lunes, 24 de septiembre de 2012

TIROS DE PORCELANA



Los recién nacidos son tan frágiles como la porcelana china, parece que estén hechos para caerse al suelo y romperse en mil pedazos.
Los niños. Esos estrafalarios mutantes.
A medida que uno va adquiriendo peso y responsabilidades, las ganas de tirarlo todo por la borda aumentan exponencialmente. Es un hecho inevitable, como dos fuerzas que se atraen por su poder intrínseco. La ciencia tiene que decir mucho al respecto, si bien acaba contrayéndose al tratar de explicar su naturaleza en sí misma (de tales hechos, se entiende).
Sea como fuere, entro por derecho propio en el club de los que se preguntan qué esperar cuando se está macerando; chicos, parados, hombres algunos, especimenes todos ellos con una misión concreta, grabada a fuego en sus cabezas: intentar ser útiles. Mi caso, sin ser excepcionalmente anormal, adquiere tintes épicos al tratarse concretamente de mi mismo. ¿Cómo puedo ser útil siendo tan inútil?
Entiéndase la inutilidad como un proceso largo y pesadamente inacabado. En otras palabras, madurar. Como la fruta de temporada y el vino agrio o el sol del tramonto (ocaso), que corre presto a esconderse cada día sin remedio; tras descubrir que con los años nunca llegaré a ser como el padre todo terreno de antaño, me digo a mi mismo que elijo la opción contemporánea de la 'modernidad'.
Ser un padre moderno tendrá sus inconvenientes, por no hablar de la opinión maternal, pero ahora mismo resulta el único camino viable si no quiero acabar arrojando por la borda al pequeño cabroncete a las primeras de cambio. Cuando veo a mi amigo Tognâo con su Junior (2 meses) se me cae la puta baba y me hace ansiar el momento más esperado de la vida mortal: el puto parto.
Me resulta gracioso cuando se me acerca alguien con ganas de aconsejar en estos asuntos. Yo escucho, o hago ver que escucho, para acabar pensando 'eso no me tiene porque pasar a mi'. No lo puedes decir abiertamente porque, para ellos, se trata de verdades universales, ¡o qué me he creído yo!
Es sorprendente que casi nunca se refieran a cosas buenas o agradables, todo es un jodido infierno cuando se trata de recién nacidos y vasijas de porcelana china valiosísimas. Después de clamar al cielo y mentar a la madre del cordero, se oye un 'pero vale la pena, ¿eh? Es lo más grande del mundo'. Sus dudas intentan ser transferidas con la misma velocidad con la que pretenden olvidarse: sabido por todos es que el sufrimiento ajeno ayuda a paliar el propio sobre manera. El dolor del prójimo nunca es suficiente para pensar en las horas de sueño que voy a perder en tanto me pego un par de tiros, según me cuentan, así que a parte de la obviedad de ver crecer a algo 'tuyo-propio', pocas satisfacciones me quedan. Por no recurrir al paso de los años, a las futuras compañías y a la adolescencia y las frustraciones paternas abocadas en un salto al vacío mortal de necesidad. Todo muy simple, todo en un mísero tarro. No esperarás que investigue sobre cualquier otro tema, ¿no?
Visualizar el futuro quisiera. O no lo quisiera, pero es tan inevitable como el hastío de la mañana. Me agota, aunque he mejorado mis tiempos de reacción. Mi hijo va a ser astronauta, le digo a un amigo, pero mientras él baña sus tardes con alcohol ocupándose del huerto, vuelve a despedirme con un 'tío, por cierto, enhorabuena por tu paternidad', un 'vaya marrón' digno de nuestra generación PS. ¿Astronauta? El zagal va a ser lo que él quiera. En mis manos y las de los míos reinará el poder para que no se desvíe del camino y logre colmar sus objetivos vitales.
Qué cómo me siento... Estoy en ello, amigo mío, las palabras me esquivan. Sólo espero que mi amada Laura no sufra. 'Disfruta del embarazo', como si yo gestara el virus, 'piensa que yo lo echo de menos'. Parece ser que hay una serie de máximas que se repiten irremediablemente, pero yo prefiero esperar a verlo con mis propios ojos.
Sólo por esa sensación, por ese estremecimiento indudable, calculo mis próximos tres meses intentando averiguar cómo diablos se coge a un bebé sin depender de la marea ni mirar atrás.
¿O es que no tengo derecho a emocionarme?

miércoles, 29 de agosto de 2012

CAUSA DE FUERZA MAYOR

Érase una vez una señora que solía caminar por los pasillos de los hospitales con tal distracción que dónde veía palpitaciones, sufridas una vez al mes sin tratamiento, creía padecer de lo mismo una vez al año pero con medicamentos; la pobre mujer, después de un par de horas de vaguedades, salió a respirar aire puro y se topó con su vecina favorita al doblar la esquina ('es que esto está muy mal señalizado, me han dicho que fuera a Dinamarca y no hay manera'). Ésta la contó algo sobre unos vértigos que tuvo el martes pasado pero que a día de hoy, jueves, no entendía por qué le habían desaparecido. Al acabar encontrando el bloque 'D', quedaron para jugar al parchís e hincharse a licor de pomelo el sábado.
El pequeño cabroncete, que perseguía las sinrazones como el cazador de tornados pero sin todo el trajín, amaba pasar las noches escuchando diálogos absurdos sobre médicos y hospitales que suelen copar las horas muertas de las gentes ociosas y las señoras de cierta edad (no diagnosticadas, se entiende).
Luego estaba aquel chico joven. Le dolían las plantas de los pies, sobre todo antes de ir a trabajar. Le pitaban los oídos también, y al incorporarse del sofá de repente, unos mareos le importunaban sobre manera. Por eso y no por otras cosas, creía tener un cuadro clínico de diabetes. El doctor, un hombrecillo curioso de procedencia americana, le dijo que su sintomatología no presentaba ese cuadro concreto, a lo que el chico le respondió con un 'hay que hacer pruebas, no es seguro'. Le conminó a visitar una área del servicio de urgencias concreta, a lo que el respondió con un imperativo y tuteándole: 'apúntamelo que luego no me acuerdo'. El pequeñín se enteró que, al cabo de muy poco, aquel chico joven acabó en la planta de psiquiatría de un hospital provincial.
Menudo cabrón estaba hecho. De todas formas, adoraba a la gente mayor. Las historias que le contaba su abuelo eran imprescindibles para su educación católico-románico-apostólica. Aprendió a ser mayor con presteza y a explotar los escasos recursos disponibles. Conoció a un hombre hecho y derecho, un cuarentón. Recio, y diríase de tez bronceada todo el año. Una vez le dijo, en tono solemne, que sudaba demasiado. 'Es por las pastillas que me tomo'. Su cara de asombro fue total: 'pero hoy me sudan las axilas mucho más de lo acostumbrado, puede que esté deshidratado'. Vete a urgencias, le dijo, pero no te sorprendas si te atiende un médico no nativo. 'Hoy en día no hay diferencia ya, es la globalización, chiquitín'. Y luego llamó al 112 para que le enviaran una ambulancia a casa.
No era tan pequeño en realidad. Su baja estatura convidaba a pensar que era un crío, casi al nivel de Tyrion Lannister pero sin su inteligencia. Era más 'furbo', como se dice en italiano, un listillo nato. En el hospital llegaron a tolerarlo e incluso se hizo amigo del recepcionista. Ellos le contaban historias apasionantes, relatos de gente anónima, gente con sus vicisitudes y sus neuras. 'La noche es muy mala', oyó una vez. No había referencia alguna a fiesta o locales nocturnos de moda. Las amigas vecinas, septuagenarias ellas, formaban parte de la clientela asidua del recinto. Con el tiempo también llegaron a apreciar al muchacho, aunque le cambiaran el nombre cada vez que le veían. Otra vez aguantó los lloriqueos de unos ambulancieros (técnico y conductor), hartos ellos, según decían, de funcionar como un simple servicio de taxis: 'El otro día, un tío al que le sudaban los sobacos, y encima nos hizo parar en un bar para comprar tabaco'. 'Es indignante, putos médicos (los que lo autorizan), ¿pero qué se han creído?' El miedo a las represalias físicas puede que fuera definitivo; de sobras es conocido, en los ambientes no tan turbios, que para que te atiendan en cualquier lugar antes que a otro hay que liar un buen pollo. Montar un cristo, vamos; en los centros de salud suele recurrirse al más manido 'yo pago la seguridad social, te estoy pagando yo', a todo grito y sin miedo a quedar en ridículo.
El retaco, aliado de la comunidad árabe, nunca tuvo problemas de ningún tipo en el barrio, gueto salafí. Como acompañante y oyente de lujo, se permitió la licencia de asisitir a una urgencia con su amigo Muhammad. Le rogó que le acompañase al hospital, ya que él no dominaba el idioma. Pensó que eso no era un impedimento pero accedió de todas formas. Una vez dentro, con el truco de la amenaza puesto en marcha, tuvo la ocurrencia de robar material médico, a ver qué pasaba. Había oído tantas historias sobre el mundillo que pensó que quizá podría portagonizar una. Lo que no se imaginó es que acabaría en una camilla hecho trizas; el recepcionista llamó a la policía en cuanto le advirtieron y éstos se emplearon con firmeza para reducirle. ¡Aquel cabroncete estaba hecho un torete! Como se las sabía todas, denunció a los agentes en cuestión y consiguió una paga de por vida y la invalidez permanente. Cuando regresó al hospital, tiempo después, ya nadie le recibía amigablemente y tuvo que conformarse con fumarse sus pitillos en la entrada, al acecho de cualquiera que quisiera conversar.
El mes de agosto es muy malo, pero por suerte ya se acaba...
'¿Me puede llamar a un taxis?' *

*Por cortesía de mi compi David Guitart.

domingo, 19 de agosto de 2012

RECUERDOS AL FUTURO

CARTA ABIERTA A MI VIEJO AMIGO TONI
(ALLÍ DONDE ESTUVIERE)

Hoy hace un año que te fuiste.
Imagino que durante todo este tiempo has recorrido lugares ignotos y lejanos desde allí, desde el futuro. En el viejo presente, tu recuerdo permanece imborrable; aquí, en las trincheras, todo está vacío y carece de sentido por momentos. Tu figura impregna las noches de hastío mientras el asfalto arde detrás nuestro inexorablemente.
El mundo sigue en crisis, Mac. Y la gente ya no llama para decir que está enferma, tenías razón. Están todos acojonados: tienen un miedo atroz a que les echen. Y les entiendo, eh, que la cosa se ha puesto muy chunga, tío. No te rías, ¡te lo digo en serio! La amenaza, esta vez, es muy real. Al punto de comernos el terreno de los derechos conseguidos por nuestros antepasados: gente sometida al arbitrio de vejaciones y humillaciones varias -más propias de tiempos remotos que otra cosa-, sufridas en el más absoluto de los silencios. Se oyen auténticas barbaridades, tío. No entiendo cómo no hay más violencia social.
En el office hay una foto tuya de la noche del cambio, ¿recuerdas? En tu vida terrenal dejaste profunda huella. Hoy, por ejemplo, ha salido una anécdota sobre tí, y te han nombrado como si nada. Como si no te hubieras ido. Si pudiera hacerles entender que en realidad sigues aquí pero en el futuro... pero no me apetece. Me encontraría la mirada por respuesta. Ya sabes. Aquella mirada de incomprensión absoluta, aquella de '¿de dónde coño ha salido este tío?'. Es algo que siempre hemos tenido en común: a ambos nos encanta provocar.
Me hubiese gustado relacionarme con tus niñas. Y hasta hace poco no le envié una solicitud de 'amistad de Facebook' a Ana, y no veas lo que me costó. La culpabilidad me corroe y dejo que me domine sin remedio; me he acobardado demasiado todo este tiempo, me aterraba la idea de un Toni sin el Toni. Hablar de ti pero sin ti. En los próximos tiempos intentaré acercarme a ellas, aunque sólo sea para ver tu imagen reflejada en sus gestos y tu legado al cabo de tan poco.
¿Te gusta la canción que te he puesto al principio? Me acompaña estos días recesivos, días en los que no me puedo quitar de la cabeza ese maldito ataúd. Txema me advirtió que no lo hiciera en vano. Quería cerciorarme, comprobarlo por mi mismo. Para los que no estamos en un estadio superior es duro convivir con ello, pese a que haya estado viajando entre la neblina y la tristeza del más allá desde entonces. No te me puedo quitar de la cabeza visto de esa manera, y no lo soporto. Cuando me calmo, me repito que aquello sólo fue una etapa en el largo camino, una parada corpórea meramente transitoria; fueron casi cincuenta los días que aguantaste el circo del dolor de los tuyos (con estoica madurez y extraño sosiego), ¿o tardaste más tiempo? Ya tendré oportunidad de satisfacer esa curiosidad, pero no ahora. Tengo planes a largo plazo, sigue leyendo.
Este año he vuelto a Italia, ya tocaba. El maravilloso influjo del sur y las islas, nada nuevo para ti. Y estuve en el Perú, mi primer gran viaje transoceánico. Alucinarías con el Macchu Pichu... su belleza sólo es comparable a la epifanía del astronauta errante. He logrado detener el tiempo en multitud de ocasiones más desde que la encontré a ella, ¿recuerdas lo que te alegrabas por mi? A veces pienso en lo espartano de tu penúltima estancia, yo tenía una cena. Hablábamos del futuro y no me pude despedir de ti.
Me he hecho la campiña mía, sabes, pero me queda un poco lejos. Tanto coche me suele amargar e intento desviar la atención hacia otras lides. De todas formas, ésta es una tierra próspera y tranquila para crear una familia porque, agárrate, voy a ser padre. ¿Cómo suena? Puedo ver tu expresión con claridad mientras me dices algo sobre sentar la cabeza y culminar un proyecto por fin. Me das un abrazo y entre lágrimas te espeto su nombre al tiempo que sonríes sobre sus orígenes y la paz del Ser. Ten por seguro que le hablaré de ti.
Hoy, sobre esta hora, seguiste tu camino. Exhalaste tu último aliento sobre este polvo baldío dejando huérfanos a tantos, incluso a los que no te querían. En esta dimensión de carne y huesos, te rendimos homenaje y sincera pleitesía, jurando mantener vivo tu recuerdo hasta que nos volvamos a encontrar como almas descarriadas o en otras esferas del espíritu.
Hasta ese día, amigo mío, disfruta del viaje y manda recuerdos al futuro.

martes, 7 de agosto de 2012

DEL NIDO AL INFINITO


El tipo no era de los que aceptaban un ‘no’ por respuesta. Y la paciencia nunca se impone a la incredulidad.
-¿Te gustan las gafas?
-Sí, claro.
-Mira, escucha, aquí tengo éstas…
-No, gracias, no me interesa, ya tengo unas.
-A ver, ¿me las dejas ver?
De hecho, no esperó a mis pesquisas y se abalanzó sobre ellas arrancándomelas de la cara. Las escudriñó como quien lee las instrucciones de un medicamento de nombre impronunciable y buscó en su zurrón un par de la misma marca. Volví a insistirle -además del lenguaje corporal negativo continuado- en que no estaba interesado en adquirir unas nuevas, pero eso a él parecía no incomodarle; lejos de las estrategias comerciales más burdas, su intrusismo se cimentaba en una convicción abrumadora y una capacidad de autoestima sin límites. Me arrojó las gafas con desprecio y sin mirarme a la cara.
-Escuche, de verdad, gracias pero no…
Hablaba atropelladamente en un dialecto casi ininteligible.
-No, escucha tú. Cuando yo hablo tú callas y escuchas. Estas gafas… ¿De dónde eres?
Y sin mediar otra palabra tras las primeras sílabas de mi origen, torció la vista de repente y siguió con sus andares decididos hacia otra zona más concurrida. Miré a mi novia y luego al tipo, que se afanaba en desaparecer de mi campo visual a toda prisa. Nos quedamos un buen rato entre atónitos y acojonados, no sabría decir. Sobre el papel, Nápoles y sus alrededores no eran precisamente un vergel de gente atenta y buenas intenciones, cosa que prejuzgamos de antemano (echando mano del estereotipo).
Estuve un rato pensando -mientras tomaba el sol y me dejaba llevar por la modorra del sol y la arena- que quizá aquél napolitano fuera un soldado venido a menos, un pobre diablo que sufría una especie de degradación del rango que una vez debió ostentar, como una condena; cuarenta y tantos, moreno, de complexión fuerte y hecho al mar como las perlas a las ostras: algo no cuadraba. Estudié sus prisas a posteriori al plantearle mis hipótesis a Laura, que debió pensar ‘¿todo eso por vender gafas?’, como si sólo pudiese ser un simple buscavidas o un ‘servesa-bier’ de Barcelona más. Rechacé su apunte (mío-mental) y seguí obcecado en mi idea inicial, pese a que aquel tipo de trabajo no era propio para alguien de su edad. ‘Piensa que esta gente envejecen pronto y tienen una vida muy corta’, me decía para mis adentros; había leído tanto preparándome para el papel, que, al final, parecía estar viviendo en una puta película y Stanislavsky ser una broma a mi lado. ¿Se folló a la esposa de algún capo? No, el castigo hubiera sido mayor. ¿Sería igual de pringao toda la vida, como Lefty Ruggiero en Donnie Brasco? Puede. Según ‘Gomorra’, del gran Roberto Saviano, la mayoría de mafiosos aspira a vivir la vida a tope y no piensan en dejar un cadáver bonito.
Hoy, los días de ruta por la costiera amalfitana han quedado atrás. Mi italiano sigue siendo más que decente pero toca volver al inglés y centrarse. Estas noches de agosto -en mi acostumbrada trinchera-, practico las mil maneras de maldecir y soltar tacos partiendo del ‘fuck’ de las nuevas series de televisión made in USA (mientras espero las nuevas temporadas de 'Breaking Bad' y 'Sons of Anarchy'). Y veo los Juegos Olímpicos desde la barrera del entrenador que lleva cuatro años preparando a su pupilo pero acotándolos a nueve (meses), limitando y puliendo los cambios que puedan perjudicar a la corta pero intensa carrera de fondo actual.
Con todo, trato de eliminar del calendario los días que restan para llegar a septiembre, pero soy incapaz. En septiembre, si lo preguntas, el infinito se desencadenará tan precipitadamente como el nido derretido por el calor de este verano. Como síndrome efectivo, dejaré de lado todo lo demás para ocupar el resto de los espacios en blanco, reinventando y redefiniendo una manera de continuar con este pequeño vodevil que nos tiene a todos en vela.
No puedo esperar. El ansia me puede, es superior a mi. Y pasará este 2012, año del demonio burlón, y el gentío seguirá empeñado en autodestruirse. ¿Qué mundo le voy a legar a mi futuro hijo? ¿Quedará algo del pastel? Con las horas que me queden, independientemente del cosmos y su lenta agonía, construiré un fuerte de muros más altos que la muralla de hielo de Invernalia*. Navegaré por los siete mares si hace falta, lo que sea para no someterme a la presión de la decepción. No hay un ‘hasta cuándo’ cerca ni debería importarme, y en eso radica la grandeza del sueño que compartimos desde el palomar. Y controlar esa congoja, mi principal y prácticamente única misión.
La distancia desde el punto ‘M’ al ‘G’ se tendrá que reducir hasta la mínima expresión sin ‘peros’ ni desesperos porque, aunque la paciencia nunca se imponga, mi pequeño cabroncete no creo que acepte un ‘no’ por respuesta.
*Juego de Tronos (Canción de Fuego y Hielo). ¿Empiezo la saga?

sábado, 7 de julio de 2012

A LOS PIES DEL VESUBIO

A los pies del Vesubio me encuentro enterrado, a la espera de ser encontrado por un turista despistado _cámara de fotos y botella de agua en mano.

A los pies del Vesubio he estado impresionado, terriblemente acalorado y he acabado extenuado.

Desde el Vesubio, a sus pies, me he sentido amenazado. Su cónico techo ha saltado y por los aires se ha volatilizado, mientras sus habitantes a Júpiter hemos apelado. Un sacrificio a tiempo bastará tal vez, dado todo lo que nos hemos jugado.

Desde los pies del Vesubio, la manifestación ha mutado y por palabras de Plinio nos hemos enterado; hoy que estuvimos aquí y luego en Herculano: un despiadado estremecimiento que nos ha desolado.

A los pies del Vesubio y no en otro lado, nuestro pequeño ha exclamado '¡Basta ya! Os habéis pasado', pero con tanto calor no nos hemos percatado: he estado subyugado por un soplo volcánico milenario y una civilización que me ha desnudado.

Desde los pies del Vesubio a la eternidad. Como un turista despistado, con su cámara de fotos y su botella de agua que al final ha 'olvidado'.

martes, 3 de julio de 2012

ISCHIA Y LA INSULARIDAD CAUTIVA


*
Llegamos a la isla italiana de Ischia por casualidad y nos cautivó casi desde el principio. Como todas las islas, la paz vive bañada en agua salada esquina a esquina... ¿Qué tendrán las islas, pues, que tanto nos atraen?
Encontramos una buena oferta en un espectacular resort del puerto. Con la Eurocopa en juego y tras confirmarse la final soñada entre España e Italia en territorio enemigo, abandonamos hoy más bien con pena el reducto del gigante Tifón.
Ischia es una isla súper construida; mientras intento escribir en el barco camino de Nápoles, me comentan que tiene 50,000 habitantes fijos, pero parece que vayan a ser el triple si contamos los ladrillos. En un ambiente agradable y trasnochado en exceso, sus gentes no caminan, se deslizan, en el característico modo de las calurosas y lentas tierras del sur. Los rusos y los alemanes, que tomaron la isla tiempo atrás -alargando la hegemonía extranjera insular desde tiempos inmemoriales-, se mezclan sin molestar al sol de sus bolsillos de cuero tan mugrientos como repletos de dinero fresco, e incluso chapurrean el italiano con interés. Los nativos, en especial las mujeres, lucen con orgullo sus horrendas vestiduras, sacadas de una peli de mafiosos de Scorsese, y su altivez se multiplica por mil al palpar la bisutería barata -o directamente falsa- que atiborra sus marchitos y deformes cuerpos; la población, visiblemente envejecida, pretende ocultar la impetuosidad de la juventud reinante y sus haceres típicamente italianos, pero en ningún momento percibes el agobio de las grandes urbes y ese es su principal triunfo: es lo que tiene estar rodeado solamente por agua -cosa que me place admirar con vivacidad. El verdadero encanto de las islas y sus playas y su clima temperado todo el año es decidir ser cutre y calmado y ultrabronceado hasta la arruga por doquier... ¡lo adoro!
De la maravilla del Castello Aragonese, recuerdos de un pasado esplendoroso, recelo en busca de señales que nos conduzcan hacia nuestros antepasados al caminar, errantes, entre el ocaso de su vetusto lungomare (paseo marítimo) y el sol triste de la tarde que se acaba. Y disfruto calada a calada en este refugio del mar, en este lugar de paso en el que raramente te pueden señalar. Es lo que tienen las islas: no existe la patria en ellas. De las miradas, pues, no voy a hablar.
Estuvimos tan bien en la choza hobbitiana que nos prepararon que, la roca en forma de fungo (seta), a la vista de todos quedó. Y los turistas, uno a uno, se detenían apresuradamente para fotografiarla, resultando un tapón y una acumulación humana considerable. Se acercaron en procesión y nosotros con ellos, creyendo que regalaban algo o que algún famoso o tal vez Claudio Bisio estaban por la zona. Tal era nuestro nivel de relajación y empatía.
La espera, tantas veces cautiva de la amarga paciencia, tensó la cuerda en la tanda de penaltis, sólo el gesto del capitán -entre adormecido y concentrado, como decía Laura- delimitaba la certeza del pase a la gran final: no más lloros. Dudas atrás. Somos los mejores, sólo hace falta nombrarnos por aquí (La Spagna... ouuuuuu... troppo forte! Siete i migliori) aunque seamos los únicos y yo lo disfrute tantísimo.
Nos fuimos, nos vamos, de esta poco conocida isla casi por casualidad, en un abrir y cerrar de ojos. Recordaremos su rica pizza y aquella pareja que buscaban nuestra amicizia (amistad, de verano, se entiende). Nápoles espera y, con ella, nuestro viaje se sumerge en el bullicio de la aparente patria de lo turbio y lo falaz...

*Come un Pittore, canción de los Modà en su disco Viva i Romantici (2011). No he encontrado la versión que hacen con Jarabe de Palo, que es la que no hemos parado de escuchar estos días...

domingo, 24 de junio de 2012

EUROCOPA 2012: EL CAMPEON AL RESCATE

La Eurocopa de Polonia y Ucrania ha entrado estos días en su recta final. Alemania y Portugal son las primeras selecciones clasificadas para semifinales, y esta noche de verbena de San Juan lo ha hecho La Roja anulando a una fría Francia con maestría y sin ningún sufrimiento.
Comenté anteayer con mi amigo Xavi un once tipo que hubiera destacado en el torneo, y le solté estos nombres: Casillas, Lahm, Piqué, Hummels, Jordi Alba, Schweinsteiger, Pirlo, Xavi, Iniesta, Cristiano Ronaldo y Mario Gómez. Evidentemente he ido bastante sobre seguro, pero jugadores como De Rossi, Khedira, Fàbregas u Özil, de entre las grandes, tendrían cabida en ese ideal, por no hablar de otros que han dejado huella pese a no clasificarse, tipo el 14 de la República Checa, la banda derecha polaca del Dortmund, Shirokov o los portugueses Moutinho y Joâo Pereira.
Sea como fuere, nos han vendido que la Eurocopa en sí está sirviendo para olvidar. Que el deporte en general y los éxitos de los nuestros es algo positivo como anestésico ante la virulencia de la interminable crisis de los cojones. Rajoy, presidente del gobierno español, después de pactar el histórico rescate financiero con el mismísimo diablo, tomó el primer avión para Polonia ajeno a las consecuencias y con un sentido de la negación evidente y hasta ridículo. Desde las trincheras de la mass media, se ha contribuido a alimentar ese 'bienvenido opio', como escribió Javier Marías, lejos de cualquier pretensión realista sobre la verdadera situación, pero los parches temporales no alivian el foco de tensión del día a día y tienen fecha de caducidad, por lo que muchos seguimos teniendo la sensación de que nos toman el pelo cada vez con más descaro; la osadía de que, con el amparo de la estupidez de las masas y la nula preparación para un más que posible crack del estado del bienestar, un evento así pueda adormecer las conciencias de los que se van a tener que despertar mañana temprano con la nevera vacía, clama al cielo llamando a una revolución que, en este país dividido por resquemores centenarios, sigue sonando a chino mandarín. En realidad, pero, no hace falta engañar al pueblo con enrevesados juegos de palabras (rescate=plan viable de desahogo, por decir algo que suene a esperpento) ni con drogas blandas. La gente, llegados a este punto, sólo pide pan y mantener su modus vivendi intacto, ajeno a las arbitrariedades de los mercados y las malas artes de nuestros políticos.
Si siguen riéndose de nosotros, corremos el riesgo de desarraigarnos y de volver a las calles, haciéndolas más inseguras si cabe, creando nuevas desconfianzas que a la larga podrían desencadenar un desastre de proporciones épicas. Llegados a este punto, la desidia generalizada es inaceptable, pero no dejo de preguntarme qué podríamos hacer para cambiar las cosas o impedir que cambien negativamente para el desarrollo de nuestra superpoblada especie (si la madre Gaia no nos hunde antes).
El fútbol es un espectáculo, la Eurocopa y el Mundial lo son. Cada dos años escribo aquí sobre la ilusión que nos provoca, sobre todo teniendo un equipo campeón allí en la lejanía de lo ficticio: nada que no puedas oler y tocar y saborear es real, pero la percepción de su existencia convierte los destellos de los sueños en sensaciones verídicas de corto recorrido, caducas, como el deseo evaporado en un suspiro. He escrito mucho sobre eso, sobre el sentido verdadero de la existencia, siempre a riesgo de repetirme. Para mí, es la base de mi estadía en este planeta, en esta vida terrenal: soy un cazador de deseos puro, lo que me da el aliento para seguir intentando permanecer. Sobrevivo para captar esa fugacidad en plenitud, con los sentidos en alerta y completamente a su servicio, adaptándome a los cambios y los desafíos que me brinda la muy jodida.
Todas las pasiones del Hombre, por muy barriobajeras que sean, no eximen a las responsabilidades que se le presumen. Su condición es tan antinatural hacia los engaños y las tretas de su progenie que provoca el llanto desconsolado sin remedio. Hoy ha ganado España, pero mañana voy a tener que ir a trabajar o a la puta cola del paro a mendigar. ¿Me voy a dormir más contento? Seguro. Pero no voy a dormir mejor por ello, ya que los verdaderos problemas no desaparecen gracias a ningún juego de mierda -aunque no escatime en loterías por si acaso. Y si quieren que esté alegre mientras dure la andadura del equipo en el torneo, olvidando toda la basura que tengo que aguantar frecuentemente, están apañados. ¿Qué aspiraban, a un mes de paz armada? Yo no necesito ningún oasis para relajarme y luego volver a las trincheras. ¿De qué hablamos, de Orwell en pleno siglo XXI? ¿Sociedad dirigida? ¿Dictadura? ¿Qué pasará cuando acabe el torneo, una vez desenmascarados con todo este asunto y el rescate y Rodrigo Rato y la puta prima de riesgo y los alemanes de Merkel y el politiqueo guarro y los recortes y los impuestos y las constantes amenazas sobre el aumento de la pobreza y el fin de los recursos naturales del planeta?
Vuelta al diván y a los bostezos. El rencor es una arma muy poderosa, a una semana de la final de la Eurocopa desde la 'bota', pero no hay manera de descansar ni de sacar nada en claro: la borrachera del ¡martes! anticipó una necesidad de vacaciones muy evidente.
Yo no olvido, aunque el Belpaese pida calma y disfrute del pequeño microcosmos que voy a defender con uñas y dientes y siempre en guardia.

viernes, 8 de junio de 2012

LOS DÍAS ABSORTOS


No era excesivamente tarde, pero con lo pronto que se levantaba últimamente, esas horas de la noche le producían un profundo malestar en el lóbulo frontal, como si forzase una tardía voluntad de acostarse.
La maratón de El Padrino del sábado acabaría antes de hora, pues, pero no importaba demasiado; pensaba, mientras escribía unas líneas al llegar Michael a una Cuba pre-revolucionaria –burdel estadounidense-, que, en cuanto a figura, su nuevo guardaespaldas le recordaba vagamente a Luca Brasi, ejecutor primigenio de la familia.
Eran veintidós los días que llevaba completamente absorto, y esta vez no fue por causa de ninguna muerte. La vida, aunque breve, es mucho más divertida, así que decidió hacer una lista de las cosas que cambiarían desde entonces. Le encantaba utilizar balanzas, averiguar qué pesaba más a cada instante. ¿Tal vez su juventud? Sería muy ingenuo si pensase en esos términos. A menudo se preguntaba qué significaba juventud, la implicación real del término en sí: hacía mucho tiempo que había dejado de ser joven, sobre todo según los actuales cánones. Él ya no tenía nada que ver con toda esa mierda.
En la semana de la que debería ser su tercera Patum, en Berga, las noticias que llegaban del Belpaese seguían siendo preocupantes. Primero con el atentado de Génova y el del colegio en Brindisi, luego los terremotos del norte y ahora con las calcio scommesse. Y todo a pocas horas de que empiece la Eurocopa de Polonia y Ucrania, el evento que iba a paralizarlo todo. Se estaba haciendo público y tendría que afrontarlo de la mejor manera. ¿Estaría preparado? Porque seguramente Nápoles no iba a tener tantos escrúpulos.
Luca, ese era el nombre al que respondía sin dormir entre los peces, era un chico muy sufrido. Empezó a empinar el codo tan pronto como se fue de casa, huyendo de las acostumbradas contrariedades familiares. Raro era el día en que no se tomaba una copita o una cerveza bien fría: para él era como un trofeo conquistado por el sudor de las privaciones de la infancia, un logro vital. No obstante, ahora las cosas eran bien distintas; había abierto un nuevo concesionario en la campiña y se sentía aliviado y dichoso. Los viejos fantasmas del pasado eran sólo eso, mierda del pasado, por lo que no tenía motivos para ofrecer resistencia y, después de todo, no llegó a necesitar asistir a reuniones de alcohólicos anónimos y la ciudad quedaba muy lejos.
Joder, la noticia iba a hacer correr ríos de tinta. No es que no se lo creyera, ni que renegase hasta poder verlo con sus propios ojos; no era, tampoco, debido a los cambios fisiológicos a las que remitirse, pocas semanas más allá. Lo que estaba tratando, lo que tenía entre manos, iba a trascender al resto de sus días. Era algo irremediablemente perenne, algo para siempre. Su pobre carlino jamás llegaría a entender semejante cuestión, pero le sirvió como banco de pruebas lo mismo que para un simple soldado raso el ser admitido en el seno de su familia tras soportar el santo fuego entre sus manos (y alguna que otra prueba anterior más): la responsabilidad hecha un nombre, pura formalidad al servicio de su majestad.
Comodidad. Con el tiempo te acomodas y aferras por igual a momentos que acaban siendo del todo prescindibles. Pocas veces se había manchado de sangre las manos hasta que llegó el día de la buena nueva: iba a dejar de fumar y volvería a lavarse los dientes tres veces al día, se reía, menudencias al lado de la que le iba a caer encima. Sin embargo, sólo admitía pensamientos positivos -dado que ya no había vuelta atrás-, nada que le incomodara lo más mínimo. Igual no podría salir a correr con la misma frecuencia, puede que dejase de dormir tanto e incluso dejase de brillar en los actos sociales del barrio. Dietario de los los pequeños placeres inútiles: al final, ya no importaba lo más mínimo, el detonador acababa de activar la cuenta atrás y el proceso se aceleraría irremediablemente. Asumiría las consecuencias con honrada dedicación y saludaría a los malos hábitos sin perder su delicada juventud, territorio vedado por las políticas austeras del pensamiento cada vez que se calzaba sus Salomon y acababa perdiéndose entre la maleza.
A los veintiocho días seguía dándole vueltas al asunto. Las noches de playoffs aliviaban obligaciones remuneradas y ya casi volvía a ser sábado, uno de los que seguiría alejado de los cánones actuales, que dictan cómo ser joven y cuándo. Los motivos y las circunstancias flotaban por doquier como el polen dos semanas atrás, al alcance de la mano que quisiera agarrar y el oído que estuviera dispuesto a escuchar: ¿y por qué no? Un desarrollo de los hechos consciente, no precipitado -las apariencias no engañan, avisan-, como hábito de una posición agradable y sorprendente quizás, entendiendo algún posible desaire temporal al que prestarle la misma atención retórica que la pregunta anterior. Pero Luca no tiene alergias, sólo tuvo manías y deidades menores que le sonríen cuando se despierta de malas por la mañana, obligándole a recapacitar por un instante, apenas un segundo que usa su lóbulo temporal para activar los sensores que ha estado cultivando desde que viajó por primera vez en avión.
Tiempo suficiente para desterrar las horas absortas de los días felices.

lunes, 14 de mayo de 2012

NUBES DE BANDERA y LA DESESPERA

Publico hoy los dos relatos breves que envié para el concurso de infermería de Manresa (y comarca creo) del 10 de mayo. Lo hice pensando en el tercer premio (vino del Pla del Bages), ya que los dos primeros eran de risa y no me interesaban. Huelga decir que no he ganado...

NUBES DE BANDERA
Aquella mañana de primavera se despertó tarde, tocadas las once. Había pasado una muy mala noche y no conseguía reponerse del maldito constipado _propio de la inestabilidad atmosférica estacional. Raro era el día que amanecía sin nubes, cosa que le sumía en un permanente y desconcertador estado de aletargamiento.
Llevaba varios días padeciendo la misma pesadilla, un mal sueño que regresaba con puntualidad británica al acostarse. En él, aparecía siempre conduciendo un coche rojo de gran cilindrada. Tomaba las curvas con precisión milimétrica hasta llegar a una interminable recta en la que ponía al límite las capacidades de la máquina italiana. En un momento dado, a lo lejos, un hombre vestido con un uniforme blanco ondeaba una bandera que no acertaba a distinguir, puesto que era incapaz de apartar la mirada de semejante rostro. Antes de poder frenar y evitar atropellarlo -ya que se hallaba en medio de la carretera-, el individuo se puso a correr hacia él, atravesándole justo en el momento de la inevitable colisión. Luego, se despertaba súbitamente bañado en un pegajoso sudor, con el gesto impertérrito del tipo clavado en la retina.
Tras varios días encerrado en casa, pero, aquella mañana de primavera tenía cita con su nuevo psicólogo. En la carretera que habitualmente recorría todo parecía normal: las curvas acostumbradas, la recta de entrada a la ciudad y, por fortuna, ni rastro de uniformes en la calzada. Aparcó en batería y subió raudo las escaleras de la consulta. Al abrir la puerta, un fino hilo de sudor frío le recorrió la espina dorsal de repente. Su nuevo psiquiatra era aquel extraño personaje que ondeaba la bandera en su sueño, una bandera que recordaba ahora con total nitidez y que le remitía inexorablemente a un desagradable lugar.

LA DESESPERA
No le quedaban más cigarrillos. Llevaba más de una hora esperándola en aquella vieja estación de tren sin porche. Uno a uno, todos los convoyes programados del día habían ido llegando sin novedad, pero su amada no aparecía. Era noche cerrada y hacía un frío de mil demonios y, para colmo, llovía a cántaros. Ambos elementos se filtraban por su vetusta gabardina hasta calarle los huesos sin piedad.
Su desesperación era proporcional al profundo vínculo que creía les unía, e iba en aumento con el paso del minutero. Ella había conseguido que dejara el alcohol, ella era su vida, no podía fallarle. ¡Ahora no!, pensaba para sus adentros. Cuando quiso percatarse, el último revisor, un anciano con rostro afable y facciones suaves, le conminó a abandonar el lugar de inmediato: ya no quedaba nadie. Salió de su ensimismamiento de golpe, echando un vistazo rápido por doquier, y acabó dándose por vencido.
De camino a casa, la frustración de creerse solo le acompañó varios metros mientras cavilaba. Nunca más volvería a confiar en una mujer, ¡nunca más! Al doblar la esquina, el demonio del alcohol volvió a aparecérsele, personificado en un bar con un letrero de neón muy llamativo. Qué diablos, pensó, ya no me queda nada. Antes de abrir la puerta, una mano le agarró con fuerza el brazo por detrás, apartándole del mal camino e impidiendo su particular descenso a los infiernos. Era su dulce amada que, en un abrazo sentido, parecía pedirle perdón por todo, augurando una vida juntos lejos de los demonios de la noche y los fantasmas del amor no correspondido.

viernes, 11 de mayo de 2012

NACER CON AURA

Veníamos de la luna más grande vista en la tierra en lo que iba a ser 2012 y las lluvias queríanse retirar por fin. Un ligero rocío anunciaba una primavera tardía, después de todo, pero llegando ya a la séptima jornada del mes de mayo era así como debiera ser al despertarme antes de hora, aún de noche; sobresaltado, un instinto primario me llevó a abrazar a mi compañera que, yaciendo en el lado derecho de la cama, parecía preguntarme en algún lugar de su inconsciencia si pasaba algo o a qué venía tanto jaleo. Esperé unos instantes y en otro impulso me encaminé hacia la nevera con la presteza que mi boca seca requería. No tardé en volver a dormirme, pero mi sorpresa fue mayúscula al despertarme de manera natural al cabo de muy poco. Era joven el día, inusitadamente joven para mi gusto, incluso la pequeña Chloe seguía inmóvil en su refugio sin responder a mis inquirimientos; me sentía renovado, ágil y vigoroso, así que programé el día partiendo de un desayuno copioso y excepcional.
Con la agenda en mano, decidí enviarle un mensaje a mi amigo Oscar, pese a que todavía faltaban un par de semanas para que su esposa diese a luz. Me ofrecía por si necesitaba algo, dentro de mis posibilidades, indicándole mis horarios y los próximos acontecimientos de mi rutina. Salimos a pasear en un ambiente esplendoroso, largamente deseado. Tenía en mente alargarlo todo lo que pudiera hasta que fuera al gimnasio, pero sin ninguna prisa. No caí en que llevaba el teléfono encima hasta que sonó casi como efecto de un amerizaje forzoso: era mi amigo, salía para el hospital a toda prisa, su compañera había roto aguas. ¿Cómo? ¿No faltaban dos semanas? Escupía las palabras al ritmo atropellado de una metralleta de fabricación germana al volante, y le dije: voy para allá. No tengo nada que hacer y así estoy contigo. Pero me dijo: mejor no-tranquilo-espera-creo que va para largo-no está muy dilatada-ya te diré algo-, trasladándome los nervios de ese modo hacia mi. Con desgana, dejé de insistir pese a la emoción del momento, y, cuando quise darme cuenta, mi novia hizo correr un tupido velo justo antes de irse a trabajar. Sentía como esa ansia de padre primerizo me envolvía por doquier y tenía la necesidad de aplacarla inmediatamente; salí a correr como un poseso y me cansé como nunca, pero la cabeza no paraba de darme vueltas. Entendía que mi amigo -si pudiesen caberme en una mano él estaría, ya le conoces- quisiese estar sólo, así que cedí todo el protagonismo a la pareja en cuestión, apartándome a un lado, no pudiendo evitar cierto sentimiento de menosprecio que resultaba -por otra parte- bastante más que absurdo.
Desde entonces, llevo un par de días en constante tensión y con los nervios a flor de piel. Ese mismo día fiché por Boston Celtics, añadiendo a mi idealizada facha unos colores de San Patricio que no he abandonado hasta hoy. Tengo interés en seguir jugando al juego de baloncesto, me lo paso bien e intento aprender nuevos movimientos, pero estas noches trabajo en exceso y no paro de oír llantos desesperados con pañales enmohecidos y adoquines resbaladizos. Respiro intranquilidad y trato de contener un estado de excitación que pretende preceder a una repentina aceleración de los acontecimientos que se han ido gestando a lo largo de este maldito año. Como si el resorte que accionara el botón del pánico ardiese por dentro, como si hubiesen asesinado de nuevo al archiduque aquél austríaco y las causas subyacentes del verdadero conflicto, nueve milímetros de silenciador casero después, salieran a relucir en este verano de mayo en ciernes.
Ser parte de un acontecimiento tan íntimo, a no ser que estés directamente implicado, está de más. Sobra pero no excluye, ya que el futuro de esa personita en concreto está irremediablemente ligado al tuyo. En un ambiente tan cerrado como el nuestro, más propio de la mafia del sur de Italia que de cualquier otro grupo social estándar, resulta más que evidente; después de los gemelos y las noticias de los dos, digo ¡tres! últimos embarazos, esta pequeña princesa es la prueba fehaciente de que la sorpresa deviene realidad palpable en un abrir y cerrar de ojos. La percepción temporal puede llegar a variar tanto como la de un astronauta orbitando el globo: la sensación de epifanía, de estar por encima de lo terrestre, te acerca a lo divino sin pasar por la casilla de salida pero, llegado el momento, hay que saber apartarse y no acercarse al tendido.
Era así como debiera ser al despertarme hoy en mi crepuscular olfato, y es así como se nace con una aura que ilumina la vida y la existencia de una pareja feliz.

Dedicado a la memoria y el recuerdo futuro de la pequeña Aura, nacida a las 19,38 del 7 de mayo de 2012 en el feliz y dichoso seno de sus amorosos padres, Cristina y Oscar (Gnöit, Número 7).


miércoles, 25 de abril de 2012

GUARDIOLA DEL BARÇA Y DE ESPAÑA

Esta noche ha caído eliminado de la Champions League el Barça de Guardiola, y yo me pongo a escribir este post sobre fútbol por fin.
Los blaugrana han perdido los dos principales títulos en apenas cuatro días, mientras que su eterno rival capitalino tiene uno a tocar y muchas posibilidades de llegar a la final del otro. Quizá esa es la comparación que hace más daño, no lo voy a negar. Soy seguidor del F. C. Barcelona, pero por encima de todo amo el fútbol como deporte en sí; de pequeño, me forraba la carpeta del cole con fotos de las estrellas del momento, y la que recuerdo con más cariño es la del Mundial 94, con Romario, Roberto Baggio y compañía. Mucho ha cambiado desde entonces: el fútbol es un deporte más físico, y la Ley Bosman abrió las puertas a la libre circulación de jugadores por Europa.
Tácticamente, poco que reseñar. Está todo inventado, como en las ideas y los libros. El Milan de Sacchi cerró el círculo; existen los que defienden y luego los que atacan, con sus variaciones correspondientes. Mourinho defiende. Variación: Cristiano Ronaldo. Guardiola ataca. Sin variaciones pero sí con una dependencia leomessiana evidente (Barcelona y Madrid como ejes indiscutibles del mundo balompédico). A nivel de selecciones, ámbito que verdaderamente me apasiona, igual patrón. Italia, defiende. Variación: el 10 de turno (Baggio, Del Piero, Totti). Brasil, ataca. Variación: la samba y la fiesta. Alemania, ataca y defiende. Variación: altura y fuerza física. España, ataca. Variación: centrocampismo y no tener a Messi. Esperemos que eso no nos pase factura este verano…
Guardiola ha ganado mucho en los cuatro años que lleva como entrenador del primer equipo, tanto que, si quisiera, podría vivir de rentas el resto de su vida (igual que el actual seleccionador catalán). Con el tiempo, será considerado una leyenda y puede que llegue a presidente si se lo propone. En cuanto a selecciones, la actual España le debe mucho, puesto que no sólo por Aragonés se hizo la luz en el cambio de estilo que nos hizo campeones de Europa y del Mundo hace ya cuatro años (casualmente, los mismos que lleva Pep dirigiendo al primer equipo). Lo que sí es indudable es el apoyo a la cantera y a la formación de jóvenes talentos y a una innegociable forma de jugar, factores que nos definen y caracterizan hacia el resto del mundo. Una hornada de jugadores única ha hecho el resto; con esa apuesta marcada llegaron los títulos, tanto a nivel de clubes como de selección (sigo hablando de mis dos equipos), pese a que el juego bonito o tiqui-taca, como se le llama aquí, parecía tradicionalmente reñido con los resultados.
Sobre el Barça no hay mucho que decir. La falta de alternativas en ataque ha sido el detonante del fracaso -en minúsculas- de este año. El equipo ha demostrado pocos recursos para derribar el muro de las pobladas defensas rivales, y la excesiva dependencia de Messi ha acabado siendo de lo más desalentadora. Dicho esto, destacar que lo conseguido es mucho más importante y, a la postre, lo que te acaba haciendo pasar a la historia. El modelo, afianzado tanto en el Barça como en la Roja, causa envidia allende los mares, consiguiendo dominar el panorama del fútbol mundial con cierta autoridad. La estabilidad siempre da sus frutos.
Los deberes: el Barça, para empezar, tiene que hacer autocrítica. Lo demás queda dicho y se repetirá hasta la saciedad en días venideros. Sobre España: Del Bosque, seleccionador campeonísimo, probó hace unos meses sin 9, pero acabó desechando la idea. Más que nada porque no tenemos a Messi y, también, porque sin una referencia arriba es muy difícil romper las defensas contrarias. Puntualmente, sus deberes serán definir ese 9 y si jugamos mucho o poco por las bandas.
La derrota es necesaria para volver a ganar. Crea el estímulo necesario para provocar el espíritu de superación y de competición en deportistas de élite y ayuda a valorar logros anteriores. No creo en los ciclos. Creo en el trabajo bien hecho, en el rigor y en el profesionalismo. Pero el contrario también juega, y el afán por destronar al rey mueve montañas. Y, al fin y al cabo, es sólo un juego -tomen nota-, ganar o perder no siempre depende de los méritos que uno acumule.
Todos los indicios, pues, apuntan a un fiasco de nuestra nacional en la Eurocopa de Polonia y Ucrania; si la teoría se cumple, la selección española se acomodará y será incapaz de revalidar el título. El reto para el seleccionador será evitar ese fiasco, porque como me dijo un amigo ‘tenemos equipo para ganar cuatro Mundiales seguidos como mínimo’.
El arte del centrocampismo. Es decir, basar el juego casi en su totalidad según lo que se cueza en la parte central del campo. No en atrás ni arriba, si no en medio, por dentro. El fútbol se genera en esa parte del campo, y en este país tenemos peloteros por doquier y les rendimos pleitesía incondicional. La diferencia existe, la diferencia define. ¿Seguirá siendo así los próximos años? Curiosamente, los dos jugadores más decisivos de los últimos años son delanteros, aunque no puros: Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Dos extraterrestres que están marcando una época, como así lo atestiguan sus marcas goleadoras de este año sobre todo. Uno se asocia muy bien, como diría Guardiola, y el otro no necesita a nadie para destacar. Ambos, en la actual coyuntura futbolística, son la excepción que confirma la regla, siendo La Pulga el jugador más parecido a Maradona que ha habido jamás (otro que con el tiempo ocupará el rango de leyenda). Y mientras eso ocurra, la primacía del centrocampismo, del tiqui-taca y del juego especulativo, está en peligro.
Respecto a las derrotas, no comparto la idea de la importancia otorgada al 'cómo'. Bueno, al menos parcialmente. Puedes caer con tu estilo, pero hacer bandera de ello denota unas limitaciones que un profesional no se puede permitir. Sería justificar lo injustificable, un ‘cayó con las botas puestas’ que otorga honra pero poca astucia. Y quizá es lo mejor que tiene Mourinho, sin entrar en nada más acerca de este personaje. Como entrenador, demuestra ser un estudioso nato, un competidor de lujo que sólo piensa en ganar. Por eso discrepo del monoteísmo azulgrana y la estrechez de miras de sus aficionados más acérrimos: defender un estilo no debería estar reñido con las vías para conseguir los objetivos, ya que hay muchos modos de jugar al fútbol y todos son perfectamente válidos. Evidentemente, yo prefiero la estética, pero no desarrollaría ningún complejo de inferioridad si tuviera que traicionar mis principios en un momento dado, al menos si así conseguía evitar un contraataque mortífero. ¿Nadie se pregunta cómo ha pasado el Chelsea si sólo han tenido un porcentaje ínfimo de posesión de balón tanto en la ida como en la vuelta? Quizá ése sea nuestro principal hándicap, o puede que el lugar en el que reside toda nuestra fuerza.
Esta noche caía el Barça en la Champions, y yo ya pensaba en la Eurocopa y en sus riesgos. En resumen, en fútbol (por fin).

domingo, 22 de abril de 2012

NATURALEZA OBLICUA


Hay cientos de miles como yo. 
Si algo he aprendido es que he tenido que enterrarme como una larva para poder sobrevivir. Hacerlo conscientemente ha sido mi gran victoria, y estoy muy orgulloso de ello.
Nunca he tenido desatinos suficientes como para sentirme tan mal al despertar. En realidad, anhelaba las mismas cosas que hacen felices a los demás; una PS3, un coche rojo de poca cilindrada, estar tirado todo el día en el sofá, observar como duerme la mujer que amo, tener un perrito... nada yermo, en fin.
La culpa, en realidad, es de la sonda Kepler. Si sigue descubriendo planetas, ensanchando el universo, los de aquí no vamos a saber cómo movernos. Tenemos una visita pendiente al observatorio de Lleida para acabar de sentirnos pequeños del todo y cerrar el círculo.
Mañana es Sant Jordi. Un día especial, coronado por la simple idea de que un libro de Carl Sagan tiene que decorar las estanterías del estudio. El existencialismo... ¿es un humanismo? Yo no puedo seguir esa línea, la he obviado. No pretendo con ello acallar a mi pasajero históricamente más tenaz, que conste, pero sí vivir un poquito más feliz. Agarro con fuerza el momento y suspiro al recordar al ser que salía a respirar con demasiada poca frecuencia a flote.
Menudo domingo. ¿Qué eran los domingos, sin un pollo a l'ast? Mi madre se olvidó las patatas, pero probablemente las pagó. Cuando pienso en el 9 de abril y en la cima de la Gallina Pelada... corro el riesgo de padecer un infarto. O un ictus. La foto de más abajo atestigua el filo de lo imposible, y centra las miradas en lo cruel que puede llegar a ser la naturaleza. Decían: a lo mejor ese fósil que encuentras en medio de un camino lleva ahí millones de años, y vas tú y te lo llevas. Es algo antinatural. Alteramos el orden cósmico a cada paso, nos desarrollamos demasiado rápido para la poca responsabilidad que manifestamos. En mi caso, en la actual coyuntura, sólo puedo buscar el mejor asiento posible y esperar que no me arrastre.
Sé que hay cientos de miles como yo. Siempre lo he sabido.
Si algo he aprendido es que nada tiene importancia. Todo se puede ir a la mierda o implosionarme en las narices, me la suda. No vivo para que los demás me vean, no pretendo otro tipo de exhibicionismo que el que se solapa en esta jodida bitácora. Créeme, no es baladí, todavía no sé por qué lo hago (y con las pausas, puede que ya haga más de 6 año que publico), pero funciona. Y los que quieran o quiénes sean, que me hagan la campaña de publicidad. Total, hace la hostia que no escribo nada decente... ¡Ay, los riesgos de la felicidad, penitencia para las jornadas nubladas, alegría para la esperanza de los días soleados que están por venir!
Puede que haya muchos como yo, pero ninguno con mi vida. Y a los que la quieran, que se calcen unas buenas botas y se preparen, porque no pienso dar mi brazo a torcer. Así que medusas, pichones y otros insectos de alquiler, lárguense... ¡no me quieran ver enfadado! No me importa ceder terreno si, llegado el caso, tuviese que volver a recuperarlo. Sé que podría. Sé que podría reengancharme sin problemas, al menos no al que escape de las garras del miserable dios del tiempo, un archienemigo más terco que el sistema capitalista que nos postra sin rechistar.
No sé cuántos hubo cómo yo a bordo del Titanic, ¿pero de veras importa? ¿Y en el infinito universo? ¿Acaso soy un existencialista? 
¿Lo fui alguna vez?


sábado, 7 de abril de 2012

SIMULAR IMPAVIDEZ

Sonrojarse no es un acto voluntario ni destila ningún tipo de glamour. Es un acto que refiere vergüenza la mayor parte de las veces, provocando una desagradable sensación de desnudez. Nadie quiere quedarse al descubierto, a merced de los elementos. Si te ruborizas pierdes el último tren y gastas tu último cartucho. No obstante, sentir vergüenza de vez en cuando es algo positivo, y sacarle las vergüenzas a alguien que se lo merezca, algo muy recomendable para la autoestima. En este blog suelo hablar de ello.
Hoy en día, pero, dentro de la anestesia generalizada inyectada principalmente desde nuestras modernas pantallas LED, a duras penas se pueden llegar a cotejar las verdaderas metas; la gente, en sus flamantes e hipotecadas guaridas, tiene tendencia a resguardarse bajo el manto de la hipócrita seguridad que ofrece una sociedad sexualizada hasta el aburrimiento.
Me acuesto por las noches con la ilusión de ver un nuevo día, aunque luego me lo quiera pasar tumbado en el sofá pendiente de enchufar la PS3. Dexter ha vuelto, pero ni consiguiendo descubrir las malas artes del vecino éste se da por vencido. El derecho de estar pasando una constante reválida impide que me despierte más tarde de las 9, así lo reclama mi nueva vida. Cuando no duermo por las noches y sí por las mañanas, mi perrita me insufla la energía con la que decido no rechistar tras cinco segundos, una fea costumbre que intento erradicar (de la misma manera que se oscurecieron otras vidas que jamás existieron). Después, consigo dormir plácidamente.
Soy un hijo de mi tiempo. Pero el resto de los hijos de mi tiempo me producen náuseas. ¿Se puede vivir con un sonrojo constante? ¿Qué hace falta para cambiar la mentalidad de toda una generación? La fustigación es necesaria. Puedes adaptarte a las circunstancias, al medio, pero nada impide que te alejes de los estereotipos dictados por alguien que no te representa. O sea, que será mejor que construyas un fuerte y empieces a hervir aceite por si acaso; no es difícil que te descubran si habitualmente muestras tu inseguridad sin ningún pudor -enfrentándote a tumba abierta con los poderes ocultos que nos rodean-, la expresión de tu cara puede acabar haciendo todo el trabajo sucio sin problemas. Pero no me gusta no poder verme 30 años en adelante, llevando camisas de cuadros y coleccionando sombreros de copa (volverán, créeme)…
Traidora impavidez. Mercenaria ensimismada, vetusto vodevil que vive de las triquiñuelas de unos pocos artistas del pecado, virtuosos de la arquitectura vital más corrompida.
Las callejuelas de Granada se mofaban de nuestros pasos. Pude disfrutar de la lección sin pensar que teníamos que volver en un avión con billete cerrado, ya que normalmente no me gusta llegar a ningún sitio sabiendo que luego tengo que volver. Resulta engorroso estar pendiente de la cuenta atrás, del puto reloj, impide disfrutarlo plenamente. Es como estar de paso, o como tener la sensación de estarlo: la excusa perfecta para no comprometerse, porque mirar a los ojos de individuos que caminan sin rumbo empieza a ser insoportable. ¿Es que no va a dejar de llover nunca?
No soy tan desconfiado porque sí. Tengo mis motivos. No es una cuestión de sensibilidad, ¡rezumo sensibilidad por doquier! Son principios. Adquiridos a distancia o en consonancia con un modelo, pero principios al fin y al cabo. Yo no puedo simular impavidez en las grandes áreas. Me vine al campo a vivir para que mi ID llevara una vida tranquila, reservando los tiros y las misiones suicidas para John Marston. La magnífica herencia de una raza que perdió el norte en las ruinas de su último reducto, tanto monta, monta tanto, dejó espacio para compartir un principio de alegría incluso sin poder llegar a tolerar bien las sorpresas.
Nadie quiere quedarse al descubierto ni sentirse desamparado. ¿Para qué cambiar? Puedo sentir vergüenza por muy poco, pero me importa una mierda lo que me digan desde fuera. Dentro, la desnudez es tan agradable que me tumbo sosegadamente en mi cama por las noches, liberado de esa extraña presión que tanto me incomoda, de esa batería de despropósitos que encuentro nada más cruzar la puerta.

lunes, 26 de marzo de 2012

HOY HACE DOS AÑOS

Hoy hace dos años empezó una historia de amor sin final.

Hoy hace dos años me acosté tarde, recuerdo, pasado mediodía. La emoción era tanta que no cabía en mi. Estaba sobrepasado, me sentía completamente embriagado; venía de un desayuno insólito y revelador. Cuando finalmente concilié el sueño, creí no haber descansado ni gota, pero no importaba: tenía el tiempo dominado, el inconcebible poder de malearlo a mi antojo y, lo más importante, me sentía capaz de todo. El resto de la noche me dedicaría a gozarlo activando los sentidos y el ímpetu al máximo.

Hoy hace dos años, quién lo diría, empecé a enterrar los mitos de mi eterna juventud; cerré la puerta de mi vida anterior de un golpetazo, utilizando las mismas vías que lo cimentaron, mostrando mis dulces garras. Pese a lo atropellado de la situación –el cortejo se gestó en un torrente-, no había lugar para la confusión: todo se debía a ella, ella era el patrón.

Hoy hace dos años vislumbramos la ventana más grande jamás abierta y nos situamos ante momentos parecidos, libres de culpa y pecado. Agotados por pesadas cargas concebibles en seres que bordean la treintena, alejados de las teorías más rocambolescas. El amor, la vida, nuestra miserable existencia humana… dejan de tener sentido si no estoy con ella. Sin ella, todo me parece vacuo e inútil. Mi antiguo yo ha mutado hasta parecer una sombra de lo que una vez equivocadamente sospeché me reconocía por doquier.

Hoy, desde hace dos años y como cada día, celebro con entusiasmo intacto el haberla conocido. Venero el suelo que pisa -como futura madre de mis hijos, a parte- sin sofocos ni dramas inocuos, observando cada uno de sus movimientos con reverencial pleitesía.

Hoy es un día especial. Hoy renovamos nuestros votos, hoy te escribo estas líneas sólo para decirte que te quiero, sólo para mostrarte mi alegría.

Hoy, mañana y siempre a tu lado, princesa. Porque el tiempo vive entre nosotros sin influencia ni deterioro, porque sé que sabes de lo que hablo y porque, juntos… ¡poremos!

lunes, 19 de marzo de 2012

LA MODA DE CORRER

Correr está de moda. Correr como Forrest Gump, sin ningún sentido ni destino.
Ahora que ha llegado la primavera, ahora que el sol ya no esconde ni tan siquiera sus poderosas tormentas, es justo ahora, que existe esa moda. Antes del Gran Apagón y después de que la pulga Messi continúe cimentando su leyenda.

De momento no oso superar los seis kilómetros. Estoy empezando y no pretendo forzar la máquina. En mi rutina semanal, aeróbicamente hablando, tengo entre ceja y ceja la idea de sumar, más que nada: sumar minutos y kilómetros, acostumbrando así a los músculos de mis extremidades (históricamente sumidos en un largo desuso). Me gustó la visión de Murakami al respecto, pese a que él como escritor me desalienta a menudo; en su libro De qué hablo cuando hablo de correr, proponía una especie de diálogo fengshuista 'a lo occidental' con su cuerpo, un 'tú no me jodas y yo te cuidaré hasta los límites' bastante curioso. Lo que ya no me gustó tanto fue que dejara de fumar en seco, siendo algo evidentemente beneficioso (no por ello más fácil de llevar a cabo): el tabaco, como hábito más antiguo adquirido, suele aparecer de improviso cuando el pensamiento se da por vencido.

34 minutos. Es el tiempo que raramente puedo reducir en esos 6 kilómetros acostumbrados. Una vez los hice en treinta y tres y poco, pero fue como una estrella fugaz en el cielo de invierno en un día que debí despertarme realmente bien. Porque, como dice mi hermano, hay días en que no sabes por qué pero el cuerpo no te responde, las piernas no te van y te pesa el culo.

Cuando hablo con otros que suelen salir a correr me desespero y ellos se tiran de los pelos: ¿'Treinta y cuánto?' 'Lo harás a un ritmo trotón-cochinero, ¿no?' No, pero ojalá fuera así, callo. Lo normal sería hacer 10 kilómetros en 50 minutos, unos 27 o 28 para mis seis, lo que vendría a equivaler a pérdidas de hasta ¡siete minutos! Al menos eso es lo que dicen.
No creo que mi forma de correr sea muy ortodoxa. A veces me miro en los espejos del gimnasio, como aquellos aprendices de culturismo sin abuela, intentando ponerme derecho para no balancear demasiado mis arqueadas piernas. Es como si flotara, como si tuviera la necesidad de aprender a volver a caminar o ir en bicicleta de nuevo. Gatear para subsanar el terrible error de haber empezado a respirar atropelladamente, haciendo sufrir con ello al delicado diafragma. ¿Cómo podría cambiar eso? Aunque me preocupa, tengo la vaga esperanza de aprender por repetición, como casi siempre que el talento no cubre todos los gastos.

Los 2 primeros kilómetros son en subida, por lo que saco el hígado maldiciendo las malas artes de la madre del ternero. Son 14 minutos de sufrimiento, que uso para comunicarme con mi cuerpo con la mayor rapidez posible; es mi calentamiento particular, en el que trato de conectarme con mi ser carnal susurrándole que todo irá bien, que el padecimiento pronto pasará, pero que él no me puede dejar tirado justo en ese momento. En este caso coincide con el llano -esa comunión entre el atleta y el entorno-, pero es regla habitual citarse con ritmo a partir del minuto quince. Si logras superar esa barrera te conviertes en invencible e irías corriendo hasta los confines del mundo.
Un insulso trayecto completamente plano precede una larga bajada en gravilla allá sobre el minuto veinte. Una masia imponente domina el vasto territorio y ejerce de anfitrión de las causas perdidas mientras la rodeo y recupero el equilibrio para el rush final (el último kilómetro y medio). Normalmente tendría que apretar los dientes y dar lo mejor de mi mismo, con el final tan cerca y las ganas de acabar con semejante dolor, pero yo no aguanto y me vengo abajo. Por la propia dinámica del hecho de correr en sí puede que mejore mis parciales –en esta parte final, me refiero-, pero, indudablemente, me puede más el cansancio acumulado y arrastro mis doloridas piernas miserablemente hacia la imaginaria meta.

Una de las cosas que más daño hace es el alcohol. Odio cualquier repecho, cierto es, pero odio más todavía no poder cortar con algunos malos hábitos. Habiendo pasado por encima del tabaco y sin ánimo de profesionalismos ilusorios, Dios sabe que la alimentación y los abrevaderos contaminados son decisivos. Engañar a tu traicionera mente se convierte en un ejercicio de puro circo romano; esta vida terrenal, tan exigua como perentoria, no ofrece recompensas que puedan contrarrestar un ánimo mayor tras la llamada de la madre Gea, de eso no hay duda. Exceptuando hechos incontrolables o de fuerza mayor, es así como lo veo, por lo que no voy a perder el tiempo en convertirme en un jodido iron man. Por suerte no he llegado a ese punto, aunque respeto a los de semejante calaña y les admiro tanto como a los que corren en bicicleta 225 kilómetros en pleno mes de julio (mientras yo les asisto desde el sofá cerveza en mano).

No me gusta competir. Competir significa comparar, y no me gusta compararme con nadie. Sin embargo, con la edad, he llegado a desarrollar interés por deportes que de más joven aborrecía, y algunos no pueden practicarse a solas. El tenis y el running -no lo voy a llamar atletismo porque no pretendo menospreciar al colectivo-, son dos ejemplos claros (con Ivan Lendl siempre en la memoria), y la intensidad con la que afronto ambas especialidades aumenta inexorablemente. Calcular el ímpetu para no agotar el repertorio a las primeras de cambio, junto con estrategias para dilapidar toda una herencia sedentaria sin tener la sensación de perder nada, son dos de mis objetivos. Eso sí, la línea que les separe del placer deberá ser lo más sutil posible, sobre todo para que los dos mundos, una vez presentados, no discutan ni piensen en aniquilarse entre ellos.

Correr está de moda. No necesitas nada, sólo un par de zapatillas y ganas de empezar. Creo que he vuelto a Murakami; es evidente que es muy saludable y que regula el sistema cardiorespiratorio y la flora intestinal, entre otras cosas. Yo no aspiro a grandes resultados pero sí a acostumbrarme y a ir subiendo peldaños poco a poco. Como no me gusta competir, dado mi mal perder y mi afán por la soledad en espacios abiertos (todo se acaba destapando, incluso mi forma rara de correr), yo soy mi único rival.

Sumar minutos y quilómetros para atreverme luego con más, pero… ¿por qué lo hago? Y, lo más importante…
¿en qué diablos pienso mientras corro?

lunes, 20 de febrero de 2012

VEINTE AÑOS SIN LUZ

Hoy hace veinte años hubo un apagón. Como antes, según la leyenda, la misma consiguió filtrarse por la iglesia que tanto he contemplado, no muy lejos de un San Ignacio desconocido, el enfermo.
La montaña mágica que hizo resoplar de admiración a mi impertérrito amigo francés, el origen de muchos de los misterios que tanto nos seducen, fue la encargada de canalizar semejante milagro. Siempre en veintiuno de febrero, nunca en otra fecha.
Si hoy hace veinte años se apagó la luz, todavía cuando alcanzamos a vislumbrar el recuerdo de un pasado legendario oigo el retumbar de la nada, inerte, en el suelo. Tirado en un charco de sangre y cemento recién inaugurado, dicen que mi padre saltó como un resorte desde aquel banco.
He tratado de imaginarme la situación algunas veces, visualizando el momento exacto en el que debió levantarme del suelo, con mis brazos caídos al espacio sideral y las caras poco acostumbradas de los otros niños. Calculando el tiempo que pasó entre una cosa y la otra, mi llegada al hospital, la oscuridad volcada en un repentino hachazo de la diosa negra, y el amargo vaivén entre la vida y la muerte, sin luz al final del túnel ni ningún rayo de esperanza cercano.
Hoy hace veinte años hubo un apagón. Mi visión sobre el mundo iba a cambiar poco a poco y con apenas doce años. La huella del accidente sigue muy presente en mi y hoy, veintiuno de febrero -veinte años después- no voy a salir de casa por si acaso. Como un rito extraño, como una tradición adherida a mi carrusel de manías y otras deidades menores, la vacuidad del ser adquiere todo su sentido e irresponsabilidad. La imposibilidad de permanecer en esta miserable vida terrenal, tal y como Morfeo se ha encargado de recordarme esta noche, la primera después de seis noches de esclavitud tras una semana de locura.

martes, 14 de febrero de 2012

PICOS A ULTRANZA

Es difícil reaccionar en un ambiente tan hermético.
No es de una hostilidad desmesurada, más bien resulta molesto y constante. Cuando las cosas no avanzan y los días se suceden entre el frío y el hielo, entrar en un bucle de negatividad puede ser un canal de rigidez condenadamente gélido.
Lo veo. Estoy en él. Percibo sus mierda-vibraciones con claridad y cierta pesadumbrez, ergo... será que el final no puede estar lejos.
Digo, hace frío. Muuuucho frío, más que nunca en esta estación. Mis nudillos empiezan a resquebrajarse. Es un hecho, el invierno suelta sus últimos coletazos.
De los polos se desprende la inmediatez del centro de la Tierra. De la candidez de las garras de la alimaña, entristecida por el cambio climático, se extrae el aceite de la clarividencia frenopática. La poca cabeza del orangután domado, que emprende migraciones a expensas de demasiadas pocas cosas. Un libertinaje mental difícil de entender si no naciste en esta península, maldita como ella sola. A nuestro atraso histórico me remito, no a la gloria imperial dilapidada en cereales de países llanos y herejes como ellos solos.
Hoy todo se quiere blanco y en botella, la gente no es consciente de que los privilegios adquiridos jamás fueron gratuitos. El ciudadano de a pie no quiere saber nada de luchas ni revueltas, no sea que pierda algo por el camino. Todos nos quejamos pero no hacemos nada para remediar una posible situación que atente contra nuestro modus vivendi. El mazo ha hecho estragos en las escuelas, pero parece no importar que la educación no debería depender nunca de los designios de un gobierno concreto.
Necesitamos una medida desesperada para descongestionar lo que la crisis embotelló. El privilegio: una camilla vacía. Anoche no tuve más remedio que dejar constancia fotográfica de la ineptitud de las cabezas pensantes de este puto lobby global. Del que paga la seguridad social y exige con desconocimiento ayer me encargué bien; éste comprende, de buena tinta -el bocaoreja entre memos corre como la pólvora-, que la mejor manera de permanecer es golpearse en el pecho al son de los tambores de una masculinidad pretérita. El que se sienta detrás del cristal, pero, sabe contrarrestar semejante corriente maligna, y no es a base de mal aliento y matasuegras precisamente.
Salí a pasear por la decadencia del campo yermo cogido de la mano del personaje más pintoresco del lugar. La botella la puse yo mismo, de mi bolsillo. Al llegar a la zona de combate, el pobre no pudo más que broncoaspirar con los ojos como platos. La retaguardia se convirtió para él en un recuerdo tan lejano como la ubre de una lágrima en busca de aliento. Bebimos un trago juntos y nos despedimos con un breve ademán.
Aborrezco la estupidez desde hace mucho, la mía sobre todo; al reflejarse en los demás, crea un efecto que sonrojaría al mismísimo Crick, apartando las miradas curiosas del verdadero problema que supone defender una posición absurdamente inalienable. Si abriésemos la mente en una orgía de LSD a lo chamán poseído, no habría suficiente espacio para todos. Sobre la complejidad de la doble hélice y su misterio poco que decir, pues: visto que el universo no perdona una y cómo suele reírse de nuestra acepción del espacio-tiempo, nos queda sólo seguir sentaditos mientras nos estrujamos el cinturón un poco más. O mientras nos lo estrujan, que no es lo mismo, y éstos sí que lo hacen con nocturnidad y alevosía.
Es muy difícil recuperar la capacidad de reacción en un ambiente tan hermético como este, es su día de los enamorados, pero las cosas no avanzan y los días se suceden entre picos que se alzan decididamente esquivos.


lunes, 6 de febrero de 2012

CUMPLÍ 32

El martes cumplí 32 años.

No fue la casualidad la que me alejó del foco y la tensión, ni tampoco la desesperación.

Un resorte natural de última hora, como dos niños agasajados en el sofá de improviso, un destello en el salón.

Cacareamos canciones que nos distinguen, no tomamos nada a cambio. Esta vez no fue necesario. Qué hay del humo, me preguntaron. El justo y el necesario, respondí, no lo voy a negar, no hace falta que se santigüen.

El día era gris, el frío de los gulags estaba al caer. Oímos la burbuja poco antes de caer, una razia, algo rápido, todo sin pensar en la hora de comer. Y el brindis… ¡ay, el brindis! El sol caía y no quería merendar, sacrílego impío, pero tampoco nos importunó.
¿Qué íbamos a hacer?

Estuvimos en Florencia dando una vuelta, no fue un rumor de babor ni estribor, ni del este o el salvaje oeste nos llegó la confirmación del mástil; mi vida entera lejos de tener sentido hasta entonces, pensé, esto es lo que enumera una existencia breve y cruel. Al día siguiente teníamos un vuelo a New Jersey.

Y luego...  oleadas de pasión y desenfreno, comida para perros, del destino hacia el faro que da nombre al rumbo entre dos mares, vida mía...
todo junto a ti, nada siempre contigo. ¿Qué más se puede pedir?

El martes cumplí 32 años. ¿Quieres preguntarme cómo pasé el día?


viernes, 27 de enero de 2012

SER PACIENTE

La paciencia, esa gran virtud irreconocible, perdida en combates imaginarios llenos de una agresividad natural mal digerida que arremete contra todo y contra todos. ¿Cuándo la perdí? ¿Qué hay que hacer para recuperarla?
Sé que está en juego no sólo una vertiente antisocial, si no también y sobre todo una sensación de engreimiento, como un verdugo sin aplomo –ni longanimidad- que camina a pecho descubierto sin miedo a ser señalado. Convertirme en un ser constantemente impaciente o estar en paz conmigo mismo; sentir cómo la frustración fluye por tus venas, cómo ese veneno endiablado avanza impunemente por doquier hasta cubrirte de un oscuro rencor lleno de energía negativa, cuando tú sólo esperas que pase de largo y acabe dejándote tranquilo de una puta vez. Así es de incontrolable esta maldita guerra interior que pretende –ilusoriamente- hacerme llegar tarde a todo.
La gente en el trabajo critica por tener algo de que hablar. Como decía mi madre, donde hay gente hay envidias. Y cuando no hay nada de que hablar, intentan establecer vínculos ficticios, la mayor parte de las veces obligados por un sentimiento de pertenencia que resulta inútil y extraño a ojos del que te paga la nómina a final de mes. Reconozco las reglas sociales básicas, pero muchas no las comparto y las considero completamente innecesarias. ¡Ay de mi, Schettino! Pobre diablo sin suerte ni ventura, esclavo de mi ser carnoso y cruel -bendito terrone-, ni por los mínimos básicos te salvas al fin y al cabo.
Estoy harto de ser condescendiente. Harto de pensar que tengo que serlo. ¿Quién me ha otorgado semejante poder? ¿Con qué propósito me creí mejor que los demás? Me paso las noches enteras buscando amparo entre la ausencia de empatía y el deterioro de la culpa, desternillándome con la falta de escrúpulos de la artificialidad más banal. Pero, ¿acaso no me he equivocado de camino? Cuánto aprendí con la de bandazos que pegué... ¿es que eso no cuenta, al menos siguiendo la aceptación griega en su sentido más estricto? Y lo más importante, ¿cuándo se callarán esas malditas voces involutivas que torturan al aprendiz día tras día?
La paciencia. Esa nefasta virtud olvidada, defenestrada por la poca voluntad de servir y la intransigencia del prójimo. Como si no estuviese en paz conmigo mismo, como si la distancia hacia mi madre fuese una losa demasiado pesada para mi o un trayecto a todas luces insalvable; la confianza destiñe el paso del tiempo y carece de pócimas milagrosas, pero, si no confías en nadie, ¿en qué te convierte eso? ¿Un simple aprendiz de maestro, crees?
¿Acaso he perdido toda esperanza? Todo renacería si dejase de intentar influir en mi entorno, si cejase en mi empeño de controlador nato. Mi verdad no es la única verdad, la paciencia no es el único rasgo evolutivo que no poseo. En eso ningún griego puede ayudarme.
Me sitúan en esa línea cercana al horizonte. A unos días de cumplir 32 años, descifrar esa violencia innata –ahora que las noches se acortan-, no depende de las necesidades mañaneras de mi perrita Chloe, pero no la exculpo del todo; la verdadera razón de mis atribulaciones tiene que ver más con la percepción equivocada de que todo lo que me envuelve es imperecedero, de que todo volverá a ser como antaño _un varadero en toda su magnitud. ¿Cómo recuperar la tranquilidad para aceptar cada propuesta alejada del impulso momentáneo?
Resistir los envites del Mal, que se presenta cíclicamente para recordarnos nuestra naturaleza humana, ya no es sólo una cuestión de espíritu. El tiempo es el único elemento que no somete al maestro, puesto que de él se alimenta; en su sabiduría, reconoce los valores del juez supremo para intentar permanecer, impasible ante las desdichas que van sembrando los alrededores de caos e indecisiones, manteniéndose firme y paciente, al menos hasta que salga el nuevo disco de The Mars Volta en marzo.

lunes, 16 de enero de 2012

HORIZONTES, TERCERA PARTE (IN ABSENTIA 6.3)

Continuando con la ambiciosa serie de escritos que pretenden desgranar el futuro gota a gota en este nuevo y definitivo 2012, el tema de la familia -una constante en mis vuelos aeronáuticos-, es el siguiente que quiero tratar.
Nunca me he considerado un hombre de familia por razones obvias. Sin embargo, esas mismas razones que simplificaron y redujeron sentimientos una vez, destacan hoy por ser tormentosas y tema poco baladí
_pese a la distancia y el olvido.
Reviviría el trauma profundo que me dejó mi padre durante 18 años, pero sería en vano; el recuerdo angustioso de una judía gigante succionándome todavía persiste, copando las noches que hace más frío y dejando la respiración a un lado. Sin la figura física del pater, pues, todo parecería perdido, si no fuera porque la misma toma formas que la razón desconoce
_para acabar desapareciendo inexorablemente con la garúa de la mañana.
El resto de nosotros esperamos que haya un año en el que nos juntemos de verdad y para siempre. Como una utopía, el retorno del hijo pródigo debe apuntalar estos maltrechos lazos extrañamente cotidianos. Nos agarramos a ese clavo ardiente con renovados bríos desde hace poco, lo suficiente como para anhelarlo de corazón pero. ¿Y si aumentara la familia? ¿Y si del núcleo tradicional pasásemos a algo más? Deberíamos estar unidos, pues.
Mi relación con mi hermano mayor siempre fue de padre encubierto hasta que me enseñó El Padrino. En alguna ocasión ya he tratado esta cuestión. Ahora vivimos en un mar de respeto que se ha afianzado gracias a nuestras respectivas mujeres, anclas absolutas de nuestro mar de fondo, administradoras del derecho a formar parte de la manada.
El pequeño es diferente, siempre lo fue. Él se ganó mi admiración –sin ser eso gran cosa ni motivo de algarabía- hace ya mucho. He intentado que se percatara de ello los últimos años, casi desde que se fue a vivir a la Roca, pero no hay manera de arrancarle esa coraza a la que se aferra con la misma fuerza que un marinero al palo mayor en una tormenta. Como buen lobo de mar hecho a sí mismo, moldeado por las idas y venidas de una mar caprichosa, curtido como el sol de un ocaso que se resiste a abandonar sus mismos ojos; en encubierto, las vidas posibles del señor equilibrista. En juego, traspasar la última frontera más allá del tiempo, la distancia y la discriminación de ley.
El miedo y sus coberturas, signos de una experiencia no cabal demasiado antagónica, no dejan lugar a la esperanza en esta nueva época preapocalíptica. Nuestro fin del mundo particular empezó al regresar yo de la bota. Algo había cambiado en casa, algo olía a podrido en el reino. Sobre la responsabilidad alejada de los actos de una juventud alocada se basaban sus dudas, decían que no influían tanto los astros como las ganas de dejar de fumar o de comprarse un coche; si el aguador y sus amigos nunca tuvieron nada que ver, pues, y las alarmas resonaban con la misma fuerza que un elefante en celo, es que la cosa iba a ir muy en serio, pero no ha sido hasta ahora que no me he dado cuenta.
¿Es el dolor a la pérdida y al 'mientras tanto' lo que me impulsa a huir de las consecuencias?
Ojalá pudiese dar las gracias sin sentirme estúpido y sucio, puesto que sólo un necio se desentiende al acostarse, así como un devoto no gana para disgustos si sus oraciones acaban cayendo en saco roto.
‘Es duro aceptar que jamás volveré a comer aquél estupendo lomo con almendras’, le dije a mi novia. Mientras, ella me miraba recriminándome mi prolongada actitud evasiva sin palabra alguna, sojuzgándome sin dilación ni piedad alguna, encajonándome la prisa que durante más de tres años había enterrado en lo más profundo de mi ser.
Sin más opción que la de dar un paso al frente, aquella gran culpabilidad propia de los vástagos se diluye como el humo que se filtra por la persiana cuando amanece, dejando paso a una responsabilidad cabal que se aleja del miedo y sus coberturas sin más ruido que el que provocan sus sílabas en boca de otro.