de ambos mundos me convirtió en un maniático de la hostia, a algunos hechos y a uno en concreto os remito, si queréis continuar leyendo.
Recuerdo un día (en época de instituto) que vino Ace a casa y dejó la cartera del cole encima de mi cama. Ante mi negativa, su cara grabada en mi memoria y el principio del cambio: Angie lo desaprobaba porque decía que traían (las carteras) mierda de la calle, que si quería dormir con semejante bagaje y soñar en reinos polvorientos de pulgas y princesas ataviadas con excrementos y otras bondades, que si me parecía normal. Teniendo en cuenta mi herencia familiar sentimental disfuncional –es decir, una madre haciendo de padre y madre y un padre haciendo de… de… lo olvidé-, y siguiendo con la mierda, me viene a la mente el término “zapatillas de estar por casa”, ya de por sí cutre a más no poder. Y las bambas. Jamás entrar en casa con ellas, calzarse las anteriores nada más llegar y no andes ni un paso más, forastero. Es aplicable el mismo patrón. Recuerdo… recuerdo… sí. Tenía unas Nike blancas de esas bajas (como las que redifusionan ahora, sin pasar por la exageración del Belpaese, claro está) con el símbolo en azul. A la mínima que se ensuciaban eran carne del betún. Teníamos una estantería entera dedicada al mundo del betún -quizá fuera una moda-, joder, que las bambas quedaban horribles, con el símbolo manchado mil veces -era imposible no tocarlo, ¡quería engañarme!- como una fulana colocada maquillada. Fue imposible advertirles, de hecho, lo primero que hizo Angie cuando nos cambiamos de piso fue comprarse un presidente del gobierno para el recibidor…
Alfombras. Esta es buena. De nuevo mismo patrón pero añadidle bacterias. Y no es que quisiera soñar con un harén tapizado, Alí Baba y su puta madre, pero en verdad sí que no me costaba mucho verme rodeado en mi cama por una. En el primer piso alaceno aún no me venía, pero en el segundo, ya con mi palacete en ciernes, se convirtió en algo palpable, y ya que Angie nunca estuvo por la labor (según su doctrina), denostando uno de los valores que no inculcó con suficiente brío para que permaneciera en mi interior hasta el final de mis días. Fue en Ikea -dónde comprendí lo que significa ser joven según los cánones actuales- el lugar del cual partió mi primer ejemplar de alfombrilla, verde y con hilillos a los lados, por unos 10 euros si no recuerdo mal, tampoco hace tanto. A los pies de mi cama, para no despertarme y pisar en frío o dando tumbos buscando mis zapatillas de esparto (después de todo, las que prefiero para estar por casa, aunque nunca encuentro blancas o rojas de mi número), para no tener la primera bronca de la mañana (más bien mediodía tirando a la hora de comer) conmigo mismo y acentuar esa cara de perro que nadie comprende.
Cagliari. Quise “olvidarme” de traérmela (hay un límite de peso y volumen que puedo soportar en mis maletas), hasta que me topé con un tenderete en el Mercatino de la Piazza Carmine, un domingo cualquiera. Eran más bien sobrias, nada de colores chillones, elegí una azul. Pensé que con mis sábanas rojas se complementaría bien, y veía un poco el mar en ella. Pero siguiendo un acto inconsciente como un psycho-killer sonámbulo apuntito de caramelo, me disfracé de Angie y la metí en agua. No sea que bese mis pies cada día sin haberla lavado antes, a saber la de vueltas que habrá dado antes de acabar aquí… En esas que el dichoso trozo de tela o sucedáneo empezó a perder color, chorreaba tinte azul como si algún cabrón apretara con todas sus fuerzas miles de bolígrafos blu en su mano, bocabajo, o como cuando de niño imaginé que debiera ser el período femenino pero en rojo. Encogida y extraña, al secarse parecía otra, y cada vez que me dispongo a lavarla (no muchas dado el vía crucis) me pregunto que nueva forma adoptará, en la ironía de la vida cuando veo las transformaciones de Célula ogni giorno en la TV italiana mientras como…
Por cierto, ahora estará ahí fuera mojándose, ¿por qué pienso en los gremlins de los cojones? Creo que toda esta paranoia se traslada a la gente. ¿Sabéis? Todo el mundo que ha entrado en mi palacete la ha pisado. Repito. Todo el mundo. No se salva ni el gato.
Seguramente pensarán: “este pezzo di merda debe estar aquí por error, se podrá pisar seguro y no pasará nada”. O directamente ni la ven. Para mí se ha convertido en un puto misterio, ya que suelo recibir visitas a menudo, me enclaustre o no. La más habitual fue advertida hace poco, para al día siguiente haberlo olvidado por completo ante mi asombro inicial y principio de molestia (vena frente hinchada, guadaña armada y peligrosa) posterior, cuando oteé sus dos pies de lleno en mi puta alfombra. Incluso para Amélie no tiene gran valor, ya que no le importa demasiado someterla a la dictadura de sus roídas all stars (si fueran sus Asics nuevas probablemente me importaría menos).
Tengo el palacete en perfecta armonía con mi feng-shui particular (muebles escasos pero bien arrinconados, calzado en línea y del resto nada al azar), y en ese estadio la jodida alfombra azul le da ambiente a la habitación. Desde aquí aprovecho para pedir algo de rispetto hacia ella, de hecho aprovecho para clamar al cielo, en este día lluvioso-viento-frío del diablo, que debió percatarse estos días del lugar donde perdió su silla y ha desatado toda su furia e ira sin importarle demasiado la suerte que pueda correr mi alfombra, totalmente a merced de los elementos y esperando un nuevo diseño. Tranquila cara, que te recojo en breve…