domingo, 14 de agosto de 2011

PÉRDIDAS CON MEDIO LUSTRO DE RETRASO


Mientras observaba a mi Chloe palidecer allá en el piso, tras el duro postoperatorio, iba reconstruyendo el personaje más molesto de todos. Sus temblores desconocidos se me clavaban como puñales de otro tiempo; sufría los ardores propios del hombre que tiene que salir a por tabaco y acaba regresando al día siguiente. Esa ansiedad desregulada es la que me estalla en las narices una y otra vez, tiñendo de negro la hoja de reclamaciones más absurda, difundiendo la incertidumbre de arriba abajo y del frío ártico a los remotos mares del sur.
¿Cómo había llegado hasta aquí? Habría cientos de miles de casos en los que tildaría de amoral la situación y podría llegar a abarcarlos a todos sin atajar, pero en un caso tan cercano duele de cojones y no alcanza a cubrir los daños: que jueguen con lo que creíste que era tuyo, inamoviblemente tuyo, es tan frustrante como opinar concretamente sobre algo; sobre la visita del Papa y las jornadas éstas que no paran de anunciar en la Cope, por ejemplo. O sobre la desgracia de Oslo y la perversión del ser humano mientras Londres arde y el mundo entero se prepara para la enésima revolución (antes de que el planeta explote en mil pedazos).
La náusea precede a un estado hipnótico lamentable: a cuántos no les costaría apretar el gatillo o arrojarte a los leones porque sí. La mera idea de convivir con todo este montón de mierda me repugna hasta los límites de la frontera del sosiego, hasta encharcarme la pleura por completo. Si durante estos últimos cinco años no hubiera logrado completar el proceso que me libera de toda esta basura, tendría un motivo para actuar en consecuencia, una vía de escape que no menospreciara ningún tratamiento oncológico ni los esfuerzos de un viejo amigo en apuros.
Si hecho un vistazo no veo más que sombras, mas nada quisiera con el mismo trastorno que el amor de mis dos chicas nomás. Hice algunas cosas que recordé esta noche, algunas como robar en un supermercado de Mónaco o caer violentamente al piso engrilletado por un carabiniere palermitano que no atendía a razones. Jamás pensé en el dinero ni en cómo abastecerme, era un inconsciente y un maldito insensato. Llegaba tarde a mi cita con el destino, pero… ¿cómo cojones iba yo a saberlo? ¿Cómo iba a suponer que yo también encontraría la Piedra Filosofal? El problema es el antagonismo que le resulta. La felicidad exhalada en un suspiro, el deseo… volatilizado, como siempre. Desde la bolsa de interinos hacia los recortes sanitarios. De la vida a la muerte en menos de un segundo, para compensar un caramelo envenenado y el ajuste de una doble responsabilidad tristemente aceptada como el desafío más grande al que jamás podré someterme.
Repelo al ser genérico con sumo placer y a él le saludo de lejos. Desempolvaría mi fusil se fuera necesario llegado el momento. Por lo demás, ardo en deseos de esperar a que los turistas se vayan y nos dejen disfrutar del momento: 19 días para cruzar el charco como un Viracocha encarnado, y una mochila repleta de ilusión para recorrer los restos del Imperio Incaico tras los pasos de los hermanos Pizarro y todo su tropel de saqueadores impíos.
Mientras observo a la pequeña Chloe tratando de jugar con su desgastada flor en el piso, todavía convaleciente tras el duro postoperatorio, voy reconstruyendo al personaje más molesto de todos. Pero las noches de un verano inoportuno no me sonrojan con desdichas de otro tiempo; sufría los ardores del hombre que tiene que salir a por tabaco y acaba regresando al día siguiente, si bien esta ansiedad no regulada que me estallaba en las narices una y otra vez, retumba hoy en el negro alquitrán como una cándida retahíla protegida por el manto de la sabia Mama Quilla.

viernes, 29 de julio de 2011

RIESGOS ANACORÍTICOS FORTUITOS

De la misma manera que el mar nunca cede, el problema a sortear es el que se origina por el espacio que hay entre la falsa ingenuidad necesaria y un demoledor pronto mordaz. Hay que ser precavido -asoman tiempos difíciles-, pero yo no puedo dejar de preguntarme qué hay de veraz en ello.
Sobre lo que hice y lo que podría hacer no hay dudas: una posible salida de tono merece tratamiento indeleble y corazón acerado junto a una expresión incrédula a más no poder; no es responsabilidad mía si los que una vez me cercaron no son capaces de gestionar un patrimonio así, ya que, si bien me duele, no pretendo perseguir ni condenar a nadie bajo pena de destierro. Fantaseo con ese extraordinario poder mientras cabalgo a lomos de Bucéfalo buscando un lugar, uno que siempre acaba siendo demasiado pírrico para el inexpugnable fortín mental. Si pudiese recuperar aquella capacidad para sorprenderme al máximo, aquella sensación bañada con una adrenalina casi virgen, encontraría aquél soporte que aseguraría el recuerdo con pie firme y esperanza intacta.
El viaje nunca acaba. Adoro al machete que me permite progresar rechazando la espesa maleza como compañía que murmura torpemente entre la espuma que domina las horas muertas. Malgastaba el dinero huyendo del origen del dilema que me hostigaba noche tras noche, lejos de la arena y las bagatelas del colmado. En el barrio, las cosas nunca mutaron lo suficiente como para hacerme volver a replantearme mi modus operandi. No obstante, pensar en lo que pudieran conseguir no me inquietaba demasiado: era lo que yo jamás alcanzaría lo que no me dejaba vivir.
Seguridad es lo que todos anhelamos. E irradiarla por doquier. Estaría cerca si no mostrara signos de flaqueza entre el desespero de agujas que pretendiesen atravesar la cota de mallas; la identidad perdida sería como un juguete nuevo en manos del caprichoso emperador, a merced del desarraigo y los secretos de alcoba. He relegado a la desidia en aras de un destino mejor, arrinconada por completo por obra y gracia de una pequeña flor azul que sólo crece en las raras montañas del prepirineo catalán.
De la misma manera que el mar nunca cede, el problema a sortear es el que se origina cuando el tiempo de reacción se acorta tanto que concede una excesiva ventaja al jodido Gran Hermano, y una tendencia a arriesgar el preciado botín del que una vez quiso ser anacoreta por accidente. Hay que ser precavido, pero yo no puedo dejar de preguntarme qué hay de bueno en eso. *
* Dedicado a mi viejo camarada Iván Bati 9 en su día, año del Apache.

miércoles, 20 de julio de 2011

O QUÉ...

Las comparaciones son odiosas, muy odiosas. Pero yo no soy muy ducho en esa mierda, nunca lo he sido.
Tras cierto tiempo insistiendo en un tema muy farragoso, un compañero de trabajo volvió a embestir anoche con la misma mierda, esa en la que no soy muy ducho:
_... Pues empieza el día 15 de septiembre, en serio. Dice que ya está harto del trabajo de aquí abajo, que no lo soporta más. ¿No te han dicho nada?
_Pues no, pero me extraña. Me lo hubiera dicho, o me hubiese enterado ya.
Empiezo a perder la paciencia, intento ser amable, llevarme bien con el populacho siempre, pero el hijoputa no deja de fastidiarme y parece haber pillado carrerilla y no querer parar. Se ríe como una alimaña, diríase que disfruta. Me da puto asco, siento puto asco.
_Pues como no te den la plaza a ti se te va a acabar el chollo, porque, seamos honestos, si no, ¿acaso estarías trabajando? O qué.
Suena el teléfono. No puedo dejar que suene mucho rato, pero me arde todo. Me ha calentado tanto y llevo tanto tiempo aguantando que debería saltarle a la puta yugular sin dudarlo. ¿O qué cojones? Un resorte conocido me impulsa a descolgar, al tiempo que el fulano desaparece dando un portazo rápido, evitando la fulgurante reacción que se había estado cociendo en mis entrañas. No puedo evitar pensar que me ha pillado con la guardia baja y que soy un grandísimo pardillo, pero eso es siempre a posteriori.
Esta noche ha vuelto a mi garita, hace poco rato. Se ha puesto a leer el periódico con un aire despreocupado muy repelente. Yo estaba presto y dispuesto, con la guadaña afilada. Qué demonios, soy conocido por no dar cuartelillo al apuntador, pensaba esta mañana. ¿Qué tendría que perder? ¿Una conversación absurda menos en el trabajo? Su labor no se relaciona directamente con la mía. Qué ganas le tenía… pero necesitaba un motivo, una frase fuera de lugar al menos. Cualquier excusa para propinarle un hachazo mortal; como si intuyera algo, si es que los memos como él son capaces de hacerlo, ha relajado su postura y hasta me ha pedido permiso para llevarse el jodido diario.
_¿Tienes mucho curro, eh? Le espeto yo en el mismo tono sarcástico que suele usar él.
_Bah, como aquellos no se sacan la faena de encima yo paso, ya me llamarán.
Como si él tuviese el poder de asegurarme el trabajo, de otorgarme la plaza. No voy a escribir que todo el mundo, aquí, piensa que es gilipollas y que le falta un hervor. Ni que ganarme un enemigo con tan poca conexión con el resto de la gente, aquí, no me perjudica en absoluto. Sin embargo y tras muchas pruebas, idas, venidas y otros contactos con el pueblo llano (aquellos que no forman parte de mi círculo, se entiende), no puedo evitar pensar en un fracaso o despiste manifiesto que me aleja del rebaño y el camino que intento seguir. Y, sinceramente, no me apetece nada volver sobre mis pasos.
Pero claro, me pregunto cosas, muchas cosas: ¿cómo un puto desgraciado se atreve a soltar semejante frase hiriente como si nada? La de seamos honestos, si no, ¿acaso estarías trabajando? O qué (undécima línea). ¿Con qué confianza -o lo que sea que le dé alas a este puto tarao- suelta esa mierda? ¿En algún momento es consciente de lo que está diciendo? ¿Lo hace con mala leche o algún tipo de maldad tragicómica, o sólo es a modo de pasatiempos tipo qué fresco que hace para el mes que estamos, no? ¿Y qué cojones sabe ese tío sobre mi vida para opinar así libremente? O qué cojones...
Intromisión es un término muy suave para definir la situación, pero me gusta esa palabra. Laura trataba de calmarme de vuelta en el coche (vols dir que no en fas un gra massa?), pero yo sólo pensaba en cortarle la cabeza a ese cabrón. No es que ya no entienda cómo alguien puede inmiscuirse así sin más, no es sólo eso. Simplemente, no puedo dejar marchar a alguien así, sin más. No hay impunidad posible. Ella lo sabe y rectifica, y yo también lo sé. Su mierda de vida tampoco es de recibo y sería un objetivo demasiado fácil a la vez que poco honorable (como recurso), mientras yo quedo al descubierto con mis vergüenzas al aire y todo lo que una vez fue aspiración queda convertido en posible broncoaspiración.
La verdad es que el episodio de anoche supeditó el resto de mis relaciones desde hora bien temprana. Me sentí inseguro y oprimido, cosa que provocó numerosas fricciones de difícil resolución. Algunas tan livianas como las referentes a mi nuevo peinado o despeinado, según quien mire. Al final, pero, ese fulano no pretendía comparar nada después de todo, ni mucho menos ser ducho en algo tan complicado para una mente tan pobre. Pero yo no soy un capullo y todo tiene un límite, no necesito que nadie me recuerde que yo sí los tengo (límites),
¡¿o qué cojones?!

lunes, 11 de julio de 2011

VACACIONES Y OTROS REMEDIOS CASEROS DE INTERÉS

Las vacaciones. ¿Cómo escribir sobre ellas? Si la gente se muere y el año que viene el mundo se va al garete. Pero se me ocurre una cosa, una muy sencilla: el volver después de una semana o dos, según se tercie, ya no es tan dramático como antaño. Lo digo en serio, y, como tal, ayer mismo se lo trasladé a Laura. Pretendía ser un hecho concreto, demostrable, empírico, no un cumplido fácil. Intenté que lo viera desde las dos vertientes porque no pretendía engañarle ni traicionar mi espíritu, no a estas alturas. Al fin y al cabo, puede que no sea muy ocurrente, ¿verdad? Pura estabilidad.
Volver al trabajo sí que es un drama en toda regla. Te sientes torpe, fuera de lugar, nada encaja porque tú no encajas. Las horas son mucho más interminables que de costumbre y gozas menos el fin de la segunda temporada de Breaking Bad. Me pregunto cómo es que la dejé de lado en su momento. Ni siquiera son las siete, el reloj no avanza. Es injusto, sobre todo ahora que llevo uno de pulsera, uno de relumbrón. Laura está enganchadísima a Anatomía de Grey mientras yo sigo cambiando mis costumbres. Existe una lucha soterrada para imponer nuestras respectivas series al mínimo despiste; lo que antes provocaba miedo y rechazo ahora resulta esperanzador y conmovedor. Soy como el niño que nunca fui pero con 31 años, siempre preparado para asumir nuevos retos como la esponja del almacén de Pessoa. Quince minutos me separan del coche. ¿Dónde lo habré aparcado, por cierto?
Me pregunto si alguna vez he dejado de estar de vacaciones. Sé de alguien que también se estará haciendo la misma pregunta. Después de medio año, el 2011 ha dejado de latir para sellar la fusión definitiva entre el cielo y la tierra, entre el blog y mi persona. Entre la paz y la guerra. Lo que una vez impulsó esta vena reposa felizmente hoy entre las paredes de este tranquilo y aburrido pueblo de la campiña bergadana. Quién me viera ayer tal vez se pregunte qué es lo que queda de mi. Yo mismo me lo pregunto a veces, pero sólo a veces. Cuando salgo de mi ensimismamiento vuelvo a mi agradable realidad y a los nuevos problemas con espada presta. Tengo lo que nunca soñé alcanzar porque creí de veras que me la estaban jugando, por lo que mis reacciones son más lentas de lo habitual y se rigen por unos parámetros basados en una existencia mal medida y peor llevada.
A estas alturas del verano y después de recorrer la Costa Brava, mi bronceado ralla lo esperpéntico. Jamás estuve tan moreno como en estos días de julio, mi mes preferido como suelo decir. Ya ni siquiera mi piel se queja ni se enrojece como la de los guiris que usan una protección por debajo de cinco. Tanto alcohol no puede ser bueno, pero de eso vivimos en este país. Hay que joderse. Acabo de volver de vacaciones y todavía no las he hecho. Tiene guasa. Te pasas gran parte del año deseando largarte y cuando por fin lo consigues, un suspiro de alivio recorre tu maltrecho cuerpo para prometerte que siempre habrá una segunda oportunidad lejos de tu sofá. Una en la que cruzar el charco sea un juego de niños al alcance de todos, una en la que llegar a la Montaña Vieja sea la máxima cima, no sólo del viaje concreto, si no de toda una sensación captada por entero y aspirada con la mayor vehemencia posible.
Escribir sobre las vacaciones, ¿para qué? Yo siempre estoy de vacaciones. Se acabaron los dramas. Pura estabilidad.
Pura vida. *

* ¡Iniesta de mi vida! (Un año después).

viernes, 24 de junio de 2011

COMO SI NO SUPIERA RELACIONARME

Llevo unos días fuera de mí y no sé si echarle la culpa al eclipse lunar del día 15.
Se me acaban los argumentos para justificar un cataclismo de máximo secreto, con lo que mi nuevo estado civil no alcanza para destapar el gran misterio y provoca que pretenda reventar mis órganos internos más lentamente de lo habitual, 
si bien no antes del anuncio definitivo.
¿Puede ser la culpa suya? Es un esfuerzo ínfimo el que me reclama, y yo soy incapaz de concederle semejante afán. Me gustaría saber cuándo se activó en mi ese resorte que me empujó a estar constantemente en guardia; tradicionalmente con demasiada frecuencia –por desgracia-, no he sido un toro fácil de lidiar a la hora de, por ejemplo, mantener una conversación de intensidad baja. Y no es que fuera yo una persona de altos vuelos -cosa que me han achacado a menudo-, no. Los motivos varían según con quién hables y se cuentan por miles; algunos comentan que, tras mi enamoramiento definitivo, ha habido una clara relajación en cuanto al carácter y los desvaríos, cosa que juega a mi favor. Entre los asiduos, las más agradecidas, las novias de mis amigos. Otros, no obstante, aluden sin ningún pudor a lo que yo llamo fin de la inocencia y caída de los mitos, o lo que es lo mismo, el jodido e inexorable paso del tiempo, un tema, más que trillado, principal 
(en esta bitácora).
Que la vejez afloja esfínteres es indudable y más que evidente, pero de la propia evolución personal pocos hablan, y eso es debido a que es mía-propia, personal e intransferible, y de eso sólo sé yo. En esta materia, ninguna opinión es de recibo. Sin embargo, cuando crees que tus retos ya no pueden llevarte más allá, descubres que siempre acaba surgiendo algo nuevo que te obliga a mantener tu credo inalterable, lejos de la impaciencia habitual. Es esa otra manera de estar en guardia, más acorde con las necesidades actuales. El cómo combinar esas dos esferas (la personal y la social), es algo que ni yo mismo me explico cómo me sigue costando tanto, a estas alturas. ¿Un defecto de fabricación, tal vez?
Había una cena, pero mañana surgirá otra cosa y hoy ya era Patum. Siempre hay algo que me sirve de excusa para dilapidar meses de trabajo en un solo instante, en una sola frase. Mi boca arde por escupir toda la rabia contenida como si fuese un jodido reactor nuclear apunto de estallar y, a partir de ahí, intentar que no salpique con daños colaterales. La gente lo entiende como una digna consecuencia del estrés acumulado y sonríen con un cuchillo entre los dientes, en vez de seguir utilizando una obviedad tras otra como piedra angular de la miserable cháchara que comparten con animosidad. No soy mejor que nadie, pero tampoco desenvainaría gratuitamente mi espada láser. 
Siempre hay una razón de peso de por medio.
De vuelta en el refugio, que es en lo que pienso desde el primer segundo en que empiezo a sentirme mal, reviso las huellas de una vida animal y me dejo caer entre las suaves sábanas de lino blanco de mi cama. Es temprano, huele a café recién hecho y los albatros canturrean al unísono. Estoy contento, el peligro ha pasado, vuelvo a estar preparado para el contacto (justo antes del anuncio definitivo).

miércoles, 8 de junio de 2011

CHLOE


Una interminable lista de agravios y entradas pendientes me caía hasta los pies tras ser desplegada a modo de acusación. Esto me producía un profundo desasosiego difícilmente tolerable, pero el escriba apenas se inmutaba. Mientras me iba haciendo una montaña del asunto y calculaba las horas que tendría que dedicarle (descubriendo no pisar suelo firme y que el papiro era inagotable), la extraña postura que manejaba el fulano –irradiando bondad por doquier- minaba mi paciencia y las ganas de responder ante un jurado hostil, cosa que, por otro lado, no podía posponer.
Sonaba un piano de fondo, lo hacía con piedad. Me desplacé flotando hacia el origen exacto de la celestial melodía, pero sólo alcancé a ver unos larguísimos y huesudos dedos itinerantes. Estaba agotado, no quería seguir malgastando mi tiempo, yo sólo intentaba satisfacer la demanda a toda prisa. La lluvia parecía no tener fin. Percibí una presencia a mi lado que no acababa de mostrarse. Sentía que el pánico se apoderaba de mi, no podía controlar la situación. El fulano era decididamente esquivo, resultaba inútil tratar de averiguar qué demonios pretendía.
Al otro lado de la calle, la bella Chloe se desplazaba con unos pasitos cortos muy graciosos. Se contoneaba con una gracilidad hermosa de ver y todos, menos el escriba, la miraban. Éste asistía impertérrito al espectáculo; su rostro, tan altivo como difícil de encajar, dejaba al descubierto una extraña sombra a la altura de la barbilla. Chloe, tan lozana como de costumbre, se empeñaba en intentar demostrarme todo su cariño al tiempo que solicitaba mi absoluta atención, pero yo no estaba por la labor. Con todo lo que me estaba cayendo encima, era irritantemente impertinente.
El pianista no llegaba a sacarme de mis casillas, ni tan siquiera la dulce Chloe. Era el maldito escriba que, con su mirada penetrante y amenazadora en momentos de máxima tensión, se negaba a proporcionarme las respuestas que necesitaba para salir de aquel puto laberinto. Desde la necrópolis, en espera de una taquilla que estaba mendigando en exceso, no podía hacer otra cosa que esperar. Esperar mi jodido turno y que los trabajos no se prolongaran en exceso, cosa que, por otro lado,
no debería posponer mucho más tiempo.


martes, 24 de mayo de 2011

UNA PRESUNTA VISIÓN SESGADA


La verdad está en casa mientras la mentira trata de envolver lo que queda de ella desde fuera, desde el viciado exterior; nunca es azote suficiente el autoinflingido si no hallas el modo de pasar inadvertido, si no encuentras la manera de pasar por encima de convencionalismos y falsas proezas que aspiran a ponerte a prueba y demandan constante atención.
No era mi intención llamarla al orden ni urdir una estratagema clara. Sin embargo, una desconexión prolongada suele provocar estragos:
- (…) Como los trípticos de los hospitales, con falsas de ortografía por todas partes. Es increíble, ¿verdad?
- Total, para el que lo tiene que leer…
No debería haberse girado hacia mi. ¿Qué esperaba? Todos me miraron. Llevaba una media hora sin decir ni una palabra. Ya no cabían más pensamientos en mi aturdida cabeza. Hubo un estertor de estupefacción generalizada seguida de un silencio sobrecogedor. Mi novia me miraba con los ojos más grandes que le había visto hasta entonces, noté. De hecho, no creía posible que pudiera abrirlos tanto.
Puede que la culpa sea del ukelele de Eddie Vedder. Sea como fuere, el verano avanza implacable tras dar portazo a la inacabable temporada futbolística –y eso que no hay Mundial ni Eurocopa-, con los Clásicos muy lejos de amparar a progenitores enajenados con sus irritantes quehaceres autosuficientes, que impiden apartar preocupaciones como era costumbre, pero no permiten admitirlas sin responsabilizarse tampoco; sin paciencia para cocinar a fuego lento, cada vez que me planto en el descansillo en espera de aquel viejo ascensor Thyssen, millones de aguerridos pensamientos pelean por agolparse en el mejor rincón de mi cabeza, cerca del lóbulo frontal. Sigo sin poder detenerlos, cosa que oprime mi capacidad ejecutora y logra poner de manifiesto un miedo que supera cualquier vínculo afectivo natal.
La corrupción del malvado mundo exterior se ha rebelado por fin. Pero todavía resulta execrable a ojos del vecino, que asiste impertérrito al ilusorio final del mundo que ayudó a alimentar, cimentando la supresión del individuo y el injusto estado del bienestar. No sé hacia dónde nos llevarán desde Sol, pero que no lo hagan a lomos de un viejo timón, por favor.  Las tres ‘Españas’ tendrán cabida en el cajón de los desastres del siglo XXI, justo antes de que lo malo y lo bueno se distingan con dificultad entre el caballo alado y el hidalgo más chiflado.
Cuestiones domésticas aparte –por solucionadas o perfectamente encauzadas- un celo agudo ha vuelto a apergaminar mi paladar. La última vez que sentí un halo parecido acabó en hecatombe, por lo que suelo presentarme lo más lejos posible de mi mismo y avanzar despacio siempre desde casa, desde mi creíble y duradera coartada; como no es mi estilo dejar las cosas a merced de nadie que no sea yo, sé que la culpa o el engaño seguirán atentas a los artificios que aspiren a sorprendernos desde fuera, 
desde lo corrupto y lo ajeno.*
*Fotos de finales de marzo
(The Wall según Roger Waters y Collioure).

sábado, 14 de mayo de 2011

UN INSÓLITO CASO DE DESTINO INGRATO Y CRUEL

Un insólito caso de destino ingrato y cruel sería aquel que fuera en contra de la naturaleza racional del ser humano. La otra naturaleza, la que hace referencia a nuestro sino indefectiblemente polvoriento y volátil, no se discute ni se tilda de desagradecida; como todo material orgánico, aquello que conocemos y nos define acabará -esperemos más tarde que temprano- reducido a poco más que jodidos escombros. Pero no siempre funciona así.
Un insólito caso de destino ingrato y cruel que no entiende de injusticias ni de preguntas sin respuestas, que no espera ni lamenta haber llegado más pronto que tarde, es aquel que sonríe abiertamente afilando sus garras, mostrando su amarillenta dentadura. Sobre los llantos y súplicas que va dejando a cada lado del camino, como pedazos de piezas de un puzzle inacabado, no flotan restos de clemencia ni de virtud.
Un insólito caso de destino ingrato y cruel impide que muchos -quizá no todos- sean plenamente conscientes de nuestra primigenia circunstancialidad. Como término psiquiátrico, ilustra a la perfección el deseo de permanecer contra viento y marea, y señala la verdadera y eterna batalla que nos concierne a todos cómo género racionalmente estúpido. Pero la gran pregunta nunca dejará de ser: ¿por qué? ¿Por qué nos han otorgado ese maldito don sobre el resto de las especies? ¿Por qué seguimos buscando el escalón perdido? ¿Por qué se nos permite observar universos infinitos y luego echarnos una siesta el domingo por la tarde después de una gran comilona?
Un insólito caso de destino ingrato y cruel, el del jodido homo sapiens. Si la bóveda celeste no responde a nuestras expectativas y emociones, alejándonos del viejo y trasnochador ombligo, a merced de la naturaleza más salvaje y de la más artificial también, es que no hace falta perder el tiempo, el elemento más relativo y voraz que existe (si es que existe fuera de una visión lineal y/o espacial). Soportar semejante tensión, acumulada por millones de partículas y milenios de historia, es nuestro verdadero y fatal destino.
Un insólito caso de destino ingrato y cruel puede apartarte de tus seres queridos en un santiamén, y tu sin darte cuenta. Una obra inacabada que ya no se podría modelar nunca más. Ahora que leo Los Enamoramientos, de Javier Marías, y que pienso casi a cada instante en la oscuridad del no-ser, es ahora, que me asomo al vacío silencioso y para nada rencoroso que ofrece la eternidad (alejada de los desvaríos de la conciencia). Imponer cordura en un acto tan irreflexivo y egoísta, en estos tiempos de catátrofes que corren, es apenas una ilusión. Desarraigarse es la única alternativa para evitar el profundo dolor que arrastra la pérdida. Honrar y recordar a los caídos, el único consuelo que nos queda a los vivos. Aliviar la carga y la flojera de espíritu será para poetas y los principales desviados lo que un pañuelo a una lágrima.
Se trata sólo de un insólito caso de destino ingrato y cruel, aunque atente contra todos los principios de nuestra naturaleza racional (social), y amenace con eliminar de un plumazo todo lo que hemos conseguido.

sábado, 30 de abril de 2011

CRISIS SUGESTIVA


Tienes mucha mejor cara.
¿Qué quieres decir?
Se nota, y ella también, se os ve muy bien. Si hasta estás guapo y todo... más guapo, me refiero.
Gracias, se lo diré a Laura.
Ella debe de ser la principal culpable. Culpable de que vuelva a cuestionarme el mundo que pisan mis pies, y de que me cause sorpresa una y otra vez la respuesta que ofrece el prójimo, como si antes del enlace no hubiese forma de vida alguna. Sin embargo, a mi compañera de trabajo no la puedo culpar. Quizás sólo pretendía ser amable, cometiendo de este modo un terrible error para conmigo, pero qué demonios iba a saber ella. Sólo sabe que soy un tipo difícil de mirar, y eso le basta. Tampoco insistiría yo en mi incipiente constipado para hacerle sonrojar (eso sería cruel), así que lo dejamos en un par de convencionalismos más y acabo dándome la vuelta antes de que sea demasiado tarde.
Estoy seguro de haberme sonrojado: un escalofrío recorre mi cuerpo al observar las torres de alta tensión en Durham County. Las de por aquí siempre me han recordado a los Transformers de pequeño, pero la primavera no acaba de imponerse como cuando entonces.
No me encuentro demasiado bien. Tanta lluvia ha conseguido conducir mi ánimo hacia la máxima inoperancia. Quiero decir que no es normal, que no entiendo porqué nunca me recupero del todo. ¿Por qué?
Con tantos porqueses y tan pocas balas (ingratos feligreses), dan ganas de encerrarse en el Palomar un par de semanas y tirar la puta llave por el desagüe, pienso. De los anchos campos e inmensas praderas verdes no hay noticias {y juro que no era así como lo recordaba}, pues sigo necesitando el dinero.
Desde hace un tiempo, caminar por esta tierra mojada no me supone un gran estrés si no fuera porque suelo ir mirando al suelo. Es como una jodida adicción. Busco monedas, billetes y pruebas que delimiten nuestra existencia. Esto último sí que me estresa, y no veas cómo. Me jode porque creí haber allanado el camino, ahora que cumplí los 31, y a nadie le gusta mirar atrás ni al cielo. Sobre eso y sobre mi escasa participación en la vida social del pueblo vuelvo últimamente; como escuchaba hace un rato, en un sitio como éste (léase lugar de trabajo), uno está obligado a establecer relaciones por el bien común. Probablemente con gente a la que fuera, en la calle, no compartirías ni un jodido saludo. Es superior a mi, pero como decía el cocinero, si todos los locos estuvieran dentro, nadie podría cerrar la puerta por fuera; como parte del juego, resulta tan innegociable como intrascendente (para el desenlace final).
Esta puta amígdala de mierda… ojalá me la hubiesen extirpado a tiempo. Ahora resuena en mi garganta como el eco vacío de un contestador por atender, tan desatendido como ignorado por un alquiler demasiado caro y lleno de pus y suciedad (gentileza del mismísimo Diógenes).
Je, je, je…Eso, díselo. Què maca és!
Pues sí. Por cierto, ¿sabes que estoy constipado?
¿Qué quieres decir ?
Has dicho que hacía buena cara en el que está siendo mi peor día desde que recuerdo y hasta que te he visto hoy ahora hace un rato.
¿Cómo?
Que gracias, se lo diré a Laura. Tengo que volver a mi cubículo, ¡hasta luego!
Crisis de sugestión: culpable.


martes, 12 de abril de 2011

LAS LUCES DE FUERA


Las luces están fuera. Las luces, mi padre y las carreteras con sus enormes bloques de hormigón.
Mi padre. Sé que algún día regresará para rendir cuentas y que el destino me hará llegar una factura en blanco. Recibí un mensaje de texto oportunista y malintencionado de la que una vez fue mi prima, no hace mucho, y la figura del pater familias resurgió de entre los muertos. Un episodio de Lights Out, el último antes del gran combate contra Death Row Reynolds, volvió a sacar el tema a colación, y mi cabeza no ha dejado de darle vueltas desde entonces.
Los lazos de sangre no se pueden ocultar ni repudiar. Al fin y al cabo, es lo único que nos queda. No obstante, hay un montón de circunstancias, en el devenir de la vida, que pueden apartarte de aquello que una vez te vio nacer. Pero, si no recuerdo mi nacimiento, ¿tendría que ser tan grande la deuda?
Ahora que duermo más bien poco, con más de veinte grados a la sombra y un bronceado prematuro, justo ahora, que he hallado amparo en otra forma de parentesco (política) y que conduzco temerariamente, va a resultar que tengo unos deberes y obligaciones que desconozco desde que era un crío. De la misma manera que ellos reclaman su parte del pastel, mi postura no va a dejar de ser inflexible. Si ser padre no debería ser un acto de contrición, tener una familia por ley no te exime de afrontar una existencia menos traumática, pero no por ello voy a torturarme más de lo necesario si, llegado el caso, tuviese que enfrentarme a las ignominiosas fuerzas del mal; que cada cual asuma las consecuencias como pueda, porque yo no pienso postularme.
Las luces están fuera. Las luces, mis familiares menos cercanos y los viejos boxeadores, con Patrick Lights Leary a la cabeza.
Mis familiares menos cercanos. Se basan en cuerdas tendidas hace más de mil años. No son conscientes de que ese nexo dejó de existir. Aparecen cuando menos te lo esperas, tejiendo una espiral de dolor y remordimientos que te deja aturdido en el cuadrilátero tras el enésimo asalto. No quiero besar la lona por haber bajado la guardia, ni sangrar más de lo necesario, así que estaré preparado.
Si tu credo es devoto e inalterable, todo acto impío quedará enterrado bajo el tacto de un sinfín de votos, aquellos que cubrirán de gloria esa fe que te hará crecer. Porque, extremismos mediante, hay que creer y querer crear, siempre en el nombre del Dios justo, solidario y sincero que es Eros. El punto de partida no tendrá nada que ver con tus experiencias o el legado que te ha sido otorgado, surgirá de forma natural. Y las antiguas reminiscencias de una vetusta sociedad no servirán de excusa para omitir una forma de relacionarse que, muchos años después, acabará desapareciendo. Pero aunque tenga que recurrir al coche, yo no pienso ser así. Esa mierda no va conmigo.
Las luces están fuera. Las luces, mis viejos amigos y algunos caminos alternativos que existen desde los aledaños del palomar.
Mis viejos amigos. Sobreviven en un altar que debería mutar y saber adaptarse al entorno de las dulces ataduras que nos han envuelto desde un bucle de pasión y desenfreno. Porque las musas, traviesas ellas, son bien capaces de borrar de una tacada las huellas de una civilización entera (si se lo propusiesen), pero nunca la aniquilarían del todo: ese excesivo poder siempre deja una grieta por la que asomarse.
Ponerse el cinturón desde la izquierda, tras tantos años haciéndolo desde el lado inverso, no impide que pretenda contrarrestar todas las injusticias vividas desde la raíz en sí, desde el mismo nacimiento y hacia las luces de dentro.
Las de fuera no me interesan lo más mínimo, si bien no puedo evitar que me sigan produciendo un vértigo de la hostia.

viernes, 25 de marzo de 2011

DOS POEMAS

Mark Romanek era un nombre que me trasladaba al mundo del videoclip sin necesidad de pensar mucho ni esperar a que me confirmaran la buena nueva.

Siendo no muy tarde, sentía como el frío se filtraba por los viejos engranajes de mi coche alemán, empañando la luna delantera y descartando chaquetas. Puse la Cope pero en El Partido de las 12 sólo hablaban del Mundial de F1, a punto de caramelo, y de un par de telones más.
Camino a casa y habiendo acordado previamente con mi amigo una visita de cortesía, pensaba en las horas tempraneras que debería bordear para poder llegar a tiempo. Al poco de darse el mediodía, volví a mi máquina y me dispuse a enfilar la carretera hacia Manresa. No tenía sueño pero tampoco había pasado una gran noche, ya que parece que últimamente vuelvo a viajar por lugares recónditos en los que maldigo a propios y a extraños.
Al llegar a la Clínica, mi amigo Cesc (aka Pakâo) resumía en su afable gesto todos los enigmas del gran misterio, tan expectante como encogido: no había duda, hoy iba a ser el gran día.
Estuvimos en correas un par de horas, antes del bocadillo y mucho antes del desenlace, en las cuales comprobamos cómo estaríamos dispuestos a asumir un compromiso tan exagerado sin riesgos de ningún tipo, pero con restos de una tensión más bien alta; mientras le aliviaba el sudor de la frente a Marta con una toallita húmeda hecha cinta, no se le ocurrió más que decir que si tuviese un boli no dudaría en pintarle el símbolo de Karate Kid. Yo permanecía sentado en un vetusto sillón marrón -gracias a la diligencia de la Tere, su madre-, presto a reírme sin pausa pero sin dejar de agravar el gesto, sobre todo teniendo en cuenta lo que nos ocupaba y lo que nos había traído hasta ese arcaico lugar.
Me despedí con un sincero ademán emplazándoles hasta media tarde, hora prevista para el doble parto. No puedo negar que estaba deseando llegar a casa. Me sentía cansado, tenía sueño y la cabeza no paraba de hervirme. Pensaba: joder, uno de los nuestros va a ser padre hoy. Y de gemelos, nada menos. Con las bromas de mi amigo me había olvidado de algunas cosas básicas que te ofrece la vida, a lo largo de la existencia. No podía dejar de darle vueltas al asunto. Al hecho de saber o creer como demonios te ves capacitado para aceptar una empresa así, mientras me retumbaban las bien aprendidas palabras de la Tere, credo familiar (llegados a ese punto): si te paras a pensar, nunca es buen momento. Es una cuestión de pura madurez.
Por la tarde no había manera de contactar con el Pakâo. Era una buena sueñal. Ya pensando en el partido de la Roja preparando la cena tras un siestón de órdago, Laura me insistía en saber qué diablos había pasado, si había parido ya o qué. Con los nervios mal almacenados, llamé al Gnöit, miembro destacado de la Alacena y mi confesor particular, que me dio la buena nueva: Biel había nacido a las 18,08 y Cesc a las 18,10. Todo había ido bien y la mami estaba estupendamente. Lo celebramos brindando y con el posterior récord de los 46 goles de David Villa.
El padre estaba loco de contento; una llamada tras el primer gol de Plasil confirmaba lo anticipado por el Gnöit y nos permitía darles la enhorabuena de primera mano. No cabía en sí, me dijo: eh, és lo més gran que et pot passar. Fes-me cas, con una emoción difícil de contener. Un análisis rápido del partido también ocupó su hueco, como no. Nosotros ya estábamos en el sofá, zapeando y esperando los goles del Guaje. Atentos al WhatsApp, orgullosos al ver a los gemelos por primera vez y antes de ser rescatados por los embrujos del doctor sueño, patrón filibustero, hilo conductor del primer año de toda una eternidad por recorrer.
Se cierra el telón. Pienso en dos poemas y en esa agradable dualidad que da el equilibrio que necesita este mundo, fuera del 25 de marzo, histórico día en que uno de mis amigos dio a la luz a la primera descendencia de la Alacena.

Este escrito va dedicado a vosotros, papis (Marta i Cesc), y a la memoria de los dos churumbeles, Biel i Cesc. Larga vida.
Cent'anni!

martes, 15 de marzo de 2011

EDAD PARA EMBAUCAR


Cuando uno llega a ciertas edades, es lícito empezar a pensar en ganarse el pan embaucando a pequeños y a mayores.
Mientras oigo la lluvia caer un día más, me acuerdo de todos aquellos que viven bajo unas condiciones difíciles de entender -por los que las propugnan con un Armagedón en ciernes- y de aquello de 'no ho vaig sapiguer fer millor'. 
Sentados detrás de todos, en un bar de siempre, me olvido del partido y me las ingenio para atribuir extraños dones a los presentes. Por una vez y sin que sirva de precedente, nosotros somos los más jóvenes del lugar, pero no me atrevo a pedirle la mostaza al anciano del sombrero. Hace mala cara, puede que por la prohibición de fumar. Seguro que mataría por encenderse un purito.
El deporte como ente integrador social, el fútbol como droga del pueblo, pero ellos ni siquiera se miran. Sólo están pendientes de las nuevas gracias del filósofo, como lo bautizó Zlatan, y de las genialidades de Lio. Son plenamente conscientes de que el juego de toque puede llegar a ser de lo más desesperante (sobre todo si no se chuta desde fuera del área), pero ya están más que acostumbrados.
Esta jodida lluvia exaspera por igual, escribo desde mi refugio. Me espera otro día aquí sentado, con la manta de lino blanco por encima, fumando un cigarrillo tras otro. Ajeno a las prohibiciones del mundo exterior; Japón, pero, no ha dejado impasible a nadie. Con tanta agua es imposible no pensar en ello: las imágenes de la Gran Ola, en este mundo global del siglo XXI, son de lo más aterrador que he contemplado en vida. Justo vimos 2012 en plan divertimento esta semana pasada, y la de Clint la anterior: no lo podía creer.
Oía frases en el trabajo, frases como 'Dios, mira qué fuerza que arrastra, se lo lleva todo por delante', o 'cuánta mierda que lleva, ¿no?', mientras repasaba los mismos efectos devastadores del desastre de 2004. Es el primer vídeo que te sale si pones 'tsunami' en el buscador de YouTube, puede que haya bajado unos puestos en relevancia. Junto con otro posible Chernóbil y la suma de varias catástrofes vividas, dan ganas de pensar en una especie de motín por parte de la madre Gaia. Íker y colaboradores simplificaban así, para los más pequeños, el mundo actual {que las redes sociales se encargarán de ir contando}.
Pero los niños pequeños y los nonatos no saben nada de sueños con agua y sensación de ahogo de por medio. Ni de mi especial relación con Hokusai, tan cultivada en los últimos años. Al menos no conscientemente. Lo sufría yo al despertarme hoy Laura, al llegar del trabajo, pero todavía no sé qué diablos hacía en San Francisco.
Nosotros, benditos chiquillos inocentes, no esperamos alcanzar la mayoría de edad hasta que dejen de confundir nuestros miedos más íntimos. No queremos asumir la responsabilidad de tener que dar la cara por el resto de traidores que nos acechan, cual artistas de relumbrón,  hermanos y padres de la gran tragedia que es poder llegar a entender las condiciones que, en realidad y lejos de los focos, nos proponen {los muy cabrones}.


P. S. : No sé si habría sitio para los 10,000 en mi arca, pero gracias por haberos subido al barco en algún momento de estos tres últimos años.

miércoles, 2 de marzo de 2011

IR Y HABER VUELTO

Son muchas las ocasiones en las que acabo regresando a casa, puesto que no hace tanto sufría el desvarío de andar siempre esperando a que sucediese algo que me hiciera volver a ponerme en marcha y, volver, lo que significa volver en sí, es lo único que realmente valía la pena. O mantener esa esperanza intacta al menos.
En una extraña dicotomía, sentía que debía seguir moviéndome, sobre todo para luego menospreciar la vida que había llevado hasta ese punto {sin tener en cuenta todos los momentos que pasaría en soledad}, incluyendo la vida de los otros (mis otros más cercanos).
Irse... ¿para qué? ¿Para aprender un idioma nuevo? ¿Para relacionarte con gente de otros países? Para estar lejos de todo rincón conocido y estar constantemente en guardia.
La verdad es que lo pasé muy mal durante la beca. No conectaba con nadie y vivía coaccionado por la estrechez de miras y una falta de escrúpulos que sonrojaba. Es de justicia reconocer que mi mayor crisis de angustia la pasé en esa época, en mi habitación de la Via Logudoro número ocho. Tuve que hacer llamar a mi amigo Arthur para que me llevara al médico, ya que me estaba muriendo. En perspectiva, tiene gracia que me acompañara precisamente Arthur, estudiante de Medicina; la cuestión, pero, es que no tenía ni la más remota idea del desamparo que padecía hasta ese momento. Lo curioso del tema es que no puedo recordar con exactitud la fecha, me cuesta situarlo en el tiempo. Con certeza, toda esa mierda me la comí antes de Navidades, antes de regresar a casa por Fiestas. Fue un invierno muy suave aquel de 2006.
Lei ha paura di morire? A lo que yo respondí con inusitada ingenuidad: Solamente quando vado a letto. Era una verdad como un templo: me ahogaba hasta sentir los pulmones aplastados. Me daba un miedo terrible acostarme por la noche y no poder escapar a la pesadilla de quedarme sin aire que me mantenía en velo. Era como en las películas de Fred Krueger, en las que si te duermes o pegas una simple cabezadita... patata. Estás listo. Fue el año que dejé de consumir sustancias psicoactivas. De forma continuada, quiero decir.
Con esto no desenmascaro ningún antiguo refugio u otros anhelos de vida. Tampoco pretendo vivir dando vueltas a esta puta habitación, desde luego. Sólo digo que desear una vida desconocida es para los poetas, puesto que vivirla puede ser un auténtico infierno. ¿Qué coño hacía yo pensando en coger mis bártulos para largarme? ¿Hacia dónde? ¿Con qué dinero? Hay que mirar con perspectiva, ya sea hacia atrás como hacia delante. Hoy en día, es ese deseo un acto meramente simbólico que desempolvaré cada cierto tiempo, no pienso negarlo. Sé que es patético tener saudade, en realidad, sólo de mi mismo. Justo cuando me liberé de mi mierda hallé el hogar en el lugar donde se encontraba Laura, lejos de la literatura tradicional.
Era una cuestión de compañía, propiamente; tengo amigos, he hecho amigos, pero nunca he dejado de sentirme solo. Como un incomprendido aderezado con ciertos actos de locura transitoria. La soledad, individuo ampliamente tratado en este blog, es un elemento en constante mutación. Hasta que no encuentras a la persona que va a combatir esa mierda, a tu lado, no te das cuenta de lo que es en realidad. De lo jodida que puede llegar a ser. También es algo cultural, espiritual. Nace del fuego interior y se proyecta hacia el infinito.
Me sentaba hoy, a mediodía y con un sol que huele a primavera, en mi coche nuevo de segunda mano. Con el motor encendido y un extraño nervio que me impulsaba a poner la marcha atrás y a emprender camino hacia los pueblos de alrededor. Pensaba en comprar el pan en Puig-Reig, vino en Artés y mierdas por el estilo. Al final he apagado el motor y me he ido a correr por la campiña, entre las vacas y los primeros insectos de temporada. Así llegaba al pasado, fueron buenos tiempos, para qué dudarlo. Aprendí mucho, me di unos cabezazos de la hostia y hasta llegué a conocer un nuevo idioma desde que salí a los veintitrés. Mallorca, Barcelona, Cagliari y sus respectivos y amplios corredores, pero eso se acabó. Yo ya no me voy a largar a ningún otro puto sitio y estoy contento de regresar a mi pasado siempre con una sonrisa, extrayendo lo positivo y anecdotizando lo negativo.
Aplacar y saber orientar ese fuego, ora calmo, es mi principal tarea (y dar con la tecla y dejar de repetirme hasta saciar). Volver, sí. Pero volver hacia los momentos en los que me ardía aquella necesidad imperante de saber y de querer estar un paso por delante para sacarle provecho desde aquí, desde este palomar. Porque éste es punto de partida (para dos) y casillero final, lugar al que volver y no querer partir solo. Si es que alguna vez fue verdad que anduve fuera, habré vivido lo suficiente para poder celebrar esta {no por fragmentada menos ansiada} paz de espíritu, esta extraña dicotomía que desemboca en el volver y en el deseo controladamente satisfecho, mi verdadero hogar junto a mi amada.

viernes, 18 de febrero de 2011

LAS VECES

Yo cuando me meto en la cama pienso: un día más, un día menos. Bueno, ya me entiendes, oigo que grazna, aunque haciéndolo, puede que inconscientemente, capture de lleno gran parte de la esencia de esta inexplicable existencia.

A veces me enfado por cosas estúpidas que luego hacen que me avergüence de mi mismo, no puedo evitarlo.
Otras veces pienso que pierdo el tiempo demasiado fácilmente, y lo pienso sobre todo a posteriori; para no torturarme, acabo decidiendo que ese tiempo es una victoria para el descanso, la cabeza o algún que otro autoengaño. Para cuando no sea así, en estas noches de hastío y aceleración de procesos irrevocables, el astronauta recurrente se encargará de regresar a la Luna bandera en mano.
El pensamiento hace las veces de ángel exterminador y el sueño no amortigua la caída; ayer soñaba con ser el único superviviente de un accidente aéreo, y hoy me he despertado con una noticia descorazonadora: otro conocido caído en desgracia, otra vida sesgada por el infortunio. Incluso he estado a punto de llamar a un antiguo compañero de clase para cerciorarme.
Cada noche tengo que levantarme al menos una vez para orinar, por lo que la ensoñación paladinesca varía más que mi humor diario, pero menos que mi filiación futbolística. Sobre mi vida en pareja, pero, sólo puedo decir cosas buenas, nada que me haga pensar en querer volarme la tapa de los sesos mañana antes de ir a jugar a tenis.
A veces fantaseo con irme. Me digo que estoy fingiendo y me conmino a dejar de hacerlo antes de que alguien salga malparado. Reviso las fotos y mi última aportación a esta bitácora, que data del 27 de enero, pero en realidad no hace ninguna puta falta: una noche de insomnio más leyendo a Vila - Matas y tendré que acabar enfrentándome a esta nostalgia inventada.
He deseado muchas veces que Rubicon no se acabara nunca, descifrar la férrea disciplina de mi amada, mantenerme para siempre en esta nube. Y forzar la resistencia de mi Opel Corsa rojo, renunciar a vivir eternamente concentrado, dejar de jugar a ser normal.

Yo, la mayoría de las veces, cuando me meto en la cama pienso: no le des más vueltas, trata de dormirte.
Bueno, ya me entiendes…

jueves, 27 de enero de 2011

CORONA AVIZOR

A cuatro días de cumplir 31 años y tras cortarme el pelo la semana pasada, ha empezado a asomar por mi desamparada cocorota la coronilla de Zizou.
Recuerdo haber tenido las mismas entradas casi desde que pasé a la edad adulta, pero esta situación, tan definida como repelente, le supera de cuajo.
Lo curioso del tema es que nunca me había parado a pensar en estas cosas. No es que no fuera presumido ni cuidara mi aspecto, no. Es que, con el tipo de pelo que tengo, jamás le di importancia a nada en concreto porque tarde o temprano sabía que tendría que aflorar cierta calvicie.
En estos días de frío intenso y posibles alertas por nieve, dos personas diferentes del trabajo han sacado el tema a colación. Hablaban de eso, delante mía, respecto a mi. Meses antes, uno de los míos se alarmó de repente y delante de todos casi del mismo modo (al estilo Nelson de los Simpson).
Al principio te puedes ruborizar, pero hasta cierto punto: lo único que hay que tratar de asumir es algo que tú ya sabes. Sólo te lo recuerdan, lo confirman. De alguna manera, se hace público. Lo hacen público.
Esa sensación no debería ser tan tremenda como para hacerte sentir mal. A mi no me sienta mal, pero reconozco que, por mucho que moje el agua, no deja de sorprenderme el hecho de que moje en sí. Quiero decir que siempre jode que la gente saque a relucir tus vergüenzas, tus cosas internas, tu autoestima. Y no es que yo la tenga baja, no. Puedo escribir sin tembleque alguno que me encuentro en el mejor momento de mi vida y seguir hablando de esta mierda sin ningún pudor.
Lo que me revienta, digo, es que la gente interprete algunos procesos vitales como señales de una decadencia que todavía está por llegar (o por demostrar). O como algo horrible; como si hubiese dejado a mi pobre perro cojo encadenado y a merced de los elementos y no le diera de comer durante varios días o semanas incluso.
Oirías un ya te vale. Como si descubrieran algo tuyo muy profundo. Y tú pensarías: ¿acaso soy menos hombre? ¿Qué diablos significa ser hombre? ¿Cuáles son los valores por los que me rijo? Y volvería a enviar a todos y cada uno de ellos a tomar por el culo, aunque reconozco que me dolería. Sobre todo respecto a mi entorno, respecto a la gente a la que me he equiparado siempre.
Estos días pensaba en eso, puede que demasiado. Y hoy tenía ganas de pasearme por la ciudad, parando a todo ser conocido para explicarle la buena nueva, quitándome así esta desagradable desazón más ajena que propia.
En cuatro días cumplo 31 años. Nunca fui ni muy sociable ni demasiado fan de Zizou, pero éste al menos llevaba el 10 y nunca tuvo mucho problema al respecto.

jueves, 20 de enero de 2011

HÁBITOS DE PACIENCIA FINITA

Diecisiete días sin fumar son suficientes, pero todavía no me atrevo a afirmar nada concluyente al respecto.
No, porque tengo ganas de fumar y a veces me escondo. Y no por que sí, lo confieso: mi abstinencia no ha sido del todo rigurosa.
Siempre me ha resultado difícil polemizar con el libro de las pasiones. A ellas, en cuanto decidiera exiliarme, no habría que recurrir. Sin embargo, desconozco esa explosión de sentimientos, como algo interno; más bien lo visualizo como un fogonazo, sobre un debate externo, no muy alejado de las matemáticas y los malos humos.
Poca apatía secular: en los días que llevamos de año nuevo, acato nuevos propósitos como señuelos de una trampa efectiva, por si se alarga una tregua similar {dudaría en rendir pleitesía a tan flamantes astros}. Y mejor si oigo aquello que todavía demacre mi cara un poco más.
No sé una mierda sobre seguros. Y sobre coches mucho menos. Tampoco me sorprende lo del color. Ni lo de la plaza aquella, aunque… ¿quién se atrevería a morir de pie? Antes me lo preguntaba más a menudo.
De una combinación que no rehúya parásitos depende todo; pese a Él y otras fuerzas mayores, preferiré pasar de puntillas por si acaso y ya que mis prioridades cambiaron a tiempo. No es una cuestión personal: dentro de mis posibilidades nado (y reparo).
Me gustaría que dejar de fumar fuese una realidad. ¿Puede que hubiera un tiempo en que fuera una simple herramienta social? Como recordar con memoria fotográfica el día que dejé de comer nueces {estúpidamente, se entiende}, tras la potada del siglo y un pasillo inundado de caparazones cerebréticos. O tantas otras cosas que mutan, a riesgo de aniquilar a posibles monjes aturdidos y paciencias varias: a estas alturas, descubrir a Vila-Matas no es ningún ardid.
El límite lo marca el reloj, no mi abstinencia.

viernes, 31 de diciembre de 2010

CLAUSURA 2010

ANTOLOGÍA VISUAL
2010 ha sido un año para no olvidar.
Empiezo así, a saco, la difícil tarea de resumir en un puñado de fotos y vídeos un año entero de mi vida, el de mi trigésimo aniversario.

ENERO
Enero es mi mes. Y este año, además y como decía, he llegado a la simbólica cifra de los 30. Lo hice en tierras vikingas otra vez (como en mis 28), disfrutando de la compañía de mi amigo Kristian y sus secuaces Edvard y Gustav en Oslo, Noruega.
Es un mes de angustioso frío, pero para mi es el mes del final del invierno; psicológicamente después de mi cumpleaños se abre febrero, y es como si la primavera estuviese llamando a esa misma puerta entreabierta.

FEBRERO
En febrero se palpaba el cambio. Recuerdo haber estado muy agobiado y creer que volvía a toparme contra un muro (el de turno), pero me equivocaba; en realidad, estaba llegando a un punto de lo más saneado. Todavía no era muy consciente del todo cuando bajé a Valencia a ver a mi amiga Isalén (antigua Amélie).
Aún hacía frío.
MARZO
El mes de las avalanchas. Atolondramiento (positivo).
Muchas salidas, cenas y buena salud. Con los alacenos a tope, aunque la cosa empezaría a menguar pronto (justo como Standstill y su nuevo disco). Y una nueva y breve historia que tuve que cerrar antes de la llegada de abril debido a la irrupción del huracán Laura (categoría 5).
Ha sido un mes para recordar.


ABRIL
En abril besos mil. Primavera total: conciertos, borracheras como prórroga y de aúpa, excursiones varias (incluido el interior catalán) y risas por doquier.
Primeros pasitos. Alegría

MAYO
Mayo es el mes de la consolidación definitiva. El guaje Villa ficha por el Barça mientras vuelvo a recaer de mis putas anginas. Empiezo a pasar mis días entre Manresa y Gironella, y yo encantado de la vida. También empiezo a plantearme otro tipo de vida, descartando sueños absurdos y centrándome en la construcción de cimientos sólidos.
Terracita aquí y cervecita allí entre medias (bandera orgullosa).
Plenitud.

JUNIO
Junio es el mes del Mundial. Combinando faena y partidos en el piso vía Internet con Beppe, mi compañero de piso y amigo. Ilusionado como un niño y disfrutándolo como nunca (no me lo tomaba así desde el Mundial de EEUU’94). Mi amigo Ace (antiguo Teddy KGB), aunque desdeñe velocidades, bien lo sabe: este año todo se paralizaría hasta llegar a Sudáfrica.
La noche de San Juan (un clásico), en Cal Ribalta, un enclave sagrado.
Por el interior a toda vela, viento en popa. Disfrutando de los pequeños placeres (y de los grandes).

JULIO
Mi puto mes preferido, y además este año de verdad: al undécimo día, España se proclamó Campeona del Mundo de Fútbol por primera vez en su historia. Derrotó a Holanda en la prórroga de la final de Johhanesburgo por 1 a 0. Para los anales.
Vacaciones en mi Cerdeña desconocida: una semana en el paraíso. Cuartos de final alquilando el coche y semis en un camping de Palau, al norte de la isla. Cabezazo de Puyol en nuestra intimidad foránea, entre plato y uñas: qué gran momento… Y una de las mejores cenas que recuerdo haber tomado (Linguine all'astice, tercera foto).
También vino Arthur un fin de semana largo, lo pasamos en grande y escalamos por Montserrat y todo.
Como suelo decir: verano total.

AGOSTO
Encierro laboral. Como de costumbre.
Agosto dice: septiembre se huele, cerdo, ¡espabila!
Sorpresas positivas: visita de Kristian, alguna excursión y buena mesa.
Poco más.

SEPTIEMBRE
En septiembre continuamos con la misma tónica de trabajo y depresión otoñal, con la excepción de la escapada a Madrid para ver a mi amigo Tognâo, recién mudado.

OCTUBRE
En octubre ya estaba muy metido en el pueblo y hubo el cambio de oficina en Urgencias. Ha sido muy sonado, casi tanto como las partidos de tenis con mi suegro.
Primeros fríos… y ya sabes cómo odio esa puta sensación que se te cala por estas lares.
Continuamos con la buena mesa y una figura que languidece y protesta por el poco caso (y yo pagando un puto gimnasio).
Se confirma que los intereses propios pesan mucho, opción vital tan lógica como el curso de un río, que es el morir (como diría aquél).

NOVIEMBRE
Frío total. Con la mochila a cuestas todo el día, intentando no enfermar.
Trabajo. Mucho trabajo.
(Y buena cocina también).

DICIEMBRE
El fin de mis 30 y del inolvidable 2010.
Escapada a Bélgica por el cumpleaños de Laura y para recargar pilas de cara a la dura recta final.
Y lo que es mejor: esperanza. Algo que, obviamente, no se tiene que perder, pero que si (además) existe a ciencia cierta y tiene una base real y palpable,
es totalmente embriagador. Lo mejor de lo mejor.


el equilibrio

El vídeo del año sería el del gol de Iniesta en la final, pero no lo cuelgo porque no encuentro uno que me guste. A cambio, os dejo mi breve visión de ese gran acontecimiento. No pude cambiarme el día: si el partido llegaba a la prórroga, iba a perderme el desenlace. Y así fue, y además no tenía batería en el teléfono, pero la sensación de felicidad era tan grande, que, en esa noche, ya nada tendría ningún tipo de sentido ni valor excepto esa sensación (y alguna cosilla más).

En cuanto a música, no soy muy fan de hacer listas como mis amigos Albert y Xavi (más que nada porque el tipo de música que me gusta no suele estar en boga), pero sí que diría que el disco del año es el Adelante, Bonaparte, de Standstill. No colmó todas mis expectativas pero sí que fue muy llamativo y destacado.
Por lo demás, desear mucha salud para todos y una buena entrada de año, que el 2011 seguro que presenta retos verdaderamente apasionantes…
arrivederci!

viernes, 17 de diciembre de 2010

ESTIBADORES

¿Por qué no escribes sobre las injusticias?
Porque no escribo sobre mierdas sociales.
¿Qué eres, crítico de cine?
¿Cómo? ¿En qué cojones te basas para decir eso?
¿Y sobre qué escribes pues?
Sobre el individuo, supongo.
Pues entonces escribe sobre el individuo que está amargado y amarga a todo su entorno.
Ya, es que la gente es muy mala, ¿eh? 

{Lo que hay que aguantar}
¿Y por qué se ha vuelto mala, porque ellos también han sufrido injusticias?
(...)
Y yo que sé tío, la gente siempre ha sido mala, no tienen nada en el cerebro.
¿No quieres decir que todas las personas absorben todo lo negativo fácilmente y lo positivo cuesta más de transmitir?
Supongo que lo fácil es estar siempre cabreado, no sé. Me la suda bastante. Paso de la gente.
Eso no puede ser bueno, eso de pasar de la gente. 

Y qué malhablado eres, Javi…
Últimamente me pongo de mala leche con mucha facilidad. No es que no soporte a más de uno y no sepa llevarlo, no es por eso. Estoy acostumbrado a lidiar con chusma y a tratar con taraos de todo tipo, pero al reducir gran parte de mi vida social al asqueroso microcosmos laboral, todo se contamina. Incluyéndome a mi mismo. Mis valores, mis capacidades. Las cosas que me caracterizan. Si me hago el desinteresado me crucifican igual, así que me suele salir el tiro por la culata. Debo llevarlo escrito en la cara, cuatro breves golpes después, como todas las cosas que inexorablemente hacen BUM.
Pero no era ese el tema. Quería escribir sobre el sedentarismo nómada. Es decir, sobre el llevar la casa a cuestas constantemente. Y que conste que ya no le hago lavar la ropa sucia a mi madre, esa flor se marchitó. Todo se cuece en un radio de unos 40 kilómetros, no más. Con el depósito seco todavía, pero con la presión muy cercana, zumbándome al oído como el taladro del vecino de buena mañana y el pesado martillo de Thor. Es una de mis últimas fronteras, y yo no quiero ni oír hablar de altos muros o veredas cortadas.
Cargo macutos más pesados que los pedruscos del Fullet Tortuga, pero no consigo volver a filtrar toda la información que hierve a mi alrededor. Si al final llego al punto deseado, por más que pueda verlo desde aquí y sude sangre intentando palparlo, valdrá la pena el sacrificio. Eso es lo que me digo. No hay peor cosa que estar ante una puerta y no poder traspasarla.
La impaciencia es una enemiga implacable que hay que saber aplacar. No hay más remedio (no hay más remedio que ser soez). Pero como no puedo influir en la gente ni en sus designios y no quiero combatir la poca educación, la incultura o la falta absoluta de salud mental que hay, mejor no insisto en cargar con esas cosas también; si se riega lo anhelado con la frecuencia necesaria, una vez conseguido no habrá problemas para encontrar el camino y recorrerlo sin las huestes de Atila (sin necesitarlas).
Adoro esta presión. No me importa que haga frío, y por mi como si cae un puto rayo aquí al lado que corrompa el pensamiento y haga perder el rastro de aquél chico atormentado.
Últimamente pero quizá ya no tan últimamente, cuando me pongo de mala leche {mientras me hago la maleta veinte minutos antes de embarcar corriendo de mala manera}, miro a ambos lados, jugueteo con mi alianza y (me) sonrío. 
Y no es porque me esté volviendo loco {ni esté amargado},
no es por eso.


domingo, 5 de diciembre de 2010

CUESTIONES DECENALES


Me he llegado a preguntar muchas cosas tradicionalmente, y a medida que se acerca la Navidad y fin de año, todavía más. ¿En qué he cambiado? ¿Cuáles son las cosas que me preocupan ahora? Y un sinfín de mierdas por el estilo.
De los viejos amigos no reniego. Siempre creí que nunca me abandonarían. Hoy me cuestiono cómo, desdeñando tatuajes y cervezas, pero con este puto frío no apetece un carajo. Lo llevo fatal. Salgo de trabajar con -1 o -2 y llego tieso a casa. De las anginas todavía no hay noticias, pero no importa demasiado: en ambos casos estaría jodido.
Casi he acabado la selección de fotos que hago anualmente para la Clausura. Sólo falta diciembre, naturalmente. Supongo que la Navidad será el centro de atención del último mes de este primer decenio, o puede que no. Puede que encuentre consuelo en esta puta silla, como es menester, qué sé yo. Sólo sé que el tiempo pasa volando, y que lucho para que esa jodida obviedad no pese más de lo acostumbrado.
Respiro tranquilo, finalmente. Ha sido un camino pedregoso, pero el trabajo no está acabado. De vez en cuando aparece una oscura esquirla a la que reservo un buen asiento en mis sueños. La muy jodida no me da tregua, aunque esté lejos de convertirse en pesadilla.
Sigo sin encontrar mi verdadera vocación {si es que tiene que ser obligatorio tener alguna}, así que estoy a un paso de convertirme a la religión de esta puta silla. Sólo me falta un ingrediente para completar la receta y echar el ancla en el deseado puerto. Mientras tanto y por si acaso, seguiré esperando en plena armonía. ¿Qué más podría pedir?
Diez años atrás y apenas un par de certezas. Eso sí, de las más trascendentales; es excitante comprobar cómo se exhiben para dirigir el cotarro con absoluta maestría, de tal manera que huiría del país si me llegara a faltar una de ellas. Sobre todo una en concreto. Y adelanto que la otra es un grado de madurez que no discute ni se confronta con el paso del tiempo.
Me he llegado a preguntar muchas cosas tradicionalmente, incluso sobre qué demonios debería tener la gente en la sesera. Pero ahora que se acerca la Navidad y fin de año, finiquitada la década, mucho menos de lo acostumbrado.
Y un sinfín de mierdas por el estilo.