lunes, 19 de marzo de 2012

LA MODA DE CORRER

Correr está de moda. Correr como Forrest Gump, sin ningún sentido ni destino.
Ahora que ha llegado la primavera, ahora que el sol ya no esconde ni tan siquiera sus poderosas tormentas, es justo ahora, que existe esa moda. Antes del Gran Apagón y después de que la pulga Messi continúe cimentando su leyenda.

De momento no oso superar los seis kilómetros. Estoy empezando y no pretendo forzar la máquina. En mi rutina semanal, aeróbicamente hablando, tengo entre ceja y ceja la idea de sumar, más que nada: sumar minutos y kilómetros, acostumbrando así a los músculos de mis extremidades (históricamente sumidos en un largo desuso). Me gustó la visión de Murakami al respecto, pese a que él como escritor me desalienta a menudo; en su libro De qué hablo cuando hablo de correr, proponía una especie de diálogo fengshuista 'a lo occidental' con su cuerpo, un 'tú no me jodas y yo te cuidaré hasta los límites' bastante curioso. Lo que ya no me gustó tanto fue que dejara de fumar en seco, siendo algo evidentemente beneficioso (no por ello más fácil de llevar a cabo): el tabaco, como hábito más antiguo adquirido, suele aparecer de improviso cuando el pensamiento se da por vencido.

34 minutos. Es el tiempo que raramente puedo reducir en esos 6 kilómetros acostumbrados. Una vez los hice en treinta y tres y poco, pero fue como una estrella fugaz en el cielo de invierno en un día que debí despertarme realmente bien. Porque, como dice mi hermano, hay días en que no sabes por qué pero el cuerpo no te responde, las piernas no te van y te pesa el culo.

Cuando hablo con otros que suelen salir a correr me desespero y ellos se tiran de los pelos: ¿'Treinta y cuánto?' 'Lo harás a un ritmo trotón-cochinero, ¿no?' No, pero ojalá fuera así, callo. Lo normal sería hacer 10 kilómetros en 50 minutos, unos 27 o 28 para mis seis, lo que vendría a equivaler a pérdidas de hasta ¡siete minutos! Al menos eso es lo que dicen.
No creo que mi forma de correr sea muy ortodoxa. A veces me miro en los espejos del gimnasio, como aquellos aprendices de culturismo sin abuela, intentando ponerme derecho para no balancear demasiado mis arqueadas piernas. Es como si flotara, como si tuviera la necesidad de aprender a volver a caminar o ir en bicicleta de nuevo. Gatear para subsanar el terrible error de haber empezado a respirar atropelladamente, haciendo sufrir con ello al delicado diafragma. ¿Cómo podría cambiar eso? Aunque me preocupa, tengo la vaga esperanza de aprender por repetición, como casi siempre que el talento no cubre todos los gastos.

Los 2 primeros kilómetros son en subida, por lo que saco el hígado maldiciendo las malas artes de la madre del ternero. Son 14 minutos de sufrimiento, que uso para comunicarme con mi cuerpo con la mayor rapidez posible; es mi calentamiento particular, en el que trato de conectarme con mi ser carnal susurrándole que todo irá bien, que el padecimiento pronto pasará, pero que él no me puede dejar tirado justo en ese momento. En este caso coincide con el llano -esa comunión entre el atleta y el entorno-, pero es regla habitual citarse con ritmo a partir del minuto quince. Si logras superar esa barrera te conviertes en invencible e irías corriendo hasta los confines del mundo.
Un insulso trayecto completamente plano precede una larga bajada en gravilla allá sobre el minuto veinte. Una masia imponente domina el vasto territorio y ejerce de anfitrión de las causas perdidas mientras la rodeo y recupero el equilibrio para el rush final (el último kilómetro y medio). Normalmente tendría que apretar los dientes y dar lo mejor de mi mismo, con el final tan cerca y las ganas de acabar con semejante dolor, pero yo no aguanto y me vengo abajo. Por la propia dinámica del hecho de correr en sí puede que mejore mis parciales –en esta parte final, me refiero-, pero, indudablemente, me puede más el cansancio acumulado y arrastro mis doloridas piernas miserablemente hacia la imaginaria meta.

Una de las cosas que más daño hace es el alcohol. Odio cualquier repecho, cierto es, pero odio más todavía no poder cortar con algunos malos hábitos. Habiendo pasado por encima del tabaco y sin ánimo de profesionalismos ilusorios, Dios sabe que la alimentación y los abrevaderos contaminados son decisivos. Engañar a tu traicionera mente se convierte en un ejercicio de puro circo romano; esta vida terrenal, tan exigua como perentoria, no ofrece recompensas que puedan contrarrestar un ánimo mayor tras la llamada de la madre Gea, de eso no hay duda. Exceptuando hechos incontrolables o de fuerza mayor, es así como lo veo, por lo que no voy a perder el tiempo en convertirme en un jodido iron man. Por suerte no he llegado a ese punto, aunque respeto a los de semejante calaña y les admiro tanto como a los que corren en bicicleta 225 kilómetros en pleno mes de julio (mientras yo les asisto desde el sofá cerveza en mano).

No me gusta competir. Competir significa comparar, y no me gusta compararme con nadie. Sin embargo, con la edad, he llegado a desarrollar interés por deportes que de más joven aborrecía, y algunos no pueden practicarse a solas. El tenis y el running -no lo voy a llamar atletismo porque no pretendo menospreciar al colectivo-, son dos ejemplos claros (con Ivan Lendl siempre en la memoria), y la intensidad con la que afronto ambas especialidades aumenta inexorablemente. Calcular el ímpetu para no agotar el repertorio a las primeras de cambio, junto con estrategias para dilapidar toda una herencia sedentaria sin tener la sensación de perder nada, son dos de mis objetivos. Eso sí, la línea que les separe del placer deberá ser lo más sutil posible, sobre todo para que los dos mundos, una vez presentados, no discutan ni piensen en aniquilarse entre ellos.

Correr está de moda. No necesitas nada, sólo un par de zapatillas y ganas de empezar. Creo que he vuelto a Murakami; es evidente que es muy saludable y que regula el sistema cardiorespiratorio y la flora intestinal, entre otras cosas. Yo no aspiro a grandes resultados pero sí a acostumbrarme y a ir subiendo peldaños poco a poco. Como no me gusta competir, dado mi mal perder y mi afán por la soledad en espacios abiertos (todo se acaba destapando, incluso mi forma rara de correr), yo soy mi único rival.

Sumar minutos y quilómetros para atreverme luego con más, pero… ¿por qué lo hago? Y, lo más importante…
¿en qué diablos pienso mientras corro?

lunes, 20 de febrero de 2012

VEINTE AÑOS SIN LUZ

Hoy hace veinte años hubo un apagón. Como antes, según la leyenda, la misma consiguió filtrarse por la iglesia que tanto he contemplado, no muy lejos de un San Ignacio desconocido, el enfermo.
La montaña mágica que hizo resoplar de admiración a mi impertérrito amigo francés, el origen de muchos de los misterios que tanto nos seducen, fue la encargada de canalizar semejante milagro. Siempre en veintiuno de febrero, nunca en otra fecha.
Si hoy hace veinte años se apagó la luz, todavía cuando alcanzamos a vislumbrar el recuerdo de un pasado legendario oigo el retumbar de la nada, inerte, en el suelo. Tirado en un charco de sangre y cemento recién inaugurado, dicen que mi padre saltó como un resorte desde aquel banco.
He tratado de imaginarme la situación algunas veces, visualizando el momento exacto en el que debió levantarme del suelo, con mis brazos caídos al espacio sideral y las caras poco acostumbradas de los otros niños. Calculando el tiempo que pasó entre una cosa y la otra, mi llegada al hospital, la oscuridad volcada en un repentino hachazo de la diosa negra, y el amargo vaivén entre la vida y la muerte, sin luz al final del túnel ni ningún rayo de esperanza cercano.
Hoy hace veinte años hubo un apagón. Mi visión sobre el mundo iba a cambiar poco a poco y con apenas doce años. La huella del accidente sigue muy presente en mi y hoy, veintiuno de febrero -veinte años después- no voy a salir de casa por si acaso. Como un rito extraño, como una tradición adherida a mi carrusel de manías y otras deidades menores, la vacuidad del ser adquiere todo su sentido e irresponsabilidad. La imposibilidad de permanecer en esta miserable vida terrenal, tal y como Morfeo se ha encargado de recordarme esta noche, la primera después de seis noches de esclavitud tras una semana de locura.

martes, 14 de febrero de 2012

PICOS A ULTRANZA

Es difícil reaccionar en un ambiente tan hermético.
No es de una hostilidad desmesurada, más bien resulta molesto y constante. Cuando las cosas no avanzan y los días se suceden entre el frío y el hielo, entrar en un bucle de negatividad puede ser un canal de rigidez condenadamente gélido.
Lo veo. Estoy en él. Percibo sus mierda-vibraciones con claridad y cierta pesadumbrez, ergo... será que el final no puede estar lejos.
Digo, hace frío. Muuuucho frío, más que nunca en esta estación. Mis nudillos empiezan a resquebrajarse. Es un hecho, el invierno suelta sus últimos coletazos.
De los polos se desprende la inmediatez del centro de la Tierra. De la candidez de las garras de la alimaña, entristecida por el cambio climático, se extrae el aceite de la clarividencia frenopática. La poca cabeza del orangután domado, que emprende migraciones a expensas de demasiadas pocas cosas. Un libertinaje mental difícil de entender si no naciste en esta península, maldita como ella sola. A nuestro atraso histórico me remito, no a la gloria imperial dilapidada en cereales de países llanos y herejes como ellos solos.
Hoy todo se quiere blanco y en botella, la gente no es consciente de que los privilegios adquiridos jamás fueron gratuitos. El ciudadano de a pie no quiere saber nada de luchas ni revueltas, no sea que pierda algo por el camino. Todos nos quejamos pero no hacemos nada para remediar una posible situación que atente contra nuestro modus vivendi. El mazo ha hecho estragos en las escuelas, pero parece no importar que la educación no debería depender nunca de los designios de un gobierno concreto.
Necesitamos una medida desesperada para descongestionar lo que la crisis embotelló. El privilegio: una camilla vacía. Anoche no tuve más remedio que dejar constancia fotográfica de la ineptitud de las cabezas pensantes de este puto lobby global. Del que paga la seguridad social y exige con desconocimiento ayer me encargué bien; éste comprende, de buena tinta -el bocaoreja entre memos corre como la pólvora-, que la mejor manera de permanecer es golpearse en el pecho al son de los tambores de una masculinidad pretérita. El que se sienta detrás del cristal, pero, sabe contrarrestar semejante corriente maligna, y no es a base de mal aliento y matasuegras precisamente.
Salí a pasear por la decadencia del campo yermo cogido de la mano del personaje más pintoresco del lugar. La botella la puse yo mismo, de mi bolsillo. Al llegar a la zona de combate, el pobre no pudo más que broncoaspirar con los ojos como platos. La retaguardia se convirtió para él en un recuerdo tan lejano como la ubre de una lágrima en busca de aliento. Bebimos un trago juntos y nos despedimos con un breve ademán.
Aborrezco la estupidez desde hace mucho, la mía sobre todo; al reflejarse en los demás, crea un efecto que sonrojaría al mismísimo Crick, apartando las miradas curiosas del verdadero problema que supone defender una posición absurdamente inalienable. Si abriésemos la mente en una orgía de LSD a lo chamán poseído, no habría suficiente espacio para todos. Sobre la complejidad de la doble hélice y su misterio poco que decir, pues: visto que el universo no perdona una y cómo suele reírse de nuestra acepción del espacio-tiempo, nos queda sólo seguir sentaditos mientras nos estrujamos el cinturón un poco más. O mientras nos lo estrujan, que no es lo mismo, y éstos sí que lo hacen con nocturnidad y alevosía.
Es muy difícil recuperar la capacidad de reacción en un ambiente tan hermético como este, es su día de los enamorados, pero las cosas no avanzan y los días se suceden entre picos que se alzan decididamente esquivos.


lunes, 6 de febrero de 2012

CUMPLÍ 32

El martes cumplí 32 años.

No fue la casualidad la que me alejó del foco y la tensión, ni tampoco la desesperación.

Un resorte natural de última hora, como dos niños agasajados en el sofá de improviso, un destello en el salón.

Cacareamos canciones que nos distinguen, no tomamos nada a cambio. Esta vez no fue necesario. Qué hay del humo, me preguntaron. El justo y el necesario, respondí, no lo voy a negar, no hace falta que se santigüen.

El día era gris, el frío de los gulags estaba al caer. Oímos la burbuja poco antes de caer, una razia, algo rápido, todo sin pensar en la hora de comer. Y el brindis… ¡ay, el brindis! El sol caía y no quería merendar, sacrílego impío, pero tampoco nos importunó.
¿Qué íbamos a hacer?

Estuvimos en Florencia dando una vuelta, no fue un rumor de babor ni estribor, ni del este o el salvaje oeste nos llegó la confirmación del mástil; mi vida entera lejos de tener sentido hasta entonces, pensé, esto es lo que enumera una existencia breve y cruel. Al día siguiente teníamos un vuelo a New Jersey.

Y luego...  oleadas de pasión y desenfreno, comida para perros, del destino hacia el faro que da nombre al rumbo entre dos mares, vida mía...
todo junto a ti, nada siempre contigo. ¿Qué más se puede pedir?

El martes cumplí 32 años. ¿Quieres preguntarme cómo pasé el día?


viernes, 27 de enero de 2012

SER PACIENTE

La paciencia, esa gran virtud irreconocible, perdida en combates imaginarios llenos de una agresividad natural mal digerida que arremete contra todo y contra todos. ¿Cuándo la perdí? ¿Qué hay que hacer para recuperarla?
Sé que está en juego no sólo una vertiente antisocial, si no también y sobre todo una sensación de engreimiento, como un verdugo sin aplomo –ni longanimidad- que camina a pecho descubierto sin miedo a ser señalado. Convertirme en un ser constantemente impaciente o estar en paz conmigo mismo; sentir cómo la frustración fluye por tus venas, cómo ese veneno endiablado avanza impunemente por doquier hasta cubrirte de un oscuro rencor lleno de energía negativa, cuando tú sólo esperas que pase de largo y acabe dejándote tranquilo de una puta vez. Así es de incontrolable esta maldita guerra interior que pretende –ilusoriamente- hacerme llegar tarde a todo.
La gente en el trabajo critica por tener algo de que hablar. Como decía mi madre, donde hay gente hay envidias. Y cuando no hay nada de que hablar, intentan establecer vínculos ficticios, la mayor parte de las veces obligados por un sentimiento de pertenencia que resulta inútil y extraño a ojos del que te paga la nómina a final de mes. Reconozco las reglas sociales básicas, pero muchas no las comparto y las considero completamente innecesarias. ¡Ay de mi, Schettino! Pobre diablo sin suerte ni ventura, esclavo de mi ser carnoso y cruel -bendito terrone-, ni por los mínimos básicos te salvas al fin y al cabo.
Estoy harto de ser condescendiente. Harto de pensar que tengo que serlo. ¿Quién me ha otorgado semejante poder? ¿Con qué propósito me creí mejor que los demás? Me paso las noches enteras buscando amparo entre la ausencia de empatía y el deterioro de la culpa, desternillándome con la falta de escrúpulos de la artificialidad más banal. Pero, ¿acaso no me he equivocado de camino? Cuánto aprendí con la de bandazos que pegué... ¿es que eso no cuenta, al menos siguiendo la aceptación griega en su sentido más estricto? Y lo más importante, ¿cuándo se callarán esas malditas voces involutivas que torturan al aprendiz día tras día?
La paciencia. Esa nefasta virtud olvidada, defenestrada por la poca voluntad de servir y la intransigencia del prójimo. Como si no estuviese en paz conmigo mismo, como si la distancia hacia mi madre fuese una losa demasiado pesada para mi o un trayecto a todas luces insalvable; la confianza destiñe el paso del tiempo y carece de pócimas milagrosas, pero, si no confías en nadie, ¿en qué te convierte eso? ¿Un simple aprendiz de maestro, crees?
¿Acaso he perdido toda esperanza? Todo renacería si dejase de intentar influir en mi entorno, si cejase en mi empeño de controlador nato. Mi verdad no es la única verdad, la paciencia no es el único rasgo evolutivo que no poseo. En eso ningún griego puede ayudarme.
Me sitúan en esa línea cercana al horizonte. A unos días de cumplir 32 años, descifrar esa violencia innata –ahora que las noches se acortan-, no depende de las necesidades mañaneras de mi perrita Chloe, pero no la exculpo del todo; la verdadera razón de mis atribulaciones tiene que ver más con la percepción equivocada de que todo lo que me envuelve es imperecedero, de que todo volverá a ser como antaño _un varadero en toda su magnitud. ¿Cómo recuperar la tranquilidad para aceptar cada propuesta alejada del impulso momentáneo?
Resistir los envites del Mal, que se presenta cíclicamente para recordarnos nuestra naturaleza humana, ya no es sólo una cuestión de espíritu. El tiempo es el único elemento que no somete al maestro, puesto que de él se alimenta; en su sabiduría, reconoce los valores del juez supremo para intentar permanecer, impasible ante las desdichas que van sembrando los alrededores de caos e indecisiones, manteniéndose firme y paciente, al menos hasta que salga el nuevo disco de The Mars Volta en marzo.

lunes, 16 de enero de 2012

HORIZONTES, TERCERA PARTE (IN ABSENTIA 6.3)

Continuando con la ambiciosa serie de escritos que pretenden desgranar el futuro gota a gota en este nuevo y definitivo 2012, el tema de la familia -una constante en mis vuelos aeronáuticos-, es el siguiente que quiero tratar.
Nunca me he considerado un hombre de familia por razones obvias. Sin embargo, esas mismas razones que simplificaron y redujeron sentimientos una vez, destacan hoy por ser tormentosas y tema poco baladí
_pese a la distancia y el olvido.
Reviviría el trauma profundo que me dejó mi padre durante 18 años, pero sería en vano; el recuerdo angustioso de una judía gigante succionándome todavía persiste, copando las noches que hace más frío y dejando la respiración a un lado. Sin la figura física del pater, pues, todo parecería perdido, si no fuera porque la misma toma formas que la razón desconoce
_para acabar desapareciendo inexorablemente con la garúa de la mañana.
El resto de nosotros esperamos que haya un año en el que nos juntemos de verdad y para siempre. Como una utopía, el retorno del hijo pródigo debe apuntalar estos maltrechos lazos extrañamente cotidianos. Nos agarramos a ese clavo ardiente con renovados bríos desde hace poco, lo suficiente como para anhelarlo de corazón pero. ¿Y si aumentara la familia? ¿Y si del núcleo tradicional pasásemos a algo más? Deberíamos estar unidos, pues.
Mi relación con mi hermano mayor siempre fue de padre encubierto hasta que me enseñó El Padrino. En alguna ocasión ya he tratado esta cuestión. Ahora vivimos en un mar de respeto que se ha afianzado gracias a nuestras respectivas mujeres, anclas absolutas de nuestro mar de fondo, administradoras del derecho a formar parte de la manada.
El pequeño es diferente, siempre lo fue. Él se ganó mi admiración –sin ser eso gran cosa ni motivo de algarabía- hace ya mucho. He intentado que se percatara de ello los últimos años, casi desde que se fue a vivir a la Roca, pero no hay manera de arrancarle esa coraza a la que se aferra con la misma fuerza que un marinero al palo mayor en una tormenta. Como buen lobo de mar hecho a sí mismo, moldeado por las idas y venidas de una mar caprichosa, curtido como el sol de un ocaso que se resiste a abandonar sus mismos ojos; en encubierto, las vidas posibles del señor equilibrista. En juego, traspasar la última frontera más allá del tiempo, la distancia y la discriminación de ley.
El miedo y sus coberturas, signos de una experiencia no cabal demasiado antagónica, no dejan lugar a la esperanza en esta nueva época preapocalíptica. Nuestro fin del mundo particular empezó al regresar yo de la bota. Algo había cambiado en casa, algo olía a podrido en el reino. Sobre la responsabilidad alejada de los actos de una juventud alocada se basaban sus dudas, decían que no influían tanto los astros como las ganas de dejar de fumar o de comprarse un coche; si el aguador y sus amigos nunca tuvieron nada que ver, pues, y las alarmas resonaban con la misma fuerza que un elefante en celo, es que la cosa iba a ir muy en serio, pero no ha sido hasta ahora que no me he dado cuenta.
¿Es el dolor a la pérdida y al 'mientras tanto' lo que me impulsa a huir de las consecuencias?
Ojalá pudiese dar las gracias sin sentirme estúpido y sucio, puesto que sólo un necio se desentiende al acostarse, así como un devoto no gana para disgustos si sus oraciones acaban cayendo en saco roto.
‘Es duro aceptar que jamás volveré a comer aquél estupendo lomo con almendras’, le dije a mi novia. Mientras, ella me miraba recriminándome mi prolongada actitud evasiva sin palabra alguna, sojuzgándome sin dilación ni piedad alguna, encajonándome la prisa que durante más de tres años había enterrado en lo más profundo de mi ser.
Sin más opción que la de dar un paso al frente, aquella gran culpabilidad propia de los vástagos se diluye como el humo que se filtra por la persiana cuando amanece, dejando paso a una responsabilidad cabal que se aleja del miedo y sus coberturas sin más ruido que el que provocan sus sílabas en boca de otro.

sábado, 31 de diciembre de 2011

CLAUSURA 2011

ANTOLOGÍA VISUAL

2011 ha sido un año de asentamiento, el primero de repatriamento en la campiña bergadana. En 2011 me he comprado un coche 11 años después de sacarme la patente -conditio sine qua non para el traslado-, y le dimos la bienvenida a Chloe, nuestra pequeña carlina. Cruzamos el charco por primera vez y tuvimos que afrontar un par de infortunios desagradables. Acabamos el año en el mismo lugar en el que empezamos, ya que, después de todo, todavía seguimos aquí...

ENERO
Como siempre digo, enero es mi mes. Cumplí 31 años en la nieve con una buena sorpresa que me preparó Laura. Fue un lunes y estuvimos dos días prácticamente solos, a nuestro aire. Hacía más de 10 años que no esquiaba. Por lo demás, el frío seguía atenazándonos y ya sólo anhelábamos febrero, marzo... y la llegada de la primavera.

FEBRERO
En febrero empezamos a salir por ahí a descubrir la campiña más de cara p'arriba. Aquí intentando seguir el ritmo de mi suegro Daniel, un tío muy avezado en estas lides. Naturaleza en estado puro. Oxígeno.

MARZO
En marzo celebramos nuestro aniversario en el sur de Francia. Disfrutamos de estas maravillosas vistas, aún con frío, y paseamos en plan dolce vita a la française. Sellamos una vida futura, pese al constante canguelo de la mierda de crisis global ésta y otras contrariedades menores.

ABRIL
En abril abrazamos la primavera con ganas y fuerzas renovadas. Seguimos descubriendo esta maravillosa tierra y hasta fuimos a ver a Rafa contra Ferru en el Godó. Sol, ¡alegría!

MAYO
¡En mayo llegó la pequeña Chloe! Un cambio en nuestras vidas, una nueva compañía. La alegría del Palomar y de mis suegros sobre todo... ¡cómo la han recibido! En este mes de buena temperatura seguimos dando tumbos por ahí y también jugamos bastante a tenis con el señor Cots. El Barça conquistó su Cuarta Champions dando un baño al United. Primavera total.

JUNIO
En junio nos ardían los pies. Nos topamos con una exposición muy toolesca y empezamos a pensar en clave playa. Calor, ganas de vacaciones. Paseos y mucha montaña.

JULIO
El que me conoce (y el que me lee) sabe que julio para mi es sagrado. Este año, pero, el tiempo no acompañó. Tuvimos suerte en la semana que estuvimos en la Costa Brava, pero en general parecía el puto mes de agosto. Cierta inestabilidad y descubrimiento de un litoral costero increíblemente bonito.

AGOSTO
Agosto fue julio este año, pero yo ya estaba en plena dinámica de curro total (fíjate en la Chloe ahí espachurrada en la sombra del terrao). Alguna escapada y poco más, empezaba a perder mi colorete habitual de estos tiempos y la alegría típica de la temporada. Toni se fue, y con él parte de mi infancia. Lloros a borbotones y un mal final.

SEPTIEMBRE
En septiembre empezamos a prepararnos para nuestro primer viaje intercontinental. No era cuestión de perder la forma, así que subimos una montaña tras otra...
... hasta que nos topamos con El Astronauta (mi otro yo). Buen tiempo estival hasta que tomamos el aéreo y nos plantamos en Lima. De ahí pasamos a Nazca y sus Líneas míticas, el inicio de un viaje que tardaremos en olvidar.

OCTUBRE
El Macchu Pichu fue la cima de nuestra aventura. Un lugar muy reconocible pero no por ello poco sorprendente. En la foto de arriba, un torbellino de arena en ruta (constantes autobuses de un lugar para otro), sé que la puse en un escrito del viaje pero no he podido evitar volver a colgarla (no es un rayo, aviso). Aventura, mochileo y nuevas costumbres sobre la marcha. Un Nuevo Mundo con todas las letras y todas las novedades que eso conlleva.

NOVIEMBRE
Odio noviembre. Vuelve el puto frío y la faena sin cuartel. Entre la depresión generalizada, escapadas varias y una muy especial a la Fageda d'en Jordà. Después del viaje, la dura realidad. Buenos alimentos en la campiña y relax en el barrio (siempre es menos de lo que parece, aunque no creas que es fácil).

DICIEMBRE
Antes de volver a encerrarme aquí, celebramos los 30 de Laura con la familia en la Rioja, Donosti y alrededores, una tierra acogedora y de buena gastronomía. Disfrutamos con largos paseos y papiñadas espectaculares gracias a gente como el Arguiñano. Disfrute, paréntesis. Purgatorio.

El vídeo del año sería cualquiera del largo viaje que hicimos al Perú, pero me quedo con el advenimiento de la Chloe a nuestras vidas, sobre todo por el cambio permanente que supone tener un perro. Por lo demás, nos pusimos muy contentos al ganar nuestra Cuarta, no cabe duda de que se abrió una nueva veda este año en cuanto a enfrentamientos (Clásicos) contra nuestro gran y Real rival. La amistad con los alacenos se enfrió al seguir cada uno nuestro camino, algo que sigue costándome asimilar pero que es claramente inevitable. Y aceptando mi día a día en mi nuevo país, cosa no muy sencilla pero defendible con una buena base de fondo. Si hablara de la familia... un nuevo temor salió a flote, pero supimos captarlo a tiempo. Un hombre que no está con su familia no puede ser un Hombre, que diría el Don.

En cuanto a música, no llegó el esperado disco de Tool tras cinco años y The Mars Volta parecen tomárselo con calma, así que he tenido que conformarme con grupos menores y algunos solistas de bajo calado. No destacaría nada en concreto.
De cine mejor no escribo, pero no quiero dejar pasar la ocasión de tratar, aunque sea por encima, el tema de las series de TV. La calidad existe desde hace algunos años y está en ese formato, una situación que parece reverter la vieja dinámica que decía que la televisión era sinónimo de fracaso y de marginación. Canales de pago como la HBO o la AMC engrandecen la creación del arte visual con trasfondo (sin llegar necesariamente a lo metafísico), y yo lo he agradecido y lo seguiré agradeciendo muy mucho. Sons of Anarchy, Breaking Bad o Deadwood son tres ejemplos claros.
Sobre lo que pasó en el mundo, la muerte de Steve Jobbs y otras desgracias (santa crisis), no voy a escribir ni media línea.

Nada más, desearte a ti y a los tuyos que tengas una buena entrada de año y lo mejor hasta la venida del fin del mundo maya el 21 de diciembre...
FELIZ 2012,
un año que promete emociones fuertes y alguna sorpresa si no pasa nada raro...
¡no pierdas la esperanza!

domingo, 25 de diciembre de 2011

NOCHEBUENA DE HOY

En la Nochebuena de hoy he descubierto que me han cerrado el twitter.
En la Nochebuena de hoy voy a huir de malos pensamientos y soledades extrañas tan lejanas como absurdas.
Hoy es Nochebuena. Todos cenáis con vuestras familias y lo pasáis en grande. Yo, en cambio, voy a pasar las horas menos muertas trabajando desde la atalaya hacia las sombras.

En la noche de hoy y en estos días sobre todo, me acuerdo de los que están y de los que ya no. Como decía mi amigo, dando las gracias por muchas cosas, compañía y amistad incluidas. Recuerdo y podría decir que el año en curso fue bueno, pero hubo un gran nubarrón negro que en ocasiones inunda de borrascas el cielo todavía. Honrar su memoria quisiera desde aquí.
No es que nunca me abandonase la melancolía. Los que me conocen saben que soy el hombro perfecto al que se pueden arrimar. Sé escuchar, y puede que éste sea una de mis principales virtudes, si es que la activo, ya que suelo pasar gran parte del tiempo desconectado. No es por desgana ni desinterés. Los procesos de selección son inescrutables en mi.
Hoy es Nochebuena y no creáis que está viniendo poca gente, no. Estamos abiertos 24 horas al año, siete días a la semana. Me pregunto por qué me habrán cortado el twitter… ¿será por poner y nombrar a aquel hijo de la grandísima puta? No es la primera vez que me vieron aquí sentado antes de otorgarle un significado a esta fiesta. Volví a oír los villancicos por teléfono mientras hacía una ficha tras otra. Ha sido desalentador.
Hoy es Nochebuena, pero todavía me quedan muchas noches. No sé si tan buenas como la de hoy; justo antes de llegar, me he encontrado 200 € tirados en el suelo. No sabía ni de qué color era semejante billete, pensaba que era del Monopoly. La sorpresa, como imaginas, ha sido mayúscula.
Que hoy sea Nochebuena no me exime de escucharme. Mis horizontes laborales me señalan con un aire hostil muy poco halagüeño. Clausurar un año de asentamiento siempre es difícil, igual que sentirla a veces un poco lejos. Es extraño y curioso tal vez, me pregunto si es la naturaleza femenina o soy yo -el de siempre, y las dudas me invaden al momento de acostarme. Mientras estoy de pie o sentado aquí, delante de esta mierda de ordenador, trato de no decaer y mantenerme despierto como sea. Qué remedio, me dicen.
En la Nochebuena de hoy me han vuelto a decir que me corte el pelo. ¿Es que no puedo llevar greñas con coronilla? ¡Conozco a más de un sinvergüenza que no duda en hacerlo! Es porque no voy mucho al gimnasio. Lo noto. Me lo noto. Pero hasta enero no saldré de esta dinámica. Es mi coco, debo dejar de escucharlo tan asiduamente. Mi archienemigo vital.
Esta noche ha sido Nochebuena. He logrado huir de los malos pensamientos y las soledades extrañas pese a que me han chapado el twitter. Nunca me he considerado un pionero, pero tendría que abonarme a la HBO, joder. Y ya puestos, que se joda el puto tuitero que me ha bloqueado, me ha preocupado tanto que creo que no voy a poder dormir hoy...

Al Swearengen os desea Feliz Navidad.
Y que os vaya bien (putas y juego los siete días de la semana a cualquier hora).

domingo, 18 de diciembre de 2011

ARDE VERGÜENZA

Me arde la vergüenza.
No sé que tengo dentro que no basta. ¿Tan triste es?
Once de catorce un año más. ¿Aguantaré? Si esto es sólo el principio, ¿cómo se gestionan los próximos treinta años?
Las horas muertas de la noche no evitan el trauma del pasajero alcohólico de apellido ruso. Puede que haya un día en el que deje de verlo todo tan oscuro como el alma que me tortura en los días malos.
- Niño, ¿te estás dejando el pelo largo?
- No, ya sé que tengo que cortármelo.
¿Acaso se ríen de mi? ¿Por qué no me dejan vivir en paz?
Una buena kurda es lo que necesito. Una de esas que me tira p'atrás y me hace acabar en algún lugar desconocido. Tanta disciplencia irrita, lo sé.
Entre tanto, ¿qué hay de los viejos tiempos? ¿Por qué busco epidemias como si estuviera en Deadwood?
Estoy en un punto muerto muy asqueroso. Los votos descienden vertiginosamente por el precipicio de la amargura.
Lo tendré en cuenta.
Me arde la vergüenza.

sábado, 17 de diciembre de 2011

PALCO DE CERA


El hedor de la sala de espera era tan insoportable que apenas podía mantenerse en pie, por lo que decidió sentarse.
Olía a viejo muerto -pese a que nunca había visto uno-, sabía que esa profundidad no podía venir de ningún otro lado. Luego se acordó de Arthur -amigo de su padre-, marqués de un recóndito territorio normando, que ejerció su profesión con esmero durante años en la antigua colonia francesa de Guadalupe, algo bastante exótico.
Una pareja teutona de hippies, ajena al bullicio de las quejas, a las leyes de la física más elemental y las buenas maneras, se preparaba para cenar un estupendo queso azul de mierda. Mientras ella dejaba el suelo perdido de migas de pan, un anciano de tez oscura y cara agria se apresuraba por su espalda presto a recriminarle tan infame actitud. Luca le miró de inmediato haciendo un gesto negativo y el viejo cambió de idea.
El asfixiante calor de la isla, que convertía los campos de cultivo de arroz tailandeses en un vergel terrenal, desgreñaba y suscitaba una sucia sensación pegajosa muy persistente. De repente, un exagerado pedo resonó como un trueno en mitad de la tormenta, empeorando si cabe la insalubridad del lugar e incomodando aún más al personal. Un extraño personaje de apariencia poco cabal caminaba a destiempo, era en él todo hediondez; desde los pies a la cabeza, pasando por sus vestiduras altas presididas por vómitos u otros detritos poco claros, ofrecía un aspecto tan lamentable que Luca no podía dejar de mirarlo. Un único pedo no podía oler tan mal ni ser tan definitivo, tenía que haber algo más en aquél barbudo insondable.
Como la ventilación escaseaba, la voluntad debía permanecer inquebrantable, casi tanto como el recuerdo de una vida anterior felicísima. La lejanía de sus amados padres era un handicap que asumía con la naturalidad propia de su bisoñez. Su padre, un tipo apuesto nacido en la península ibérica, había recorrido todos aquellos lugares antes que él. Su mujer le había abandonado poco antes de nacer, por lo que no le quedó más remedio que huir tras los pasos de su propio yo. Luca repartía su tiempo entre ambos con la maleta siempre a punto. Ahora, perdido entre los recovecos insulares de aquella maldita ciudad sin ley, esperaba con ansia el reencuentro con sus primos no carnales. Serían como unas vacaciones, pero antes tenía que esperar turno como todos.
Se miraba nerviosamente la tarjeta que le colgaba del pecho. Visitor, con la 'v' más grande que las otras letras. Había seguido su propio camino. Pese al encarcelamiento de su padre en un país sin tratado de extradición años atrás, finalizó la licenciatura con honores y fue el mejor de su promoción. En la academia no disfrutó tanto pero siguió engrandeciendo su currículo. Cuando su país de adopción lo reclamó para combatir al crimen organizado se convirtió en un ser casi tan solitario como su padre. Su madre desaprobaba semejante estilo de vida, pero sus métodos eran infalibles y se había ganado el respeto de todos desde las calles de su añorada Palermo.
Un guardia de mirada lúgubre se acercó a él lentamente. Sabía quién era y le llamó por su nombre en susurros para que los demás no se percataran. Luca le siguió sin pensárselo, movido por un resorte de disciplina militar aprendida. Una sala anexa acogía a dos hombres en situación dispar: un traje naranja sentaba al preso y otro verde oliva mantenía firme al soldado local. Había perdido la fe demasiado pronto, pensaba para sus adentros. Les dejaron solos. Padre e hijo frente a frente, años después.
Olía a viejo muerto. Llévame contigo, oyó que le dijo. Luca no pudo seguir sentado, por lo que decidió levantarse. Luego se acordó de lo felices que habían sido y salió por la puerta hacia el exterior. Se fumó un cigarrillo empapado en sudor debido a la fuerte humedad de la isla, pero tenía que haber algo más en todo aquello. Cuando volvió a entrar al calabozo, su padre ya no estaba y, en su lugar, unos grilletes como los que usaban los guerrilleros de las montañas libias sonreían al capataz de lo fugaz. Desde la sala de espera a la salida ya no olía tan raro y nadie le dijo nada cuando abandonó definitivamente el lugar.
Serían como unas vacaciones, se dijo, mientras abría la puerta del coche y la pareja de teutones le saludaban con un ademán tan tosco como exótico resultó ser todo al final.


viernes, 2 de diciembre de 2011

UNA LOTERÍA

El martes pasado soñó que le había tocado la lotería europea. Se despertó aturdido el miércoles.
No desayunó copiosamente porque tenía pensado ir al gimnasio, pero antes tenía que pasarse por el colmado para comprar leche y algunos enseres que necesitaba para la casa. Había pasado muy mala noche.
Parecía un día normal. Seguía con poco trabajo y demasiado tiempo libre. Su perrita lo agradecía en forma de lametones constantes, no se cansaba. Todavía era temprano pero la resaca era considerable.
No vio a nadie conocido, la calle principal del pueblo aún estaba desperezándose. En el ventanal de la administración número 32 había un un gran cartel naranja fluorescente que anunciaba la buena nueva. 'Sellado aquí'. A bombo y platillo. ¿Qué ganaba el administrador con ello? ¿Popularidad? ¿Una parte del botín? ¿Atraer nuevos jugadores con un fin oscuro y tendencioso?
Pasó de largo repeliendo estos pensamientos y otros más fantasiosos, como cuando trataba de esquivar al borracho del pueblo cambiándose de acera. No lo hacía por no escucharle ni por aguantar sus improperios, si no más bien por una cuestión de pulcritud almidonada autoinfligida, su escudo protector infalible; con él pretendía engañar a la gente y hacer creer que seguía manteniendo su estatus de lobo solitario impoluto.
Se había dejado encendida la televisión. ¿Se habría topado con aquél tipo la noche anterior? Es extraño, no es una persona que suela levantarse con la caja tonta. La apagó de inmediato. Olvidó que quería consultar la previsión del tiempo. Se duchó a regañadientes, ya que semejante cosa significaba que la mañana comenzaba a esfumarse. Sentía una gran pereza al pensar en máquinas, pesas y cintas de correr. Odiaba sentirse como una cobaya de laboratorio sólo para poder dormir un poco mejor por la noche e ir más veces de vientre.
Una vez en la sala, todos comentaban lo del premio. 'Ha tocado en el pueblo'. '¿Se sabe quién ha sido?'. Las peluquerías estaban a rebosar, en el mercado no se hablaba de otra cosa.
Estaba exhausto después de 45 minutos de ejercicio cardiovascular. Maldijo los primeros quince minutos porque se había olvidado el iPod y no encontraba el ritmo. Sudaba como un cerdo. Se fue corriendo hacia el vestuario, recogió sus pertenencias y salió a toda leche de allí, no sin antes escuchar de fondo un '... ese tiene la vida solucionada...'. Volvió a meterse en la ducha, su fiel compañera no salió a recibirle. La casa estaba fría pese a que el invierno se estaba haciendo de rogar. Se untó bien el cuerpo con aquél body milk que tanto le gusta, uno con extracto de papaya y algas. El agua corría por su erguida cara y buscaba la manera para que le tapara los oídos; de una forma intermitente pero muy agradable, disfrutaba de una sensación de libertad alejada del murmullo constante, bañada por el elixir más sagrado y característico de nuestro planeta.
Eran casi las dos pero parecían las tres. El sol no estaba muy alto y no tenía mucha hambre. Comió sin ganas y se quedó dormido en el sofá antes de fumarse el cigarrillo habitual. Encendió la televisión, y al momento advirtió la silueta del edificio que identifica a su localidad natal. Hablaban de la lotería europea. Saltó del sofá como un resorte. Comprobó su boleto en el móvil, por si acaso, pero nadie le había llamado. No encontraba su cartera ni el resguardo. Se quedó petrificado. Tenía un pálpito. ¿Había soñado que le tocaba la lotería europea? Llamaron a la puerta. Era el borracho del pueblo. Sería imposible esquivarlo. 'Qué quieres'. 'He encontrado tu cartera en la calle'. '¿Mi cartera?' Bajó las escaleras a toda prisa y allí estaban los dos: el borracho y la cartera, ambos sostenidos por un asqueroso brazo.
La pequeña Chloe empezó a ladrar de inmediato. Los dos hombres discutían. Le conminó a quedarse con el metálico y a olvidarse del asunto. 'Subamos, te invito a una copa'. Ambos se miraban con el rabillo del ojo. La resaca había desaparecido por completo, sustituída por un nerviosismo generalizado y una falta de oxígeno preocupante. El borrachuzo trataba de chantajearle mientras él sólo pensaba en recuperar su boleto a toda costa. No quedaba alcohol en el mueble-bar. Ambos se quedaron atónitos al descubrirlo, el borracho sobre todo. No decidió darle más cancha al estupor generalizado y se abalanzó sobre el repugnante personaje con un grito de guerra, cual animal enjaulado. Al caer -el borracho no llegó ni siquiera a zafarse-, entendió que su oponente se había golpeado la cabeza con el bordillo de la maciza mesa de roble del comedor. Murió en el acto, pero de eso no se percató hasta la quincuagésima cuchillada.
Con la ropa ensangrentada y un vigor renovado a la par que triunfante, le arrancó la cartera de su mano pegajosa e inerte. Sacó el boleto de la lotería europea, pero los números diferían sustancialmente de los que tenía en la cabeza.
Parecía un día normal, la noche anterior incluso había soñado que le tocaba la lotería.
Tenía demasiado tiempo libre.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

HORIZONTES 2: LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS (46.171)

En esta segunda parte de la ambiciosa serie de escritos que miran al futuro y que titulo ‘Horizontes’, me dispongo a relatar la referente al trabajo y a la idea laboral que debería tener a estas alturas.
¿Cuál es mi profesión? ¿Qué coño he estado haciendo hasta ahora? Dos preguntas que me persiguen desde que alcancé la mayoría de edad; partiendo de una apreciación errónea nacen la confusión y los delirios magnánimos, partes desperdigadas de un todo inexorablemente imperturbable como el avión que se ve forzado a realizar un aterrizaje de emergencia.
Nunca supe realmente lo que había que hacer. No nací con el libro de instrucciones actualizado; la versión más antigua y delicada, dentro del entorno adecuado, hubiese podido bastar para los niveles de rectitud demandados, pero el riesgo de formar a futuros psicópatas no entraba en los planes de nadie, así que tuve que improvisar. Todavía lamento las consecuencias de aquella elección.
Me convertí en un fantasma. Perdí la ilusión. Me mudé más de una vez, pero la ciudad no estaba hecha para mí. Sentía el tormento del espíritu machacándome una y otra vez -buscando refugio en una falsa espiritualidad, explorando sórdidos submundos- mientras veía a la gente pasar y chocar y no llegar a nada. Desplacé el centro gravitatorio elemental hacia un ensimismamiento ignoto que resultó ser excesivo para mis capacidades, cosa que nunca he acabado de superar y que me carcome día tras día (todavía).
Lo de fichar e ir cada día al trabajo, a dos meses de cumplir 32 años, me sigue pareciendo una quimera. Debiera encontrar cierta estabilidad persiguiendo lo único que me separaba de la gente, mi escalón perdido particular. Pero la negación, seguida de una constante catarsis, jamás se convertía en afirmación positiva; empeñado en vivir de noche, al consagrar mis actos a un objetivo de mayor calado, topé con el infranqueable muro del desasosiego. Probablemente no sea una cuestión de lógica pura a estas alturas, pero nada parece ir en dirección opuesta, al menos no de momento. Si fuera un problema de esperanza, ya habría bajado la persiana.
La verdad es que no me veo dirigiendo el tráfico. Lo he intentado, pero sigo sin estar preparado. Es una realidad que he ido alargando año tras año, como si pretendiera huir de mi destino, del camino que esbocé erráticamente hace más de diez años. Sigo cabalgando entre la duda y el deseo irrefrenable mientras busco consuelo en el ocaso y, cuando todos duermen, salgo a la caza y captura de un nuevo sino, luchando por no permanecer anclado en la idea de una vida mejor que, en realidad, ya he logrado alcanzar.
Es inevitable ver planear a la incertidumbre con frecuencia. La línea que separa las decisiones buenas de las malas es tan delgada que apenas puede distinguirse; la inseguridad que provoca el no saber, justo cuando todos juegan a no perderse, pudo ser combatida antaño. Hoy sólo responde a intereses que se me escapan, como una retahíla que retumba por las mañanas y hace que me levante con muy mala leche.
No sé cuál es mi profesión ni si seguiré mucho tiempo aquí, pero el reloj no marca las horas de despegue ni funciona en consonancia con el cambio de estación. El mundo que conocemos se rige inevitablemente por los patrones del dinero y un consumismo abigarrado. ¿Debería aspirar a una plaza? ¿Es posible que lo que me esté alimentando pueda originar una desgracia? Ya lo dijo mi padre en aquella época: ‘Eres un vago, que te levantas a las 10 de la mañana porque antes no puedes’. No he podido rebatirle nunca, sometido de por vida a los propósitos de una crueldad largamente inmerecida. Supongo que no estoy lejos de la oveja descarriada, ya que sigo esperando no sé muy bien qué.
Como suelo llegar tarde, quizás sólo sea cuestión de días, o puede que de meses.
Pura improvisación.

martes, 15 de noviembre de 2011

HORIZONTES: DE AMIGOS Y MENTIRAS (1ª PARTE)


No soy capaz de vislumbrar nada más allá de hoy pese a que me organice el tiempo por semanas ya desde hace mucho, sobre todo gracias a mi agenda moleskine anual. Sin embargo, lo que principalmente pretendo en esta serie de escritos que titulo 'Horizontes', es plantear mi visión sobre el futuro más inmediato con el más lejano en perspectiva.
En este primer bloque, debería abordar el tema de la amistad y los viejos mitos con simpleza introspectiva –producto de una tendencia claramente definida- pero se me antoja imposible, como igual de complicado sería restarle importancia a temas que se ven abocados a terrenos pantanosos (tras una larga caminata por arenas movedizas).
Laura es la que mejor podría ilustrar esta situación que me dispongo a relatar. Ella asiste desde fuera, y extraña la absoluta clarividencia con la que trata tan espinoso tema: sin distancia apenas –la objetividad no es patrón bajo mi techo- pero con la ingenuidad de la que se sabe nueva en estas lides, es capaz de sentenciar en una sola frase años enteros dedicados a la cuestión. En una conversación casual con sus amigos, le oí decir la palabra ‘secta’ al referirse a nosotros como grupo, y lo hizo sin ningún pudor. Como espectador puro, y tras el encuentro del Día de los Muertos en el hostal del campo, llegué a no pocas conclusiones harto dolorosas que desmitificarían todo lo vivido.
No tenemos recuerdos nuevos. Nos unen los viejos, los encargados de, curiosamente, recordarnos a nosotros mismos como entes particulares dentro de un todo. Teníamos un piso, uno que prácticamente usábamos como local social. Cada uno tiene su propia idea sobre lo que pasó allí a lo largo de los años, yo tengo la mía. Para mi fue un punto y aparte en lo que respecta a la comprensión del mundo tal y como lo contemplamos hoy. Destacaría el humo de la herramienta y puede que la gran explosión de 2003. Tengo fotogramas clarísimos de lo que pasó aquél día, el día que acabé explotando.
Ellos nunca se han ido, siempre han estado ahí. Pero ahora la cosa es diferente. Con los gemelos, otro en camino y cuarenta kilómetros de distancia, la cosa se complica. Hay menos ganas de hacer lo que solíamos y el cuerpo ya no acompaña. Cuesta más dar el brazo a torcer: las prioridades han cambiado. ¿Cómo sobrellevar eso? Es ley de vida, oigo, pero aquél nexo que rozaba lo psicopático, junto con la distancia -o lejanía, según se mire-, rechaza cualquier excusa barata para ampararse directamente en los cánones de una mediocridad acomodada. Si no nos vemos es porque no queremos.
¿Cómo acostumbrarse? Conllevaría aceptar de buen grado que el tiempo nos vence irremediablemente, que no tenemos facilidad para adaptarnos al cambio y, sobre todo, que no sabemos cómo hay que madurar. No es lo mismo asumir algo con previa concienciación (macerado en la impecable barrica de roble) que encontrarte una avalancha en la fría montaña sin comerlo ni beberlo así de repente. El tiempo, ese enemigo implacable, se encarga de echarnos un cable muy de vez en cuando; la experiencia acumulada ayuda a superar traumas y los efectos devastadores de algunas tormentas, pero no te enseña a procesar fácilmente los cambios ni a envejecer con dignidad.
Una de las mentiras más habituales sobre la amistad es la que excluye al grupo del resto del mundo. Reconocí ésa como nuestra máxima debilidad casi desde el principio, pero la energía era demasiado poderosa; la fuerza que se originaba en el interior nos aislaba de la sociedad y ayudaba a formar  futuros degenerados y lazos eternos, pero también creaba un lenguaje y un folclore que sólo nosotros podíamos descifrar, puesto que el resto de la gente era idiota. Buscamos un par de referentes claros, cogimos un poco de aquí y algo de allá, refinamos nuestros caracteres y al carajo, objetivo conseguido. Habíamos creado un puto clan.
De todo aquello hoy no queda mucho. Todos tenemos un plan, y aquél perteneció, en parte, a una época más temprana. E importante, probablemente la que más; según el proceso, hoy somos como una especie de matrimonio polígamo que celebra sus bodas de porcelana entre el recelo y las experiencias compartidas, fórmula que nos permite mirar hacia adelante con orgullo y responsabilidad pase lo que pase.
Fuera de la banda, que son con los que comparto mi puesta a punto, existen algunos seres imprescindibles que no pienso menospreciar nunca. Uno de ellos consiguió que dejara de escucharme el día que me lo echó en cara y empezase a mirar a mi alrededor. Como buen talibán nacido, sin su ayuda no hubiese sido posible percatarse del sentido negativo del sectarismo latente; dentro de ese espectro, quizá un poco más amplio, confidentes pasados y algún que otro barceloní pululan por mi círculo de vez en cuando. Si por mi fuera, no tendría inconveniente en que siguieran aquí al lado toda la vida, pues la mayoría me tele-transportan al origen de la persona que ha ido mutando hasta el momento de escribir estas líneas.
Es un error pensar lo poco que nos queda sólo en pareja o con familia según cada uno. No por dejadez amanece más pronto, ni tampoco se cuentan los segundos mejor con escasez de miras. No nos queda mucho, y podría llegar a ser bastante inútil admirar y atender con premura, ciertamente, pero ni tan siquiera el ermitaño desea el retiro a tiempo completo porque es insustancial al género humano. ¿Qué diablos haríamos en la artificialidad de la soledad? Hay que dejar atrás rencores y malas influencias para reflexionar un momento y no perder ni un instante en lamentos y balas perdidas. Tú sabes quién está y quién seguirá ahí llegada la hora.
La amistad es la razón desprotegida por el ocio. Los amigos se cuecen en las entrañas. Aprendo de ellos como espero que ellos lo hagan de mi pero sin esperarlo absurdamente a cambio. Pueden ser sustitutivos de familiares o incluso de órganos o músculos del cuerpo humano. Tener un amigo significa confiar, algo no compatible con la muchedumbre ni con los mil ‘conocidos’ que te vas encontrando. Puede que un amigo no porte tu misma sangre (ritos aparte), pero sí que puede decirte quién eres y hacia dónde vas.
Y eso no se puede perder jamás, aunque no sea capaz de vislumbrar nada más allá de esta lluviosa noche de otoño.


viernes, 21 de octubre de 2011

LA CRUZ DE VALVERDE

No he tenido tiempo para valorar la vuelta al trabajo y al mundo real.

El planeta entero sigue en crisis mientras yo me devano los sesos en las clases de inglés y el Perú vuelve a ser sólo un país de Sudamérica y no me llega para vislumbrar nuestra próxima escapada; llegados a este punto, tras más de una semana intentando no colisionar con nadie, con el invierno en barrena y la satisfacción de haber encauzado un futuro próximo que nos conduce hacia el solsticio de verano, uno se asoma a la espiral de monotonía en la que aparentemente pocas emociones cabrán, exhalando sus últimas bocanadas de humo negro (no sin cierta tensión en el ambiente).
Hoy, revisando las fotos del viaje y el vídeo de la ida en el avión, todavía no sentía esa extraña melancolía que devora a todos los recién aterrizados, pero sí la que atenúa esta singular concepción del tiempo. Al final, la única respuesta viable te hace hincar la rodilla y destruye todas las pruebas habidas y por haber; muy probablemente, Atahualpa no arrojara aquél sagrado libro como se ha escrito, pero es inevitable no caer en la trampa si los mismos tuyos se alían en tu contra. Me embargó una emoción profunda el hallarme ante aquella enorme pero austera cruz de hierro, símbolo del expolio y masacre de las Indias. Valverde era una especie de banquero del siglo XXI: un intermediario que trabajaba a comisión, un jodido ladrón.
Ser humano, pertenecer a esta raza, es en sí mismo una gran contradicción. No sé cuántas veces habré escrito esto. No eran pocas las referencias a un cristianismo añejo si no fuera por el mestizaje religioso, cosa que me hacía pensar en un triunfo del verdadero Dios. No del Dios institucionalizado, más bien del que percibimos claramente en las situaciones de fuerza mayor que nos vamos encontrando en el camino. Un intenso debate metafísico tenía lugar en mi interior mientras trataba de no toparme con mi reciente amigo fallecido, pero éste aparecía una y otra vez. Daba gusto percibir esa energía en los lugares más remotos de mi particular globo, así como comprobar de primera mano el hecho de que no perdieran ni un ápice de poder al estar atestados de gente. Lo comprensible no excluye a lo divino, pensaba el profano, y eso me hacía estar de muy buen humor.
No quedan tierras por descubrir, pero sí zonas oscuras que investigar. Hasta la última gota del licor que marginé en la repisa del armario del comedor, como mi muy querido tótem de cabecera: no hay forma de deshacer todo el mal que nos es inherente, y ni siquiera podemos obviar o dejar de lado la materia de la que estamos hechos. De la misma manera que hoy estamos aquí, mañana puede que desaparezcamos. Hasta qué punto ser consciente de esos extraños canales de exiguo provecho... los sentimientos que procesan una demolición no programada, una crueldad tan insondable como el mismo misterio de la creación; los caminos del Señor acabarán siendo insondables por cojones.
43 años después del último chiste imperialista y tras un reguero de sangre atroz, las armas que provenían del norte no volverán a ser alzadas; ¿cómo no pensar en las repercusiones históricas? ¿Cómo no regresar a la puta selva con toda la artillería pesada y mis 180 infantes cabalgando a lomos de jodidos corceles salidos del infierno? No me hago a la idea. Quién diablos serían aquellos hombres de hierro y para qué querrían mis ofrendas doradas al dios Inti… ¿eran sacrílegos o dioses, pues? ¿Adversarios o profetas? Los muertos no entienden de batallas ni de guerras, sólo coexisten, pululan como el polen en primavera. Ayer mismo mi perra quiso acabar con un hormiguero entero ella solita. Que le pregunten a Gadafi y los suyos. De ahí fui a los toros y me dije: qué cojones, el sufrimiento nos sitúa en el mapa genético del universo. No era tanta la incomprensión a las reivindicaciones de todos como la sincera aceptación de una verdad indefectible que escondía el término ‘asociación de ideas’ hasta que decidí regresar a casa, sacar la agenda y tomarme un matecito de coca calentito en el sofá.



martes, 4 de octubre de 2011

UNA HUAYNA EN UN PAJAR: DESTELLOS DE UN SABER ATÁVICO


Aguas Calientes. Pueblo de paso hacia la Montaña Vieja que nos recordaba a Andorra, al menos en su funcionalidad. Luego descubrimos que su mercadillo era todo un mundo, un lugar en el que perderse agradablemente durante horas.
Después de tanto trajín –de eternos desplazamientos en incómodos autobuses y distancias enormes-, nos establecimos en la capital del Imperio, en el mismísimo ombligo; el Cusco reunía en sí la mayor parte de atractivos que podíamos desear, y el Machu Picchu, la increíble cima que pretendíamos conquistar.
El día iba a ser largo, pensaba, tardaríamos en olvidar aquel cuatro de octubre. Hay, pero, poco espacio para la sorpresa, aunque si no fuera por las sinuosas curvas que recorre el pullman en su tramo final, no hubiéramos conseguido ni una mínima sensación de cosquilleo; el tren, con el techo acristalado y su abarrotamiento justificado pero no por ello más soportable, debía ser un mero trámite no evitable que jugaba con la desesperación del prójimo bastante a tientas. Me sentí mal entre tanto turista durante casi todo el trayecto, un interminable tran-tran de menos de hora y media, siempre al son de las flautas peruanas y una avidez generalizada.
El paisaje, sin embargo, era espectacular. Con la bruma de la mañana y esos picos tan verdes, a esa altura, adquiría cierto aire fantasmagórico a la vez que mágico, mientras yo me tragaba mi mala leche e intentaba respirar un poco. Porque sólo pensaba en llegar, en cruzar la puerta principal y disfrutar de la maravilla sin más ataduras que las que nos propusiésemos nosotros mismos. Me acordé, haciendo cola, de Venecia. De la ciudad-canal. Vagamente recurrí a la esperanza de conocer lo exageradamente conocido y encontrarlo virgen, casi como Bingham cien años atrás abriéndose paso entre la maleza a golpe de machete. Y es que la primera vez que la vi me pareció hermosa, como sacada de un cuento de hadas. Llegaba en Carnavales sin ninguna expectativa, devorado por las mil y una imágenes que había ido acumulando sobre sus famosos canales. La realidad demostró que podía superar cualquier idea preconcebida; con el Machu Picchu sentí algo parecido, y esa fue nuestra gran victoria: icono de la humanidad archiexplotado que no defrauda al viajero que lo visita in situ.
A las cuatro de la mañana nos poníamos en pie dejando de lado el cansancio y el desgaste acumulados, inducidos por el espíritu aventurero menos cabal, encarnado por el imponente pincho que domina la típica estampa de la ciudadela inca. El Huayna Picchu se encargaría de vigilarnos a todos, y nosotros de rendirle su adecuada pleitesía; teníamos que subir esa puta aguja en el primer turno, el de las siete de la mañana. Con suerte, si nos apresurábamos, seríamos de los primeros en coronar el pico. Pero no sería tan fácil: la falta de oxígeno y la irregularidad de los escalones incaicos convirtió el ascenso en tarea poco más que harto complicada. Al llegar a la cima, exhaustos y empapados por una fina pero constante (y molesta) capa de lluvia andina, tardamos unos cuarenta y cinco minutos en otear el complejo desde las alturas. Es lo que tiene estar por encima de las nubes, pensaba.
La escena que se iba abriendo perezosamente ante nosotros era prácticamente surrealista. Surrealista por fuera de lo normal: todas y cada una de las construcciones de aquel jodido asentamiento adquirieron tintes épicos y un sentido casi metafísico desde allá arriba. Podías retroceder seiscientos años en el tiempo e imaginar la vida en aquel majestuoso lugar sin problemas, con sus chaskys trayendo buenas nuevas y las putas llamas pastando libremente.
Después de un desayuno que nos supo a poco, comenzamos el peligroso descenso precipicio abajo. Para alguien que padece de vértigo es casi un suicidio, y no fueron pocas las veces en las que prácticamente bajé casi en cuclillas. Después de casi una hora controlando miedos y una sensación de abismo cercano, llegamos a la entrada principal, donde nos esperaba el guía vociferando mi apellido como si le fuera la vida en ello. Portaba una bandera verde. Nos unimos a otras parejas sudamericanas y empezamos la visita guiada con mucho interés y ninguna desidia. Un par de horas después, ya con el día despejado y una única nube asomándose por detrás del Huayna, cierta sensación de incredulidad flotaba todavía en el ambiente. No estábamos seguros de lo que significaba, en realidad, aquella extraña cultura, así como los logros que alcanzaron antes de la llegada de los conquistadores españoles en 1532.
Un deje de misterio envuelve al Tahuantinsuyo desde tiempos pretéritos. Fueron continuadores de las culturas de los pueblos vencidos en pos del vasto Imperio que lograron crear de la nada, anexionándose sus territorios desde Ecuador hasta el norte de la Argentina, siempre por un bien mayor en pos de sus habitantes. No tenían escritura -al menos no que se sepa-, sin embargo, su conocimiento sobre la astrología, astronomía y otras ciencias de gran calibre está más que probado, sobre todo relacionándolas con los ciclos agrícolas (increíbles terrazas de conreos por doquier). No conocían la rueda, pero movían grandes toneladas de roca caliza no se sabe muy bien cómo, construyendo magníficos templos y reductos que todavía siguen en pie. Y, para acabar, tenían su propia visión del cosmos, una rica amalgama de deidades y unos cultos que no se detenían en el más allá.
Es imposible no sentirse fascinado por semejantes datos (aún y cuando no están todos, evidentemente), por el misterio que supone un saber atávico tan desconocido para nosotros. Hay multitud de teorías sobre qué era Machu Picchu, sobre cuál era su función. Algunos historiadores hablan de ciudadela o reducto defensivo, otros de residencia para las élites e incluso hay quien nombra el término ‘universidad’ (de la época, se entiende). Podría ser que, fuera lo que fuese, la abandonaran ante las noticias de invasión hispana. Que huyeran a la selva, escondiendo el oro y las riquezas que pretendíamos robar en el nombre de Dios (y que para ellos sólo tenían un valor simbólico). Sea lo que fuere, no recuerdo haber visto algo tan bonito y tan jodidamente humano en la vida, un esqueleto como huella y destello de otro tiempo, un enclave tan sagrado como especial… una experiencia única.

sábado, 1 de octubre de 2011

EL ASTRONAUTA RETRAÍDO Y SU ENCUBIERTA CORTE DE CUSQUEÑAS


Nasca. El valor de reconocer un territorio único, rodeado por el desierto más absoluto, tan proclive a hacer voltear la imaginación como a querer perder rápidamente el desengaño en una desolada esquina.
Siempre me consideraron fuera de órbita, y uno en estos parajes no puede más que contener la respiración y mirar a ambos lados de la carretera panamericana que recorremos; puede que no haya ovnis surcando el cielo todavía, pero es indudable que este lugar tiene un aroma singular.
En espera de navegantes de otros lares, se me ocurre un paralelismo con el Lejano Oeste que a mi novia le parece muy adecuado: al llegar a la península de Paracas, la noche anterior, ardíamos en deseos de alquilar un buggie para surcar las dunas y rodear aquel extraño candelabro con un pañuelo que nos cubriera la boca a lo bandolero. La soledad mineral de lo que una vez fue fondo marino logró abstenerme de preguntarme las cosas de siempre, sumiéndome en un estado de pequeñez total que lograba contener toda mi rabia pre-vacacional sin apenas esfuerzo. En realidad, toda la franja arenosa que une Lima con Ica e incluso Huacachina huele a gasolina. Y ruge a bocinazo limpio.
Ya estábamos advertidos antes de antes de llegar al aeródromo, conocíamos los riesgos. Sin los mapas, el Cusco era nuestro particular Dorado, nuestro anhelo final. En los interminables trayectos posteriores ya habría tiempo para repasar a todos los candidatos políticos. Pero resulta muy poco fresco, no es creíble; es tal la organización y la masificación turística, que no queda espacio para voltear esa maltrecha imaginación. Mi mente también se ve impedida por el osezno gigante que va a subirse a nuestra avioneta, mientras Laura no da crédito y el piloto sólo parece preocupado por tomar fotos fuera de la ruta y los mandos de control. Mi gordo amigo, el osezno, asiste impertérrito a la sucesión de acontecimientos extraordinarios que se van sucediendo; giro a la izquierda, vuelta a la derecha, estómago patas arriba: las figuras aparecen, existen. Las estamos viendo; el cóndor, majestuoso. El colibrí, el más famoso. Formas rectangulares y triangulares que se asemejan a pistas de aterrizaje y sí, ya me he dejado ir, pese a los cambios de presión y un sudor exagerado que transpira demasiado. ¿Y qué esperabas? ¿Por qué dirías que elegimos el Perú como destino?
¿Cómo explicarías algo que no se puede explicar? O porque no hay datos, o porque nunca es suficiente para saciar el ansia humana por saber y querer explicar el mundo que nos rodea y nuestro pasado. ¿Qué nos hizo humanos? ¿Con qué fin? Sólo sabemos que tenemos una capacidad mental que nos permite evadirnos e imaginar mundos imposibles, con el fin de trasladarnos a una realidad palpable. El arte, la religión, etc., manifestaciones más que evidentes de tal afirmación. Y la visión del cosmos que de ello resulta.
Antes de llegar al Astronauta me doy cuenta de que llevo mucho rato sin hablar. Mataría por una cerveza, una auténtica Cusqueña. Esto sólo me pasa cuando estoy incómodo con algo o en un lugar en el que no deseo estar. Olvidaba el iPhone, Laura me pregunta, sacándome de mi ensimismamiento, que si no filmo o qué. El copiloto intenta entusiasmarnos: 'a los de la derecha, ahí está, ¡fíjense!', pero yo no me había enfriado del todo, evitando el sufrimiento de sobrevolar tan extensa pampa a poca altura con ideas autolíticas sobre la piel de la gran María Reiche, la precursora. Intentaba hacerle un hueco a aquella locura tan jodida y acababa haciéndome cruces.
Nasca. El valor de reconocer una tierra dejada de la mano de Dios, venerada antaño con reverencial celestialidad, tan proclive a hacer voltear la imaginación hoy como a hacer ansiar un mundo bañado por la cerveza del Cusco mañana. Al aterrizar pocas cosas tenían sentido, pero todavía quedaba mucho camino por delante, y te aseguro que ante tal panorama no íbamos a desfallecer tan pronto...

viernes, 19 de agosto de 2011

Para él todo empezó dónde estoy yo hoy.
Mis primeros recuerdos para con él se remontan a mis primeros años, cuando yo estaba allí y él estaba aún aquí.
Era frecuente verle llegar con su Ford Fiesta XR2 a toda mecha y su lozana hiperactividad. La primera impresión, con sus patillas y peinado a lo Elvis, era completamente arrebatadora; siendo yo un chiquillo, no podía más que admirar desde un principio a aquél tipo al que todos miraban y hacía parecer idiotas.
Era un puto torbellino de energía al que nada se le resistía y para el que diríase que jamás tendría problemas para que se le abriesen todas las puertas que quisiera. Con una autoconfianza que rozaba el cielo y un atractivo premiado por las féminas y odiado por algunos varones, era un ejemplo de vitalidad y ambición sin parangón, no exento de una honestidad y franqueza máxima. Esto último imposibilitaba un caminar sinuoso y una compañía desleal.
Por todo esto, de él siempre se ha dicho que, o lo odiabas, o lo amabas sin remedio. Como a Mou, su último gran referente. Fue un madridista de relumbrón, y no puedo obviar su reciente visita al Bernabéu, en la que tuvo ocasión de conocer a la Saeta Rubia. Emocionado, me reconoció sin complejos que lloró como un niño ante su presencia y al estrechar su mano. Pero eso fue mucho después de que me entronizara en el hospital. Retengo tantas anécdotas que ni en diez posts cabrían. Me dijo ayer Marc que recuerda perfectamente cómo me puteaba. Vamos a hacer un examen, va, mientras el se iba a Urgencias más de una hora dejándome sólo, anticipándose a su futuro menos inmediato.
Siempre le he tratado como a un mentor. Como a una especie de tío o hermano mayor, con el máximo respeto. Si él decía una cosa, yo callaba. Escuchaba. Con el tiempo, me largué de Manresa y dejé de tratarlo tan asiduamente durante casi medio lustro. Él estudió Enfermería y acabó instalándose en Manresa. Ambos, todos, seguimos adelante. Yo me hice mayor y al regresar, él era ya una persona influyente en el ámbito hospitalario. Subió escalafones como la espuma y trabajaba con una ansia propia del nervio que lo identificaba. Recuperamos un poco el hilo al tiempo que percibía un trato diferente, un trato de tú a tú: me había reservado un rincón cercano en el que trataríamos todos los temas abiertamente. Me escuchaba, notaba que me respetaba y me apreciaba tanto como yo a él: ambos habíamos crecido.
Pero se chungó. Los efectos de un trasplante precoz regresaron amenazando todo lo que había construido, incluyendo una maravillosa familia con tres hermosas niñas. Llegué muy tarde al progresivo deterioro de sus órganos, demasiado tarde. Fui a verle a casa. Lo vi realmente mal y él tampoco se escondió. Me fui trastornado, en estado de shock: el invencible Mac postrado en un sofá, abatido por la vida. Me escribió: Javi, hoy te he visto compungido. Le respondí con una diatriba sobre la distancia, el olvido y la culpabilidad. Al poco, ingresó una noche, mi novia era la enfermera que lo llevaba. Nos quedamos solos. Me dijo: bueno, Javi, ¿para cuándo un post sobre mi? Se había reído mucho con mi entrada sobre la legendaria alfombra cagliaritana y desde entonces solía navegar por esta bitácora. Yo le dije: ¡pero si ya estás en más de uno!
Quiso hacer un crucero. Hablaron con Ana y pensaron: qué cojones... Había visto mi borsalino en alguna foto del facebook y me lo pidió prestado. Me dijo: ¡que me estoy quedando calvo, Javi! Pero ése no era un signo de debilidad, no necesitaba demostrar nada. Mas al contrario, si algo le define y le ha definido en todo este proceso, es la lucha constante por sobrevivir, la fuerza por seguir adelante y aguantar y volver a seguir con el mismo ímpetu. Se fumó cuatro cigarros en cinco minutos. ¿Quién era yo para negárselos? Me llamó desde Monreale (Palermo). Recordaba que le dije que aquél claustro era un lugar de paz como pocos. ¡Tío, que estoy en Monreale y me hace gracia hablar contigo! La semana pasada volvieron a ingresarlo. Yo entraba a trabajar y apenas tuve diez minutos para charlar con él. Hablamos sobre la mierda de comida del hospital, sobre los Clásicos y el rollo italiano. Se había enamorado de Roma, pensaba en escaparse cuatro o cinco días con Ana.
Ayer intenté verle por última vez. Me llamó Txema terriblemente afectado. Subí antes de cenar desde la campiña, como era ya costumbre entre nosotros tratar ésta su tierra. Se alegraba un montón de que me fuera bien, en una ocasión me escribió: Te veo muy bien con ella, y ESO me alegra. En nuestra última conversación seria mostró preocupación por el dinero y el futuro más cercano. Hay que vivir al día, pero con un ojo en el futuro. Pese a todo. Me quedé con ganas de más. Quise preguntarle un millón de cosas más. Pero en una cama de hospital no hay sitio para tanto. Se reía del Barça y masculló un puto Messi, me dijeron. Ojalá hubiese acabado anteanoche el Madrid con la hegemonía blaugrana, decíamos, ojalá...
Llego a casa después de la media noche y escribo: Cuando bajo el manto negro de la noche venga a buscarte y a reclamar lo que es suyo no te resistas, demuéstrale de qué estás hecho. Ríete de ella y de su anticuado look. Nosotros llegaremos pronto, viejo mentor, no te apures. Cabalga sin miedo.
Vibra el teléfono temprano. Anoche apenas pude dormir. La cabeza me iba a mil por hora. Es un mensaje escueto que confirma la noticia. Llamo a Marc, está hundido. Me tomo un café y saco a pasear a Chloe con aire distraído. Me siento a escribir estas líneas pensando en él. No puedo dejar de pensar en él. Leo al momento todos los homenajes que va dejando la gente en su muro del facebook y se me pone la piel de gallina.
Me quema la silla. Fuera hace un calor de mil demonios. No sé si subir o esperar. Me comentan que en el hospital hay un millón de personas. No quiero hundirme. No quiero verle así. Se ha ido mi puto maestro y me siento asquerosamente culpable.
Mac, aquí tienes tu puto post de mierda. Espero que te guste, mamón.
Nunca he dejado de tenerte en cuenta.
Mantendré vivo tu recuerdo.
Nos veremos al otro lado.
Requiescat in pace.

P. S. : Dedicado a la memoria de mi amigo y a su esposa Ana. A sus niñas, Aida, Marta y Cristina. Y a sus amigos Marc, Txema y mi hermano Quim, la vieja guardia.